Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El camino de sanación que encontró aquel ciego es enseñanza para todos nosotros.

Homilía o331009a, predicada en 20201116, con 19 min. y 19 seg.

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Transcripción:

Vemos en este Evangelio, que no vemos. Ese es el gran descubrimiento que lleva a las mejores y más profundas conversiones. Ver que uno no ve, cuando uno está demasiado seguro de lo que ve, de lo que piensa, de lo que dice. Existe siempre el peligro de que uno mida a Dios por el tamaño de uno, en vez de medirse uno según el tamaño de Dios. Es verdad que hay certezas que debemos tener en la vida, sobre todo estar seguros de Él, que nos ha creado. Es verdad que necesitamos esa certeza. Pero junto a ella debemos tener la certeza de que hay mucho que no vemos, mucho que no conocemos. Expliquemos brevemente, por qué esto es tan importante.

El apóstol San Pablo, escribiendo a los Efesios, les dice: Mi oración es constante por ustedes, para que Dios abra los ojos de su entendimiento y puedan descubrir lo ancho, lo largo, lo profundo de su amor. Ya los efesios creían en Dios, ya habían aceptado a Jesucristo. Pero el apóstol dice: Es necesario que se abran los ojos del entendimiento para que uno empiece a descubrir lo ancho, lo largo y lo profundo del amor de Dios. Que Él nos ama, es cierto. ¿Cuánto nos ama? ¿Cómo nos ama? ¿Qué y a quién entregó por amor nuestro? Eso es lo que uno tiene que descubrir. Y eso puede ser la diferencia entre ser un cristiano mediocre y ser un cristiano que avanza por la senda de la santidad. Ahí se nota muy bien la necesidad de ver, de llegar a ver. Dice Cristo en el Evangelio, que nosotros nos fijamos en la mota que otro tiene en su ojo y no nos damos cuenta de la viga que tenemos en el nuestro. Nuevamente, ahí se trata de ver. Cuál puede ser esa viga que tengo en mi ojo que no me deja ver. Alguien respondía,esa viga es el ego, el yo inflamado que muchas veces uno tiene. Entonces, no vemos el daño que causamos, no vemos cuánto estamos frenando la vida de una comunidad, no vemos cuando lastimamos a otros y en cambio parece que si tenemos ojos para descubrir sus defectos. Ahí, también se nota que uno necesita curarse de una ceguera. Ceguera que surge por esa inflamación del ego. Ese yo que trata de justificarse continuamente. Esa rapidez mental que tenemos para excusar todo lo nuestro, mientras a los demás les caemos a veces implacablemente. Necesitamos también ser curados en nuestra vista para ver la necesidad del hermano.

A veces pasa como en la parábola del samaritano. De lejos nos damos cuenta de que hay una persona que tiene un problema y lo mismo que aquel sacerdote y aquel levita de la parábola, damos un rodeo para no ver, para no ver que el otro está herido, para no ver que el otro está caído, para no ver que el otro está dolido. No lo vemos. Damos un rodeo, preferimos una especie de ceguera voluntaria. Incluso hay que tener cuidado, porque se difunde hoy una cierta literatura que utiliza con frecuencia la palabra tóxico. Nos envían con alguna frecuencia ese mensaje. Evite a la gente tóxica. Cuidado con los tóxicos. Apártese de los tóxicos. Y por supuesto, ese lenguaje nos lleva a hacer lo del levita y lo del sacerdote en la parábola del samaritano. De lejos vemos, persona tóxica, cuidado con el tóxico. Mejor me doy aquí una vueltecita por otro lado. Quedo bien con todos. Son solo tres ejemplos. Tres ejemplos que nos hacen ver que necesitamos una y otra vez pedirle a Dios que nos cure de nuestras cegueras. Porque no conocemos su amor. Sabemos que nos ama, pero hasta dónde y cómo y cuánto ha dado. Eso necesitamos conocerlo mejor. Segundo, necesitamos curarnos de nuestra ceguera, porque ese yo se hincha, infectado se hincha prontamente y apenas deja un pedacito de visión, lo suficiente para ver que el otro está hinchado. Y en tercer lugar, necesitamos curarnos la ceguera para ver la necesidad del prójimo, verla con ojos de misericordia. Entonces, ya vemos que si tenemos que repetir la oración de este ciego. Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Y es necesario no callarse en ese clamor.

Siempre me llamó la atención, cómo la misma multitud que le ayudó al ciego a reconocer que pasaba Jesús, es la misma multitud que pretende impedirle al ciego que se encuentre con Jesús. Eso también es una enseñanza para nosotros. La comunidad, a veces, nos llama hacia Jesús. La comunidad, a veces, nos dificulta encontrarnos con Jesús. ¿Cómo nos atrae hacia Jesucristo nuestra comunidad? De muchas formas, pero principalmente entregándonos los tesoros de la Iglesia, los tesoros de la fe, la liturgia, la sabiduría, la inspiración del Espíritu. Eso de que uno entre, por ejemplo, una comunidad que tiene unas costumbres, que tiene unas constituciones, que tiene un camino, un camino marcado a fuego por la gracia del Espíritu, eso nos lleva hacia Jesús. Los buenos ejemplos y testimonios nos llevan hacia Jesús. Pero a veces la comunidad, porque está hecha de seres humanos que tenemos nuestras incoherencias, que decimos y no cumplimos. A veces la comunidad nos puede decepcionar y entonces, la misma comunidad que me anima, me desanima. Pero más allá del ánimo, del desánimo, más allá del entusiasmo que puede ser pasajero, está la perseverante oración del ciego. Por eso repite, Hijo de David, ten compasión de mí. Ahora viene un detallito muy pequeño en el texto, un detallito que nosotros, que no queremos que se pierda nada, lo vamos a subrayar. Observe la escena, Jesús va pasando. Como la gente regañaba al ciego. Jesús seguía avanzando. Como el ciego gritó más fuerte. ¿Qué hizo Jesús? Se paró y mandó que lo trajeran. Observe eso. Jesús no se devuelve. Jesús nos pone al día, no se devuelve. En esta descripción de este milagro, hay ese detalle alegórico que me parece muy hermoso. Jesús nos pone al día. Es decir, que cuando nos llama por su gracia, nos pone a la altura de la necesidad y a la altura del tiempo. Era el filósofo español Javier Zubiri, el que hablaba de la altura de los tiempos. Yo necesito que Jesús me ponga a la altura del tiempo. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que los desafíos de hoy, no son exactamente los mismos desafíos de hace veinte o cincuenta años. Y al encontrarme con Jesús, Él me lleva donde Él está, para que yo pueda responder hoy, a los desafíos de hoy.

La pregunta de Cristo es extraña. Parece obvia la necesidad de esa persona. Pero Jesús le pregunta ¿Qué quieres que haga por ti? ¿Cuál es el propósito de esa pregunta? Es el momento para tomar conciencia de quién soy yo. Es el momento para volver los ojos del alma hacia adentro y reconocer mi necesidad. El conocimiento profundo de Jesús va siempre unido al conocimiento profundo de uno. Por eso decía la doctora de Siena. Que perfeccionen la vida cristiana es el conocimiento de Dios en nosotros y el conocimiento de nosotros en Dios. Y esa idea se desarrolla de la siguiente manera. Conocimiento de Dios en nosotros es entrar en mi propia vida hasta tocar las manos de su Providencia. Si yo entro a conocerme y solo veo lo que he hecho bien, eso todavía no es conocerme y me llevará fácilmente a vanidad. Si yo entro a conocerme y llegó hasta lo que he hecho mal, eso todavía no es conocerme y puede llevarme a desesperación. Pero si yo voy cavando o buceando en el corazón y más allá de lo que he hecho bien y de lo que he hecho mal, llegó a tocar, a tocar la mano de la Providencia divina. Entonces he conocido a Dios en mí. ¿Y qué significa conocerme a mí en Dios? Conocer que Dios me ha hecho es un buen comienzo, que soy obra suya. Conocer que Dios me ha redimido es un buen avance. Saber que soy precioso ante sus ojos y que derramó la sangre de su Hijo por mi salvación. Conocer que Él me llama a la santidad es todavía mejor. Pero conocerme en Dios es conocer mi lugar en su plan. Mi lugar en su providencia. Por eso hay que tener esos dos conocimientos: El conocimiento de Dios en mí, hasta descubrir su providencia. Y el conocimiento de mí en Dios, hasta conocer mi lugar, en esa providencia. Por eso, cuando Jesús le pregunta al necesitado ¿qué quiere? lo está llevando a que entre en su propia necesidad. Que el problema no sea algo externo a ti, pensando que con curarte de esa ceguera todo se ha arreglado. Se requiere que llegues a entrar en tu necesidad para que no se solucione solo lo que tú veías, sino que encuentres remedio también lo que no veías.

Finalmente, la petición del ciego y el milagro de Cristo consiste en que este hombre recobró la vista. O sea, que si había podido ver. Enlaza de alguna manera con la primera lectura. El amor primero, había podido ver pero había perdido la vista. Hay momentos en que tenemos que decir lo mismo desde el punto de vista espiritual. Hubo momentos en que pudimos ver a Cristo, pero quizás se nos perdió de vista. Lo describe San Pablo en la carta a los Gálatas. El regaño de Pablo a los Gálatas es ese. Les mostramos a Cristo claramente ¿qué les pasó? ¿se les perdió? Nos puede pasar a nosotros también. Por momentos, vimos con claridad que el único camino era darlo todo por Él. Pero luego el ruido del mundo, la seducción de las cosas de esta tierra, la insidia del enemigo o lo que sea, hizo que apartáramos nuestros ojos de Cristo y empezamos a enredarnos con los defectos de la gente. Nuestro tema ya no fue Cristo, sino que éste o aquél, falla de tal o cual manera, y nos volvimos ciegos. Por eso, hoy es el día para pedirle al Señor, que yo vea que a pesar de mis imprudencias, a pesar de mi terquedad, a pesar de mi ingratitud, yo vuelva a verte, Señor. Yo regrese al amor primero y pueda ponerme al día contigo y ser útil en tu designio de amor.

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