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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

4 gemas en la historia de 10 leprosos

Homilía o323010a, predicada en 20241113, con 25 min. y 0 seg.

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Transcripción:

Hermanos, este pasaje de los leprosos curados lo solemos identificar como una gran enseñanza de gratitud, en el sentido de que el samaritano curado dio gracias y los otros parece que se quedaron solamente disfrutando la salud recuperada. Claramente, esa es una enseñanza de este pasaje. Pero hay más y con la ayuda del Espíritu Santo conviene extraer algunas de esas gemas que tiene el Evangelio que se ha proclamado.

Nosotros sabemos por otros textos de los Evangelios la tremenda animadversión, el rechazo mutuo que había entre los samaritanos y los judíos y, en general, entre los samaritanos y sus vecinos, porque no era solo con los judíos. Usted recuerda que en alguna oportunidad venían de Galilea, pasaron por Samaria y el solo hecho de que fueran dirigiéndose a Jerusalén fue motivo para que los samaritanos dijeran, por lo menos en esa aldea: Aquí no se pueden quedar ustedes. Es decir, que había tensiones, desprecio y rechazo entre los samaritanos y otros pueblos. Pero aquí encontramos 10 hombres leprosos y después nos enteramos que uno era samaritano. ¿Qué nos llama la atención? Que estaban unidos, que el dolor une, que la necesidad une.

Si damos un paso más, podemos recordar que, en la Biblia, la lepra con mucha frecuencia es como una imagen del pecado. Y el leproso era tratado de hecho como un pecador, tenía que estar separado de la comunidad. Se consideraba que tener lepra era como la imagen exterior de algo que estaba dañado adentro. Y así encontramos una luz, una enseñanza muy interesante. Los que normalmente estaban divididos, resultan unidos y solidarios porque participan de una misma condición desventurada. ¿Qué tiene que ver eso con nosotros? ¿Qué tiene que ver con la sociedad de nuestro tiempo? Tiene mucho que ver.

Cuando uno pone toda su atención en las cualidades que tiene, en las cosas que tiene, muy fácilmente se levanta en su propio orgullo y desde la altura de mi orgullo veo con desconfianza la altura de tu orgullo. El orgullo nos lleva a que cada uno suba, trepe su propia montaña y tú resultas en una montaña, la montaña de tu ego, y yo resulto en otra montaña, la montaña de mi ego. Pero ¿qué pasa si yo desciendo de mi montaña porque me reconozco pecador? Y ¿qué pasa si tú desciendes de tu montaña porque tú te reconoces pecador? A medida que tú bajas de tu montaña y yo de la mía, nos encontramos en el valle de la humildad y del arrepentimiento. Este es un secreto que está proclamado de muchas maneras en la Biblia, en el Nuevo Testamento, un secreto que no terminamos de aprender en la sociedad civil. El secreto es que la reconciliación pasa por el arrepentimiento.

De este mismo tema habla el apóstol San Pablo en la carta a los Efesios, describiendo de una manera muy gráfica cómo Jesucristo ha derribado un muro, el muro que separaba a los judíos de los no judíos. De nuevo, en ese escenario tenemos mutuo desprecio, desconfianza, suspicacia, animadversión. ¿Cómo logra Cristo derribar el muro que separaba a los judíos de los gentiles? Cristo lo logra, nos dice San Pablo, derribando el muro con su propio cuerpo. Es una imagen muy viva y muy impactante, porque cuando uno piensa cómo se hacían los muros en aquella época e incluso en nuestro tiempo, a quién se le ocurriría derribar un muro con su propio cuerpo. El cuerpo terminaría destrozado, pero es que así terminó el cuerpo de Cristo en la cruz.

La cruz es la derriba muros ¿por qué? Porque frente a la cruz cada uno de nosotros se descubre necesitado y pecador, cada uno se descubre en leproso, indigente. La cruz es experta en bajarnos de nuestro ego. Aquello de lo que yo me siento orgulloso, cualquier cosa que sea, ¿de qué sirve frente a la cruz? Y aquello que tú o el otro o el otro considera motivo de orgullo, ¿de qué le sirve frente a la cruz? La cruz nos obliga a bajar de nuestros orgullos y por eso la cruz muy pronto nos vuelve hermanos. Porque si bien es cierto que yo no he cometido errores, que tú sí, y tú no has cometido errores, que yo, en cambio sí he cometido. Y aunque es cierto que tú tienes cualidades que yo no, y yo tengo cualidades que tú no. En esas cosas no nos vamos a encontrar, en los errores que no he cometido o en las cualidades que tengo, en los errores que tú no has cometido y en las cualidades que tú tienes, ahí es difícil encontrarnos, esos son los picos de las montañas.

Pero, en cambio, en que yo necesito de Cristo y sin Él no soy nada, en que yo necesito de su perdón y sin ese perdón no puedo nada, en que yo necesito su gracia y su gracia me basta. En eso, sí nos parecemos todos. Y esa es una primera gema que encontramos en este texto. Por eso, aquellos hombres con un tono de lástima, un tono lastimero, debo decir mejor, le imploraban a nuestro Señor diciendo: «Ten compasión de nosotros». Si queremos un presbiterio unido, la clave está en que cada uno se reconozca necesitado. La unión de los necesitados es fácil, la unión de los orgullosos es casi imposible. En la medida en que cada uno se reconozca pecador, indigente, necesitado, todos iremos llegando, uno tras otro, al valle de la humildad, donde aprendemos a ser hermanos.

Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Aquí también hay una enseñanza escondida. ¿Por qué esa palabra de Jesús? La explicación está en la Torá. Según la Torá, los sacerdotes de aquel tiempo eran los que tenían que certificar si un caso era de lepra. Y suponiendo que se diera una curación, de nuevo eran los sacerdotes los que tenían que certificar que aquella persona se había curado. No se pensaba que los sacerdotes iban a curar, sino que los sacerdotes eran como los notarios públicos, tanto de la enfermedad, como de la curación, cuando se trataba de lepra. Cristo les dice que vayan a presentarse a los sacerdotes ¿para qué? Puesto que ya estaba claro que eran leprosos, evidentemente no se trataba de que fueran para que los sacerdotes refrendaran la exclusión propia de un caso de lepra.

Ellos se ponen en camino, ¿no les llama la atención eso? Se ponen en camino ¿para qué? Cuando ellos se ponen en camino, no están curados. La única razón por la que a ellos les podía hacer sentido ir a donde los sacerdotes, es porque iba a suceder una curación. Porque efectivamente, los sacerdotes eran los que podían certificar que la persona se había curado. Lo que quiero destacar en esta segunda gema, es que el hecho de ponerse en camino sin haber sido curados todavía, era un acto de obediencia y de fe. Ellos se ponen en camino, llevando todavía sus cuerpos enfermos, pero sus corazones llenos de fe en la palabra de ese Maestro nazareno. Y esa fe, esa fe es la que les permite avanzar, aunque estén enfermos. Y esa fe es la que obtiene la victoria con la curación.

Por eso, este texto también nos está enseñando la relación profunda que hay entre la fe y la obediencia. Ponerse en camino para ir donde los sacerdotes, como nosotros sabemos, el desenlace de esta historia a nosotros nos parece natural. Pero trata, por un momento, de ponerte en el lugar de ellos, una persona que está enferma, con esa enfermedad tan repugnante, dolorosa, excluyente, sobre todo en aquel tiempo, le dice Cristo: Ve donde el sacerdote ¿A qué voy, a que me repita que soy un maldito, que soy un pecador, que estoy excluido? ¿A qué voy? Pero fueron, creyeron en la palabra de Cristo y, por lo visto, todos creyeron en esa palabra, porque no se dice que alguno dejara de ir. Creyeron en la Palabra de Cristo, se pusieron en camino, es muy bello.

Esto también tiene que ver con nosotros, porque a veces, sobre todo cuando uno ha llevado una vida mediocre y pecadora. Uno ya pierde la esperanza de ponerse en camino y uno ya pierde la esperanza de ir donde los sacerdotes. Por eso, muchos de nosotros dejamos pasar mucho tiempo, por ejemplo, sin confesarnos, ya San Juan Pablo II hablaba de eso. Pero este texto nos está invitando, hermanos, a que nos pongamos en camino, aunque todavía estemos leprosos y vayamos donde el sacerdote, aunque todavía estemos leprosos. Empieza a caminar aún con tu lepra, empieza a caminar y cree en la palabra de Cristo.

Para una persona que tiene lepra, sobre todo si está lamentablemente avanzado, caminar puede ser un ejercicio muy, muy doloroso, porque sabemos que la lepra ataca cartílagos y ataca extremidades. Ponerse en camino no es fácil para el leproso. Si la enfermedad ya ha tomado fuerza, cada paso se convierte en un nuevo dolor y una pequeña tortura, pero esta gente se puso en camino. Si alguno de nosotros se encuentra espiritualmente en esa condición de decaimiento, de mediocridad, de descuido. Si alguno siente que su corazón es como un basurero, que algunas veces uno se puede sentir así. Si alguno siente que, incluso tratar de caminar hacia el sacerdote es difícil y le duele como le dolía a los leprosos, por favor, no deje de hacerlo. Póngase en camino, póngase en camino, créale a Cristo, avance.

La primera vez que tuve ocasión de visitar la Basílica de San Pablo en la ciudad de Roma, me llamó la atención la gran cantidad de confesionarios. Es un lugar donde mucha gente va a eso, a recibir el sacramento de la reconciliación. Y los confesionarios de la Basílica de San Pablo en Roma, cada uno tiene una frase del Evangelio, una frase de la Biblia, en general, puesta arriba. Uno de los confesionarios tiene exactamente esta frase del Señor: «Ve a presentarte al sacerdote». Así que, repito, aunque nos duela caminar, aunque no veamos todavía la sanación, no dejemos de movernos, hermanos.

Una tercera gema encontramos aquí. El hombre que se devolvió era un samaritano, ¿por qué eso es importante? Porque la gente sabía que Jesús no era samaritano, lo llamaban el Profeta de Nazaret. Y aunque Él no había nacido en Nazaret, pues tampoco había nacido en Samaría, había nacido en Belén de Judea, en todo caso, Jesús no era samaritano. Esto quiere decir que cuando el samaritano, junto con sus compañeros leprosos, le clama a Jesús: «Ten compasión de nosotros», todos estaban pidiendo misericordia, por supuesto, pero el samaritano tenía que ser consciente de que para él era necesaria una dosis mayor de misericordia. ¿Por qué? Él necesitaba una dosis mayor, porque no solo estaba leproso, sino que él era de los que habían despreciado mucho tiempo a los judíos y a los galileos.

Dicho de otra manera, este leproso samaritano tenía una conciencia más aguda de su propia necesidad y de su propia indignidad. Y por eso, sabiéndose no solamente enfermo, sino profundamente indigno, solo Dios sabe cuántas veces había hablado mal de los judíos, sabiéndose tan indigno y al mismo tiempo tan enfermo, él tenía más ojos para valorar el milagro, porque sentía que el milagro no solo era una curación, sino que era una gran compasión. Abrumado por tanta bondad, viéndose curado y viéndose tan compadecido de un judío, su corazón rebosa de alegría. Tiene que devolverse y postrarse y dar gloria a Dios. Esto también es una enseñanza para nosotros. Cuanto más profunda la contrición, más alta la alabanza.

Se parece a aquel otro pasaje del Evangelio, de aquella pecadora que lavó los pies de Cristo con su llanto. Ustedes recuerdan cómo termina, a Jesús en esa escena diciendo: «Al que se le perdona mucho, ama mucho, al que se le perdona poco, ama poco». Seamos nosotros, hermanos, gente consciente de lo mucho que Dios se ha compadecido de nosotros. Se ha compadecido de nosotros concediéndonos el don de la fe, perdonándonos numerosas veces nuestros pecados, levantándonos de nuestros desánimos. Y como dice aquel himno que me gusta tanto del común de pastores: Armándonos y poniéndonos al frente de su pueblo.

Pues, hermanos, habiendo recibido tantísima, tantísima compasión y tantísima curación, sigamos el ejemplo del samaritano, vivamos también nosotros postrados ante el Señor. Tiene que estar lejos de nosotros cualquier aire de arrogancia, de soberbia. Vivamos, como este samaritano, con el corazón rendido y postrado ante el Señor, como gente que le dice con lo más profundo de su alma: Haz de mí lo que quieras. Eso nos va a ayudar muchísimo a vivir el ministerio sacerdotal.

El último detalle, la cuarta y última gema que quiero comentar de este pasaje está en un pequeño elemento que puede pasar desapercibido. El samaritano, dice aquí, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, se postró a los pies de Jesús. Jesús hace el comentario que ya sabemos y termina diciéndole al samaritano: Levántate, vete. ¿Qué notan ustedes de extraño ahí? Que no lo volvió a mandar donde los sacerdotes, este es un detalle muy pequeño, pero muy hermoso. Eran los sacerdotes de la ley de Moisés los que tenían que certificar la curación. ¿Qué está haciendo Cristo aquí? Está certificando la curación, no lo envía donde los sacerdotes de la Antigua Alianza. Este hombre, siendo samaritano, ha entrado, podemos decir, ha entrado de alguna manera en la Nueva Alianza, y ahora está no frente a los sacerdotes de Moisés, está frente al Sumo y eterno Sacerdote, está frente al Eterno y Sumo Sacerdote que es Cristo.

Por eso, Cristo no lo vuelve a enviar donde los sacerdotes de Moisés. El salto de fe, de humildad y de alabanza que ha dado el samaritano ya lo lleva a la Nueva Alianza, y por eso es Él el único que recibe la bendición nueva, no la bendición de Moisés, sino la bendición del Sumo y Eterno, el Sacerdote de Dios, el Eterno sacerdote de Dios que es Cristo. También esa es una enseñanza preciosa para nosotros, acercarnos así ante Cristo y sentir que Él, con cada absolución, con cada gesto de su bondad, nos está diciendo: Estás limpio, confía, estás limpio. Ponte en camino, tu fe te ha salvado.

Sigamos esta celebración con sentimientos de profunda humildad y a la vez de profunda alegría, con una gran conciencia de nuestras necesidades, pero sobre todo con una gran certeza de que Dios quiere y puede suplirlas, que a Él sea la gloria por los siglos. Amén.

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