Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Volver al amor primero.

Homilía o331001a, predicada en 19961118, con 13 min. y 9 seg.

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Transcripción:

Con las lecturas que nos ofrece la Iglesia. En este final del año litúrgico sucede lo mismo que en una gran obra musical, en una gran pieza, por ejemplo, sinfónica, en la que los distintos temas que se han ido exponiendo por los diversos instrumentos al final de la obra concurren todos en un final, en un desenlace sonoro, profundo, elocuente. Y así escuchamos siempre en las lecturas de la Santa Misa por lo menos dos textos uno del Antiguo y del Nuevo Testamento y otro del Evangelio, Llegando hacia el final del año litúrgico, hace su aparición a partir de este día el libro del Apocalipsis sonoro como una trompeta anunciando la realeza de Jesucristo, anunciando la primacía de su victoria, reclamando fidelidad perfecta, amor pleno, generosidad total hasta cierto punto, exigiendo de nosotros un sí que se pueda comparar, que se pueda unir, que se pueda casar con el sí que Dios nos ha dado en Jesucristo.

Y de esta manera el texto del Evangelio y el texto de la primera lectura se van entrelazando en un desenlace sonoro que ya está próximo a oírse. Es un clamor inmenso que va a atravesar a toda la Iglesia. Es un grito jubiloso, es la proclamación de que Él, Jesús, es el Señor del universo y ante Él se dobla toda rodilla. Él es el Rey constituido con poder por su Padre celestial. Y por eso, quienes estén, quienes estemos unidos a este Cristo, en él, tenemos la certeza de toda victoria. Pero cualquier otro poder tendrá que quebrantarse, doblarse, humillarse delante del poder del humilde y manso, del amoroso y sabio, del bondadoso y poderoso Jesucristo. Es un tiempo, entonces, para disponer nuestros corazones reavivando el amor a la espera de este Crist. Y las lecturas de hoy cuánto nos ayudan en este propósito. Pienso que muchos de nosotros, al escuchar ese texto del Apocalipsis, espontáneamente lo hemos aplicado a nuestra propia historia de fe. De parte de Jesucristo. Este vidente apocalíptico envía mensajes a siete iglesias del Asia Menor y hoy hemos escuchado el mensaje que le envía a la iglesia de Efeso. Conozco tu manera de obrar, tu fatiga y tu aguante. Eso nos lo podemos apropiar. Cada uno puede poner aquí sus fatigas y sus aguantes.

Sé que no puede soportar a los malvados, que pusiste a prueba a los falsos apóstoles y descubriste que eran unos embusteros. Eres tenaz. Sufriste por mí. No te has rendido a la fatiga. Pero tengo en contra tuya que abandonaste el amor primero. Solo Cristo puede hablar con esta autoridad a un corazón que le está consagrado. Eres tenaz. No te rendiste a la fatiga. Venciste a los falsos apóstoles. Sabes dónde está la verdad y la mentira. Pero has decaído en el amor. Recuerda de dónde has caído. Conviértete y vuelve a proceder como antes. Es impresionante en este texto entender que ese llamado de conversión se le hace a la Iglesia. Y este es uno de los textos fundamentales para comprender que la Iglesia está siempre llamada a la conversión. Pero también cada uno de nosotros, como he dicho, puede apropiarse este texto puede hablar con ese amor primero.

En el caso de un religioso, por ejemplo, cuán provechoso resulta que uno haga un pequeño diálogo con ese novicio que uno fue. Algún día hay que sentarse a la sala, a la sala de la imaginación y sentar allí al novicio ese novicio que yo fui. Y hablar con él de amores y hablar con él de opciones por Cristo y hablar con Él de la prisa de la conversión. Este texto yo tengo que aplicarlo a mi propia vida, porque yo entré con prisa a la comunidad. Yo estaba estudiando en la universidad y dejé una carrera sin acabar por la prisa del Evangelio. Y me decía mi papá con la dulzura que solo pueden tener los papás, pero queriendo respetar hasta el fondo mi libertad y mi decisión. ¿Qué te mueve a dejar inconclusa una carrera profesional en la que también te está yendo? Y le decía yo a Jesús y le decía yo a mi papá de parte de Jesús o así lo sentía: Es que yo tengo prisa por servir al Señor. Y yo no quiero darle a Él otros años, sino estos que son los mejores. Esas palabras que yo le dije a mi papá pesan contra mí, porque muchas veces no di lo mejor de mí ni lo mejor de mis años. Yo prometí que iba a dar lo mejor de mis años a Cristo. Y yo sé que esta palabra que se ha proclamado hoy del Apocalipsis es para mí y me invita a mí a conversión, porque yo tenía en ese momento ese fuego, esa urgencia, esa prisa del amor y esa prisa quizás es la que hemos perdido.

Sabemos dónde está la verdad y la mentira. Hemos logrado vencer hasta cierto punto la fatiga. Somos quizás tenaces, como esta iglesia de Éfeso, pero esa prisa de encontrar y de servir al Señor ¿en dónde se encuentra? Pues cada uno tendrá que hacer como yo hago aquí con ustedes en público, esa conversación con el novicio que yo fui. Tengo que hablar muchas cosas y tengo que aprenderle mucho a ese novicio para que él me invite de parte de Cristo a conversión. El Evangelio en otro tono y de otra manera, nos hace una invitación semejante rumor de gente a la entrada de Jericó. La pregunta del ciego ¿Qué es lo que sucede? Sucede Cristo, Cristo está sucediendo. Ahí está una segunda oportunidad para este hombre. Porque fíjate que Él no dice simplemente Señor: que vea, sino dice en este evangelio de Lucas: Señor, que vea otra vez. Y esa es la súplica que tengo que hacerle yo a Dios después de hablar con el novicio que yo fui. Yo creo que en ese momento, en esa aurora de mi vida, yo vi algo, algo que me cambió. Algo que cambió mi rumbo, algo que me puso a buscar en la Montaña Santa. Las huellas de mi Señor y mi Salvador. Algo vi ahí. Pues tengo que pedirle hoy al Señor en esta Eucaristía, Señor, que yo vea otra vez.

De nuevo se trata de una segunda luz, alguien que ya tuvo luz y que necesita una segunda luz, una Iglesia llamada del pecado, pero que necesita siempre convertirse. Una historia que ya ha recibido gracia, pero que no puede subsistir sin la gracia. Si esto se piensa, si esto se revuelve y medita en el corazón, creo que de ese corazón surge con igual vehemencia el grito confiado de este ciego que quiere volver a ver. Jesús, hijo de David, ten compasión de mí. Porque yo sé lo que es la luz, pero no sé dónde se consigue. Yo sé lo que significa ver, pero no puedo darme la vista. Un día pude comprender. Ahora tú eres mi única comprensión. Mi única idea. Tú eres la única inteligencia. La única razón de mi vida. Jesús le contestó: Recobra la vista tu fe te ha curado. Así también Jesús en el Evangelio va removiendo en este evangelio, en la proclamación de este evangelio. Yo estoy seguro de que va removiendo en las cenizas de antiguos amores, tal vez amores desilusionados, tal vez amores que han pasado por las fatigas de las que nos habló el Apocalipsis. Jesús va removiendo esas ascuas y creo que todos hayamos tenido la experiencia en una hoguera, en una fogata, de verla casi extinguirse y de pronto empezar a remover esas ascuas, esos palitos y ver que un poco de viento, un poco de paciencia, un poco de luz hace renacer la llama en el corazón. Eso fue lo que Cristo hizo.

El rumor de su sandalia, la bulla de su paso. La multitud que él congregaba logró remover las cenizas. Logró levantar las cenizas de las ascuas que ardían en el corazón de este ciego. Así también Cristo, cuando nos dice como a la iglesia de Efeso: Conviértete. O cuando nos dice: por la boca de este ciego Señor, que vea otra vez porque era Cristo quien suscitaba esa oración. Cuando Cristo nos habla así, remueve también las cenizas, despeja el alma y hace que uno de alguna manera vuelvan a ser que uno le pueda decir desde el fondo del corazón. Como este ciego. La gloria es tuya. Tú no puedas seguir caminando con el Señor dando gloria a Dios. Al hacer la palabra de Cristo, este ciego recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Ya no tiene que quedarte sentado, ya no tiene que seguir pidiendo limosna. Ahora es rico, ahora puede alabar, ahora puede bendecir, ahora puede seguir a Jesucristo. Para el último trecho de nuestra vida, necesitaremos esta súplica. Para el último trecho de nuestra vida necesitaremos este Cristo que nos haga otra vez jóvenes, que nos permita gritar Jesús, ten piedad, que nos devuelva la vista y que nos conceda seguirle hasta la cruz, hasta el Calvario, hasta el sepulcro y hasta la gloria. Amén.

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