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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Son tantas nuestras ignorancias, mezquindades y errores, que siempre necesitaremos esta oración: "Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí... Señor, haz que vea..."
Homilía o331006a, predicada en 20161114, con 22 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Todos podemos hacer nuestras las palabras de este ciego. Son palabras útiles en la juventud, en la madurez, en la ancianidad. Son palabras provechosas cuando uno se siente bien y fortalecido o cuando uno se siente triste y en crisis. Son palabras saludables en la soledad y en la compañía. Jesús, hijo de David, ten compasión de mí. Es una oración breve, pero muy eficaz, porque apela a la puerta que siempre está abierta en el corazón de Dios, la puerta de la misericordia. Muchos santos han identificado esa puerta con el costado abierto de Cristo. Costado que quedó herido y abierto para siempre por aquella lanzada del soldado. A esa puerta nos acercamos y desde allí, con un grito que es de dolor, pero también de amor, con un grito que sobre todo es de fe, le decimos: Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí. Hay que orar de esa manera, porque nuestra mirada siempre es incompleta y por consiguiente, nuestra ceguera siempre tiene nuevas formas. Así, por ejemplo, cuando uno está muy feliz, se le puede olvidar el día triste. Por algo nos advierte el libro del Eclesiastés: Cuando estés contento, acuérdate también de las tristezas y de los que están tristes. O cuando uno está triste se le puede olvidar que también existe el consuelo, la bondad y la alegría de parte de Dios. Eso es parte de nuestra realidad humana que no vemos todo el tiempo y por eso siempre tenemos alguna forma de ceguera. El que está pasando por una gran tribulación seguramente vive lo mismo que aquel que tiene un dolor en su cuerpo. Cuando uno tiene, por ejemplo, un dolor fuerte, vamos a decir un dolor en un diente, un dolor de esos penetrantes permanentes. Uno como que no puede pensar en otra cosa que no sea su dolor. Lo mismo le sucede a la persona que está en una grave crisis, en una grave dificultad espiritual. No puede ver sino su obstáculo, no puede ver sino su dolor. Y por supuesto, cuando decimos no puede ver sino su dolor, estamos también diciendo ha quedado ciego para todo lo demás. Y ahí se comprueba que esta oración es indispensable. Jesús, ten compasión de mí. Haz que vea. Haz que yo pueda ver. Lo mismo tenemos que decir cuando pensamos en las etapas de la vida. Cuando sentimos las fuerzas y el entusiasmo propios de la juventud, se nos puede olvidar que eso no es para siempre. Se nos puede olvidar que hay otros que ya han recorrido nuestro mismo camino. Se nos puede olvidar que hay otros que han aprendido en los mismos lugares donde nosotros ahora estamos. Entonces podemos despreciar a otros y entonces estamos ciegos para eso que esos otros podrían darnos. Pasa el tiempo y puede llegar otra forma de ceguera. Quizás absolutizamos las experiencias del pasado y nos volvemos ciegos a las oportunidades nuevas que el Espíritu está creando en la Iglesia y en nuestras propias comunidades y ciegos a esa obra nueva del Espíritu. Entonces, pretendemos imponer únicamente nuestro punto de vista cuando somos mayores. ¿Y eso qué significa? Que estamos ciegos. Por eso digo esta oración cabe siempre esta oración la necesitan los matrimonios, porque como lo han examinado y lo han expuesto brillantemente tantos psicólogos y consejeros matrimoniales, aunque somos iguales en dignidad, también somos distintos hombres y mujeres. Y a veces la perspectiva masculina no logra percibir las riquezas del enfoque de la mujer o lo contrario. La mujer, desde su propia perspectiva, no logra abrazar el punto de vista o la preocupación del otro. También ellos pueden estar ciegos. El hombre puede estar ciego a esa parte de la realidad que parece que solo la ve la mujer. Entonces hay que pedir esto, hay que pedir al Señor que nos libere de esa ceguera. Hay muchas personas en las que nunca pensamos. Hay personas en las que pensamos solo fugazmente y son hermanos nuestros que están sufriendo de una manera atroz. Yo sé que todos los que estamos aquí tenemos clara conciencia de las durísimas persecuciones que han padecido los cristianos en lugares como Nigeria, como Kenia, pero sobre todo como Irak y como Siria. Por allá en alguna parte de la cabeza uno sabe que eso ha sucedido, pero como no lo tenemos cerca, como no son mis primos, como no es mi papá, como no es mi hermano, como no es mi sobrina, entonces esas personas rápidamente salen de nuestro campo visual y estamos como ciegos, se nos olvida el dolor de todos ellos. Si tú tuvieras una sobrina que estuviera, por ejemplo en Mosul, si tú tuvieras un tío que está en Alepo, te aseguro que todas las misas con lágrimas en los ojos tú estarías suplicando: Protégelo, protégelo, Guarda mi tío, que no le vaya a pasar nada. Pero como están tan lejos esas personas, como no sabemos ni sus nombres ni sus apellidos, es como si estuviéramos ciegos. Estamos como ciegos al dolor de todos esos hermanos. Y a veces nuestras cegueras, esa clase de ceguera hace que seamos terriblemente mezquinos, porque entonces los problemas que tenemos aquí en mi conventico somos cinco y somos dos contra tres, tres contra dos y el mundo se me vuelve tres, dos, dos, tres. Y en eso me la paso años y años únicamente pendiente de quien va a definir, a ver quién va a tomar la decisión final sobre dónde queda el salero. Y el mundo se nos vuelve eso, porque es que la directora dice que aquí, pero la rectora dice que allá, pero la superiora dice esto, pero llegó la maestra que dice esto y el salero pasa de una a otra esquina y el mundo se vuelve donde ponemos el salero y el salero. Y mientras tanto ya no somos sal del mundo. Entonces esa es la tristeza, esas son las cegueras de uno. Si uno tuviera la perspectiva, la perspectiva de una Rosa de Lima que desde la sencillez de su encierro contemplaba las inmensas multitudes por evangelizar. Si uno pudiera contemplar desde su oración las inmensas necesidades, uno no viviría simplemente esclavo de: A ver esto aquí, ¿Qué pasó? ¿Quién habló? ¿Quién dijo? ¿Ahora qué cara hizo? Uno no viviría pendiente de eso. Uno se elevaría sobre eso. Una de esas canciones. Ustedes tienen tantas canciones, tan bellas que he podido apreciar estos días. Hay una de esas canciones que la cantaban hoy sobre esto de ver la vida con tus ojos Jesús. Eso, eso es lo que está aquí en este Evangelio. Eso es lo que necesitamos ver la vida con esos ojos de Cristo levantarse. Mientras no tengamos los ojos de Cristo, somos ciegos, somos ciegos, somos ciegos porque no estamos viendo esos dolores que solo Él reconoce. Yo a veces pienso cuando Cristo mira el mapa de mi país o el mapa de este hermoso Perú, cuando Cristo mira ese mapa, cuántos rostros pasan así como dicen aquí de la costa, de la sierra, de la selva. Todos esos rostros, ¿dónde estará palpitando el corazón de Cristo en este momento? Tal vez está con los indígenas indígenas en circunstancias de tanta ignorancia, de tanto olvido. O tal vez está en las graves dificultades de tantos pobres, en lugares recónditos, absolutamente marginados de la sierra. ¿Dónde estará la mirada de Cristo y dónde está mi mirada? Porque si mi mirada no se acerca a la mirada de Cristo, quiere decir que amo mi ceguera. Quiere decir que me estoy quedando en mi ceguera. Quiere decir que se me ha olvidado de quien soy discípulo. Y puesto que estamos consagrados a Él, cada una de ustedes podrá decir de quién soy esposa. Por eso tenemos que pedirle esto al Señor. Me conmueve mucho que cuando Cristo le pregunta a este hombre ¿qué quieres que haga por ti? Él responde: Que vea. Pero es curioso porque este pasaje lo trae en varios evangelios y me parece mucho que solo San Lucas, el que trae la expresión completa. Que vea otra vez. Que vea otra vez. O sea que sí vio. Y eso también es un mensaje para nosotros, un mensaje que rápidamente conectamos con la primera lectura. ¿Porque qué nos decía la primera lectura? Nos decía que hemos decaído, no. Dice aquí conozco tus obras. Has sufrido por mí, has abandonado. Tengo en contra tuya que has abandonado el amor primero. Fíjate esa relación que hay entre la lectura del Apocalipsis y el Evangelio. En el Apocalipsis se nos dice: Has abandonado el amor primero. Y en el Evangelio el ciego dice que yo vuelva a ver. O sea que parece que hay como una relación, porque en el Apocalipsis se muestra que hubo un amor primero, pero un amor que ha decaído. Y en el Evangelio se muestra que hubo una luz primera, pero una luz que se ha eclipsado, que ha desaparecido. Hay una luz que se ha perdido. Hay un amor que ha disminuido. Yo creo que Cristo nos está hablando. Estamos llegando al final de nuestro retiro espiritual y yo les pido que nos dejemos interpelar por esta palabra. Dejémonos golpear por esta palabra, dejemos que esta palabra haga impacto certero en nuestro corazón. Hemos perdido esa luz primera. Hemos perdido ese amor primero. Pero no me quedaré sin destacar algo que es un detalle. Ustedes saben que en esto de la meditación y de la predicación, los detalles, los detalles son fundamentales. Porque es que como la Sagrada Escritura es inspirada por el Espíritu Santo, que es el amor de Dios, el Espíritu Santo ha dejado las páginas de la Escritura llenas de esos detalles que solamente sabe tejer el amor, y por eso la Escritura hay que leerla con mucho amor porque está llena de regalitos, está llena de detalles que si uno pasa por encima los pierde. Observe este detalle en la parte del mensaje que le da Jesucristo a esta comunidad de Éfeso. Observe cómo le habla. Conozco tus obras. Fatiga. Aguante. No soportas a los malvados. Pusiste a prueba a los que se llamaban apóstoles sin serlo. Descubriste que eran embusteros. Eres tenaz. Ha sufrido por mí. Ese es un récord notable. Eso es bastante. O sea. ¿Cuántos de nosotros podríamos tener esta lista? Esto es mucho lo que se dice. Mire, has sufrido por mí. Ha sido tenaz y perseverante. Te has gastado. Te has cansado por mí. Has purificado tu comunidad. Todo eso parece maravilloso. Ahora yo hago una pregunta. ¿A usted no le parece extraño que esta misma comunidad que recibe tantos elogios después recibe esta frase? Has abandonado el amor primero. ¿No le parece que eso es notable? Toda esa lista de cosas admirables. Y luego dice: Has abandonado el amor primero. Entonces dice uno. ¿Y entonces qué más quiere? Pues, perdón. Hablar. Así que suena como irreverente. Pero ¿qué más está pidiendo? Mire, Obras. Fatiga, aguante. Han purificado la comunidad. Son tenaces, perseverantes, han sufrido por Cristo, no se han rendido a la fatiga y sin embargo les dice: Has abandonado el amor primero. Entonces, ¿qué más quería? Bueno, eso toca hacer un poco de oración, eso toca hacer un poquito de reflexión y el Señor nos va iluminando algo muy interesante. Y es que a veces uno trabaja mucho pero no ama tanto. A veces uno se cansa mucho, pero tiene poco amor. A veces uno es incluso capaz de purificar la doctrina, que eso fue lo que sucedió aquí. Sacaste a los que se llamaban apóstoles sin serlo. Uno puede tener la ortodoxia en la doctrina y uno puede tener un comportamiento intachable y uno puede soportar la fatiga, que eso es lo que dice aquí. No te has rendido a la fatiga. Uno puede hacer todo eso y sin embargo, por dentro está reseco por falta de amor. Ese es el mensaje. O sea que cuando le dice: Has abandonado el amor primero, no es como yo me lo imaginaba al principio, que se había vuelto mediocre, probablemente porque ladrón juzga por su condición. Entonces, como yo me he vuelto mediocre en tantas cosas, entonces yo encuentro mediocridad fácilmente afuera. Porque uno es así, pero resulta que el mediocre soy yo. Los mediocres no son ellos. Fíjese el verdadero mensaje. ¿Cuál es el verdadero mensaje? No es te volviste mediocre, que es como yo siempre interpretaba este texto. No, señor, eso no es lo que dice aquí. No dice: Te has vuelto mediocre. Más bien está manteniendo un estándar muy alto. Has aguantado la fatiga, has purificado tu comunidad, te has esforzado por mí, has perseverado. El estándar sigue alto, pero el amor está bajito. Ese es el mensaje. Entonces es como el estado de esas casas que tienen una fachada y la fachada se está sosteniendo. No. Me acuerdo cuando me hicieron años atrás, cuando todavía quedaba algún tiempo para descansar en Perú. Ya después eso se acabó. Ya no ha habido más tiempo para nada. Pero cuando quedaba un poquito de tiempo a descansar en Perú, a mí me hicieron un tour por el centro de Lima y ustedes saben y yo también que hay una cantidad de casas que por esta cuestión de patrimonio histórico son intocables. Pero resulta que la casa por dentro está destruida porque no hay manera, porque luego no aparece el presupuesto, pero toca mantener la fachada igualita y resulta que ya no se puede ni siquiera entrar ahí, porque hay peligro de la vida humana. Pero la fachada está igualita. Algo de eso es lo que aparece aquí. Está sosteniendo la fachada, está sosteniendo ahí estás, aguantado, templado, aguantando, haciendo la fuerza. Aquí sigo, aquí sigo, pero ya a punto de estallar. Eso es lo que le está diciendo esto. Te me estás muriendo por dentro. Eso es lo que dice aquí. Está sosteniendo la fachada. Quien te ve dice no. Sí, sí, está aguantando. La hermana. Sí, está aguantando. Efectivamente. Pero resulta que la hermana que está aguantando aquí. Por eso insiste tanto. Ahora se entiende. Por eso el pasaje insiste tanto en el aguante. Fíjese todo lo que dice tu fatiga, tu aguante. ¿Qué más dice? Eres tenaz. Has sufrido. No te has rendido a la fatiga. ¿Eso qué es? Estás aguantando. Estás ahí, sosteniendo, sosteniendo la fachada. Pero ya la cuerda ya casi no da más. Estás a punto de explotar. Porque la fuerza no puede ser solamente tu fuerza, porque no puede venir. Ese aguante no puede venir solamente de tu voluntad y de tu fuerza. Necesitas volver a llenar los cántaros del Amor. Necesitas volver a llenar el depósito del amor, porque si no te me vas a reventar. Estás aguantando. De momento estás aguantando y uno mira y uno dice si, más o menos hay varias cari templadas. Entonces dice ahí están, en el aguante, en el aguante, el aguante, pero el aguante. Un día se revienta, un día se acaba, un día ya no se aguanta más. Entonces eso es lo que está diciendo el Señor aquí. Yo sé que de momento estás aguantando y estás sosteniendo la fachada. Estás ahí, ahí, sosteniendo con la bandera hasta el último momento, pero estás a punto de explotar. No vas a aguantar mucho más. Tienes que volver a llenar los cántaros del amor. Tienes que volver a llenarte de ese amor. Dice aquí: Has abandonado el amor primero. Y le voy a contar otro error que yo solía cometer con este texto. ¿Por qué? Por falta de oraciones que uno tiene que orar más con la Biblia. Mire el error que yo cometía, que ustedes quizás lo hayan oído de otros predicadores, pero yo hablo de mí. Cuando yo oía: Has abandonado el amor primero. ¿Sabe qué era lo que yo pensaba? Lo que yo pensaba. Era como si Cristo me dijera a mí Nelson, tú antes me amabas más. Como quien dice: el amor que tú me tenías antes, lo has abandonado. Y esa interpretación Puede ser, pero parece que la interpretación más correcta no es esa, sino la que viene ahora. El amor primero tuyo soy yo y me has abandonado a mí, a mí, a Cristo me has abandonado, o sea, has abandonado el amor primero no es, has dejado el sentimiento. Va disminuido el sentimiento que tú tenías. No, no es eso, sino es más bien me has dejado a mí que soy tu amor primero, el amor primero de tu vida soy yo y tú sigues sosteniendo las cosas, las obras, las tareas, los organigramas, lo que está planeado, lo que mandaron de la curia, lo que hay que presentar, el reporte, el balance, mejor dicho, la hermana Pilar. Todo, todo, todo eso está. Tengo todos los reportes, todos los informes, todo está. Cumplí con todo. ¿Pero qué pasó? Que por dentro y por dentro. ¿Cómo está tu relación con el amor? Primero. ¿Cómo está eso? ¿Cómo está? Has abandonado el amor primero. El amor primero soy yo, dice Cristo. Has abandonado el amor primero. Entonces. Claro, si uno interpreta como yo solía interpretar. Has abandonado el amor primero, en el sentido de que antes me querías más, que era más o menos así como yo lo entendía. Si uno dice antes me querías más, fíjate que eso en el fondo lo deja a uno como en un callejón sin salida. Antes me querías más. Bueno, entonces voy a tratar de quererte otro poquito. No, no es eso. Has abandonado el amor primero significa: Me has abandonado a mí. Por consiguiente. ¿Qué tienes que hacer? Acercarte a mí. Acércate a mí. Soy yo quien puede llenar tus cántaros. Soy yo quien puede llenar tu fuente. Soy yo quien puede devolverte la alegría. Y esto tiene una alusión a aquel pasaje famoso de Jeremías. ¿Te acuerdas dónde dice el profeta Jeremías? Mi pecado. ¿Cómo es mi pueblo? Mi pueblo ha cometido doble pecado. Me han abandonado a mí, que soy la fuente viva. Pecado número uno. Y se han cavado cisternas agrietadas que no pueden retener el agua. Pecado número dos. Eso tiene que ver con esto. Me han abandonado a mí. Han abandonado al amor primero. El amor primero es Cristo. Hemos abandonado a Cristo. Hay que volver hacia Cristo. Volveos hacia mí para salvaros con fines de la tierra. Dice el cántico. Bueno, sigamos esta celebración eucarística. Sigamos con amor. Sigamos con fe, pidiéndole al Señor ¿Qué? Pidiéndole al Señor esas dos cosas que necesitamos, esa luz y ese amor. Dame Señor, acercarme a Ti, beber de tu amor, llenar en ti las fuentes del amor. Que yo no sea simplemente una fachada. Estoy cumpliendo con todo. No me critiquen que mire ahí les tengo todo, Todo en orden, todo al día. Si tienes todo en orden y todo al día. Pero dijo un poeta colombiano de apellido Carranza Salvo mi corazón, todo está bien. Entonces todo está bien. Todos los informes, todo funciona. Los organigramas, los cronogramas. Cierto. Hasta el electrocardiograma. Todo. Todo está bien, pero. Pero resulta que el corazón no está bien. El electrocardiograma salió bien, pero el corazón no está bien. Y no está bien porque te ha faltado acercarte al amor primero. Así nos lo conceda el Señor. Amén.

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