Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

“Cristo, Señor, encuentra Tú la puerta por la que quieras entrar a mi existencia”.

Homilía o332001a, predicada en 19961119, con 21 min. y 15 seg.

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Transcripción:

Entró Jesús en Jericó. No habíamos visto a la puerta de esta ciudad en el día de ayer devolverle la vista a un pobre hombre reducido a la mendicidad en razón de la ceguera. Hoy no le devuelve solamente la vista. Sino la alegría, la paz, la salvación, la adopción a Zaqueo. Hoy ha sido, dice Jesús, la salvación de esta casa. También este es hijo de Abrahán. ¿Por qué habla así el Señor? Este Zaqueo era jefe de publicanos. Los publicanos pertenecían al pueblo de Israel. Pero aunque eran israelitas por sangre, se habían vendido al Imperio romano para cobrarles impuestos. El negocio, como es sabido, era más o menos este: El Imperio romano no cobraba directamente los impuestos. Oficio antipático en todas partes. Sino que ponía en subasta el cargo de recaudador y el que tenía dinero para adquirir ese cargo, ese oficio. Cómo se adquiere una obra de arte o una joya, lo compraba el Imperio.

¿Y en qué consistía esta compra? En que el recaudador, es decir, el publicano. Tenía que pasarle una especie de arriendo de cuota fija al Imperio. Y el Imperio no le daba sueldo a él. Él tenía que sacar su sueldo y su sobresueldo y su riqueza. Tenía que sacarle de exprimir a la gente. Entonces, a nombre del Imperio. Y con el respaldo de la Fuerza Armada, cobraba los impuestos a sus propios hermanos. Desde luego, cuanto más hábil, cruel, violento. Cuanto más imponente y altanero fuera con la gente contando siempre con el auxilio de las armas del Imperio. Cuanto más cruel fuera, más codicioso, más suspicaz, más dinero hacía. Ese era un publicano. Es comprensible el odio. Es entendible el odio que le tenía el pueblo judío a los publicanos. Puede decirse que los detestaban y despreciaban más que al mismo imperio. Porque al fin y al cabo, los romanos eran los romanos. Pero estos publicanos eran gente que, siendo descendencia de Abraham, se habían vendido al imperio. Por el afán de riquezas por el afán de bienes. Soy republicano en la época de Jesús significaba haber traicionado a la patria, haber renegado de Dios, ser un enemigo público. Ser una especie de rata de mala entraña que no se sacia sino con los bienes de pobres, de huérfanos, de viudas.

Sin embargo, no podían atacar a los publicanos. Los odiaban, pero no los podían atacar, porque las armas del imperio y las torturas del imperio caerían sobre los que se rebelaran así. Zaqueo es jefe de esta gente. Difícilmente podemos hacernos idea de la carga de desprecio infinito y de odio acumulado que la gente de Jericó debía tener contra Zaqueo. Cuando dicen aquí que la gente murmuraba ha entrado a casa de un pecador. Esta palabra tenía que salir con infinita rabia de los labios judíos, como acumulando en esa palabra pecador, todos los insultos religiosos y civiles que hubieran querido decirle al tal Zaqueo. Pero no sólo era jefe de publicanos, ya era rico. ¡Cómo duele ver la riqueza acumulada con injusticia! Cómo duele ver el desperdicio, el despilfarro, el lujo que se alimenta de los bienes de los pobres. Cómo duele ver el derroche y cuánto duele oír los cánticos en los banquetes de la casa de Zaqueo. Cada vez que había fiesta en la casa de Zaqueo, había maldiciones y rabia y odio en las demás casas de Jericó. Y cada vez que Zaqueo se reunía con sus amigos, es decir, con hombres, cobradores y extorsionadores, la gente del pueblo tenía que sentir: Estos son los vendepatrias, estos son los inicuos, estos son los que no dejan que prospere nuestro pueblo.

Hay que tener claro este rostro de Zaqueo. Hay que tener este rostro claro para admirarnos de la escena que hoy nos ofrece el Evangelio. Atravesaba la ciudad Jesús y Zaqueo trataba de distinguir quién era Jesús, quién era Jesús. En esa inquietud, en esa especie de curiosidad, ya había una primera obra de misericordia, puesto que Jesús era un mendigo trashumante. Evidentemente, Zaqueo no le iba a pedir impuestos a este Jesús. Esta observación sencilla sirve para mostrar que el corazón de Zaqueo tenía todavía un pequeñito espacio por el cual pudo entrarse una rendija de luz. Hasta en este corazón absolutamente metalizado, este corazón acostumbrado a odiar y ser odiado, este corazón que no podía creer sino en el dinero y la fuerza de las armas. Este corazón acostumbrado a ver lágrimas de dolor y de súplicas sin conmoverse, las lágrimas de los pobres que le imploraban por Abraham, por Isaac, por Yahvé. Que no fuera traidor, que no fuera miserable, que tuviera un poco de humanidad, este corazón que no tenía entrañas sino ladrillos en el cuerpo, incapaz de conmoverse, acostumbrado a pasar por encima de la compasión y del odio. Este corazón todavía tenía una pequeña rendija, y por esa pequeñísima rendija, pero ese ridículo espacio quería colarse Jesús. Cómo no admirar esa misericordia infinita de nuestro Salvador. Que busca al pecador con más ansia, que el pecador busca su pecado.

Y si Zaqueo, en su oficio de cobrador de impuestos, iba hasta los últimos barrios y hasta las últimas casas para sacar lo que no tenían a esos pobres, pues Jesús también va hasta el último rincón y hasta la última casa, y hasta el rincón más feo y más inicuo y tenebroso para encontrar lo que a él le interesa. Si Zaqueo buscaba los tesoros para esta tierra, Jesús es un recaudador, pero no de impuestos ni de riquezas, sino de corazones, de conversiones y de gracias. Y no hay en este mundo. Nadie que codicie tanto el dinero como Cristo codicia la salvación también de los codiciosos. O sea que lo que nos presenta este evangelio es la lucha entre dos codicias. Es una especie de guerra o de competencia entre dos amores. Lo que se nos presenta en este capítulo diecinueve de Lucas. Es una carrera entre dos amores, como si Jesús le dijera a Zaqueo a ver quién corre más, si tú detrás del dinero o yo detrás de ti, A ver quién tiene más ansia, si tú de tu plata o yo de tu conversión. A ver quién tiene más intereses, si tú en esta tierra, en tus arcas y en tus amigos, o yo en el cielo, en mis arcas, en mis ángeles y en mis santos.

La escena es dramática y nadie entendía qué era lo que estaba pasando. Cuando Zaqueo se sube a ese árbol higuera o sicómoro, qué importa. Y Jesús va de camino y encuentra a ese árbol con ese extraño fruto. Cuando Jesús encuentra ese árbol extrañamente florecido, en realidad comprende que ya la gracia, que ya el amor de Dios nuestro Padre, ha hecho una obra en ese hombre. Y en un momento se encuentran la mirada de Jesús y la mirada de Zaqueo. Zaqueo, lleno de curiosidad, no tiene en quien reposar los ojos, porque obrando como ha obrado, se ha quedado sin patria. Los suyos. Sus paisanos le detestan. Zaqueo se ha quedado sin patria. Obrando como ha obrado, se ha quedado sin religión y sin Dios. Porque él tenía que ser consciente de que había obrado en contra del mandato de Dios. Zaqueo, puesto en ese árbol sin tierra, colgado de un árbol, es la viva imagen de lo que había sucedido ya en su vida y en su corazón. Era un hombre sin tierra, no tenía realmente ni donde agarrarse y no tenía a quien mirar.

Pues esas son las vidas que le interesan a Jesús, las vidas que no tienen cómo sostenerse, la gente que no tiene ni patria, la gente que no tiene ni Dios. La mirada de Cristo se cruza con la mirada de Zaqueo. He dicho que se trata de una especie de lucha. La lucha de dos amores. Se trata de una competencia. De una carrera. A ver quién corre más. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos. La mirada de Cristo hizo el milagro. Una mirada de Cristo logró orar por esa estrecha rendija. Logró colar toneladas indescriptibles de misericordia, de perdón, de conversión. Por ese pequeño espacio logró entrarse Dios. ¿Cómo es de verdad lo que también nos dice hoy el Apocalipsis? Estoy a la puerta y llamo. Si alguno me abre, entraré y no pensemos que necesita demasiado espacio, como si fuera un ladrón. Basta con que se le abra un poquito para que él violente en cierto modo la puerta y entre. Así obran los ladrones. Basta que se les abra un poquito, pues Cristo, asemejándose en esto a los ladrones. Solo espera esa pequeña abertura. Solo espera esa pequeñísima rendija. Ya logrará su inteligencia. Ya logrará su gracia colarse, aunque sea por esa rendija y saquear los tesoros. También los tesoros de Zaqueo.

Es impresionante comprobar que lo que no pudo. Todo el odio de los habitantes de Jericó, lo que no logró la rabia, el insulto, la descalificación, la amargura de todos estos habitantes de Jericó. Lo que no pudo todo ese odio saquear a Zaqueo. Lo que no logró el odio, lo pudo el amor. Jesús entró hasta la cueva de este ladrón y robó al ladrón. Y Zaqueo empieza a obrar como un tonto, como un enamorado, como un loco. Cada uno de un nombre. La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres. ¡Qué maravilloso verte! Ha vencido. Cristo logró robarle la mitad a Zaqueo. Zaqueo roba a todo el pueblo y Jesús roba Zaqueo. Jesús, como ladrón del corazón de este hombre, ha entrado en su momento y ya no se va a salir de ahí. Qué importa lo que diga la gente. Así como Zaqueo para robar necesitaba olvidarse del qué dirán y de las opiniones de los demás. Así también Cristo, para hacer su propio robo, necesita también olvidarse de las murmuraciones. Qué importa que digan que soy un comilón o que soy un borracho. Qué importa que digan que aquella mujer prostituida me tocó los pies. Qué importa que digan que perdoné una adúltera. Robe lo que quería robar. He ganado para mi padre lo que quería conseguir. La mitad de mis bienes para los pobres. Y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.

En el momento en el que Zaqueo suelta sus pertenencias, Dios por fin puede agarrarlo. Y en eso hay una profunda enseñanza para nosotros mientras estamos agarrados a nuestro dinero. Es más, lo que ese dinero nos tiene agarrado a nosotros mientras estamos prendados de un determinado afecto y posesivos y miedosos, nos ensañábamos sobre él, queriendo no perderlo. En realidad, él se apodera de nosotros y Dios no puede agarrarnos. Ese es el misterio que nos revela el Evangelio de hoy. Cuando uno suelta. Cuando uno se rinde porque es para una lucha y Zaqueo perdió y Jesús ganó. Cuando uno se rinde, cuando uno suelta. Entonces Jesús puede tomar serena y bendita posesión del corazón y puede triunfar sobre el alma. Zaqueo se rindió: Está bien, tú ganas tu amor por mí. Es como si le dijeras a tu amor por mí es más grande que mi amor por el dinero. Y no era poco lo que yo amaba. El dinero. Tu amor por mí es más grande que lo que yo amaba. Tu intensidad. Tu luz es más fuerte que cualquier linterna mía. Ahora te creo. Ahora te recibo, Señor. Y Jesús entra como Rey victorioso al corazón y a la casa de Zaqueo. Y Jesús, dueño ya de la situación, declara la salvación de ese sitio y le dice: Este también es hijo de Abraham. Lo era solo de nombre, ahora lo será en realidad. Este es hijo de Abraham. Esto significa que la promesa que Dios hizo a Abraham se cumplirá también en él.

Y bien sabemos que en las promesas de Abraham, Dios estaba ofreciendo su perdón y su salvación, y su vida plena para todos. El Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Este es el ingrediente paradójico del Evangelio que Dios envió a su Hijo Cristo, para que entrara a nuestra casa. Pero por la puerta de la basura, aquella persona que se esfuerza en hacer y limpiar su fachada y espera sin cesar a que Cristo llegue para decirle que ella fachada tiene, ahí se morirá esperando. Hace rato que Cristo está, no en la fachada limpia y perfumada que reservamos para que nos feliciten. Hace rato que Cristo está no en esa fachada, sino en la puerta de la basura, dándole duro a esa puerta a ver si al fin abrimos, a ver si al fin entendemos que es por ahí por donde empieza él a reinar. A ver si comprendemos que es desde esa humillación y desde ese que parece perdido en nuestra vida. Es desde ahí desde donde puede Él inaugurar su Reino de gracia, de paz y de vida. Cristo Señor, encuentra Tú la puerta por la que Tú quieres entrar a mi existencia. Cristo Jesús, te pido que encuentres hoy la puerta por la que quieres entrar a mi convento, que encuentres la puerta que a ti te gusta para entrar a mi provincia. Encuentra tú esa puerta. No será la que a mí me gusta. No será la fachada de la que me siento orgulloso, pero será sin duda el lugar por donde podrás entrar victorioso y pacífico como entraste a la casa de Zaqueo y podrás renovarlo todo y darnos los tesoros.

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