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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lecciones de un encuentro entre la misericordia del Señor y nuestras miserias: No solo curados sino también salvados, nos quiere Cristo.
Homilía o323008a, predicada en 20201111, con 17 min. y 37 seg. 
Transcripción:
Hermanos, la enseñanza más directa que tiene este texto del Evangelio, capítulo 17 de San Lucas, es la importancia de ser agradecidos. Pero junto a esta enseñanza que siempre es necesaria, hay muchas otras. Pidiendo la gracia del Espíritu Santo, asomémonos a las riquezas de este texto. Todo empieza con la geografía: «Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea». Seguramente ya sabemos cuál era la distribución general de las regiones en aquella época de Cristo. La parte sur era Judea, con su capital Jerusalén. Luego teníamos la región de Samaria. Y bien al norte, la región de Galilea. Jesús se encuentra en la frontera norte de Samaria.
Por eso, también sabemos, según nos dice el relato, que uno de los leprosos curados era samaritano. Los otros no eran samaritanos, los samaritanos despreciaban a los judíos. Los samaritanos rechazaban a los judíos y los judíos a los samaritanos. Pero la enfermedad había unido lo que el prejuicio había separado. Estos 10 samaritanos, estos 10 leprosos, perdón, estos 10 leprosos, aunque tuvieran distintas creencias, aunque tuvieran distintas convicciones y formas de buscar a Dios, estaban unidos por la enfermedad. Suele suceder que las enfermedades y, en general, las dificultades, incluso las desgracias, nos unen más allá de las diferencias y prejuicios que a veces tenemos. Cristo no tiene un discurso para los otros y otro discurso para los samaritanos. No tiene una solución para unos y otra solución para el samaritano.
Para Cristo todos son simplemente personas que sufren. Y frente al dolor, frente al sufrimiento, frente a la miseria, se despierta la misericordia de Cristo. No es la única vez en la que vemos a Cristo vencer barreras sociales o religiosas simplemente por servir y por amar. A aquella mujer sirofenicia, que era pagana y que seguramente veía a Cristo como un curandero más, Cristo finalmente la atiende y le concede lo que ella necesitaba, pero le recuerda lo que ha conseguido, que es más que la salud de la hija, le dice a aquella mujer: «Grande es tu fe». Atención a la palabra fe. En otra ocasión, un centurión romano le pide que haga algo por un criado suyo que le era muy querido. Romano, opresor, incircunciso, pagano. Pero ante el hecho que hay dolor, ante el hecho de que hay sufrimiento, Cristo suelta esta frase: «Voy yo a curarlo».
Hay aquí un mensaje muy grande sobre cómo el amor de Dios se derrama por encima de tantas barreras que quizás nosotros consideraríamos insalvables, ese mensaje hay que tenerlo presente. Sigamos, ellos le dicen a Jesús: «Maestro, ten compasión de nosotros». Y Cristo, además de la compasión, hace un acto de humildad, se somete a la ley. La ley decía que cuando se curaba a un leproso debía presentarse ante el sacerdote. Jesús obedece a la ley siendo autor de la ley. La humildad de Cristo está en paralelo con la fe de estos leprosos, porque ellos no quedaron curados en ese momento. Pero si les dice: Vayan a presentarse a los sacerdotes, ir donde los sacerdotes, ir leprosos donde los sacerdotes, era recibir un nuevo rechazo.
Si ellos hubieran llegado leprosos ante los sacerdotes, lo que les esperaba era el veredicto del sacerdote, según manda la ley de Moisés. Y el veredicto del sacerdote tenía que ser: Retírate de toda compañía humana. Permanece fuera del campamento y cuando necesites algo, ve gritando: Impuro, impuro. O sea que estos leprosos, cuando se ponen en camino, humanamente hablando, no saben lo que les espera, si les espera un nuevo rechazo o les espera la verificación del milagro. Pero se ponen en camino porque más allá de lo que se puede conocer con la carne y la sangre, ellos han puesto fe en la Palabra de Cristo, y esa también es una enseñanza para nosotros. Cristo les dijo: «Pónganse en camino». Y se pusieron en camino, todavía estaban leprosos cuando empezaron a caminar.
Nos hace recordar aquel otro pasaje del capítulo noveno de San Juan, el pasaje del ciego de nacimiento. ¿Qué le dice Jesús a aquel ciego? Le unta barro en los ojos y le dice: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé». Ya era una tristeza y una vergüenza su ceguera y ahora Jesús lo pone a caminar ciego y con barro en los ojos. Pero él hizo caso, y la obediencia de aquel ciego, como la obediencia de estos leprosos, dio buen fruto. Lección para nosotros. En un par de ocasiones he podido visitar la Basílica de San Pablo en Roma. Basílica, que es atendida por Benedictinos. Uno de los ministerios principales de esa basílica es el sacramento de la Confesión. Y un detalle muy hermoso de esa basílica que debo recordar el día de hoy es que arriba de cada confesionario hay una frase tomada del Evangelio, que hace alusión, de algún modo, al sacramento de la confesión. Una de las frases que está en un confesionario de esa basílica es la que hemos oído hoy: Ve a presentarte al sacerdote.
También nosotros necesitamos, como el leproso, fe para ir donde el sacerdote. A medida que pasa el tiempo y no se necesita tanto, nos damos cuenta de la plena humanidad de nuestros sacerdotes. Nos damos cuenta de las limitaciones que tienen como seres humanos, es inevitable darse cuenta de que son pecadores. Se requiere fe para hacerle caso a Cristo: Ve donde el sacerdote. Se requiere fe, pero si nosotros, como hicieron los leprosos, ejercemos esa fe y somos obedientes, seremos liberados de nuestras lepras.
A mí me impacta cuando conozco grandes santos como nuestro Padre Domingo, como Teresa de Jesús, a mí me impacta pensar que estas luminarias de pureza y santidad iban donde sacerdotes, seguramente imperfectos, como imperfecto y más soy yo, y esas almas tan puras buscaban liberarse hasta del último rastro de lepra, utilizando instrumentos tan imperfectos como somos los sacerdotes. Pero esa humildad de ir donde el sacerdote y esa fe para recibir del sacerdote, eso lo premia a Dios y eso nos lo enseña este pasaje. «El samaritano, viéndose curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos».
Ustedes que son gente observadora y atenta, cada vez más atenta, lo cual me asusta, seguramente se habrán dado cuenta de un detalle, si Cristo los mandó donde los sacerdotes y éste se devolvió, ¿ahí en qué quedamos? Pero viene en nuestro auxilio, la Carta a los Hebreos, que nos enseña que lo que era figura y sombra en los antiguos sacerdotes, lo tiene en plenitud este Cristo, que es el verdadero sumo y eterno sacerdote. De modo que este samaritano, ejerciendo gratitud, proclamó también un misterio que quedó escondido y, en cierto sentido, perdido para los otros leprosos.
Este samaritano llegó donde el verdadero y eterno sacerdote se postró y le dio las gracias. Y por eso fue este samaritano el único que escuchó estas palabras: «¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?» Y añadió: Tu fe. Otra vez la fe, la misma que le dijo al centurión: «No he visto una fe tan grande en Israel». La misma que le dijo a la sirofenicia: «Mujer, grande es tu fe». También a este samaritano le dice: «Tu fe te ha salvado». Mis hermanas, es muy importante darnos cuenta cómo el pasaje nos sugiere la diferencia entre quedar curado y quedar salvado. Los 10 quedaron curados, pero solo de uno, del samaritano se dice: «Tu fe te ha salvado».
Esta diferencia es importante porque cuando nosotros empezamos a acercarnos a Dios, normalmente lo que queremos es que nos arregle un problema, que le ponga un parche a nuestra vida. La comparación que siempre utilizo es la del vehículo, un carro y nuestra primera mirada a Cristo es como el que ve a un mecánico, ir donde el mecánico: Arréglame el carro. Esa es nuestra primera mirada a Cristo y esa fue la mirada de aquellos 9 que quedaron curados, arreglaron su problema y siguieron su propio camino. Pero para que se cumpla que hay diferencia entre ser curado y ser salvado, entendamos que este samaritano volvió donde Jesús y al encontrar en Jesús la verdadera fe, encontró en Jesús la salvación.
Ser curado simplemente es arreglar el problema, encontrar solución al problema que yo tenía, eso es ser curado. Ser salvado es volver donde Jesús, postrarme ante Él, como hizo el samaritano y reconocerlo como Señor de mi vida. No se postra uno así no más, uno se postra ante aquel que es majestuoso y grande, nosotros ante Dios. De tal modo que aquel samaritano encontró la diferencia entre ser curado y ser salvado. Repito, el que es simplemente curado halló solución para su problema. El que es salvado no solo encontró una solución, encontró una nueva vida. Ser salvado es encontrar una ruta nueva, es encontrar al Señor de mi alma, es encontrar el camino que yo no tenía.
Al principio, en nuestra vida espiritual, lo que más nos interesa es ser curados, eso se llama sanidad. Pero cuando proclamamos a Cristo como Señor y seguimos su ruta, entonces el lenguaje de la sanidad se convierte en lenguaje de santidad. Es ahí cuando proclamamos verdaderamente a Cristo como nuestro Señor.
Una última enseñanza que debemos tomar de este Evangelio. Jesús acogió con misericordia a estos leprosos, Jesús también nos acoge a nosotros con misericordia. Unidos a Él y transformados en Él, también nosotros debemos acoger a nuestros hermanos, más allá de sus lepras, más allá de las diferencias, incluso graves. Cristo no disimulo la diferencia que había entre el samaritano y Él, Cristo lo llamó un extranjero, lo llamó extranjero, Cristo no disimula las diferencias, pero va más allá de las diferencias. Pidamos al Señor que nos dé una caridad semejante, para ir por encima de lo que nos distancia, por encima de lo que nos separa de los demás, y poder amarlos en el nombre de Dios como verdaderos discípulos de Cristo. Amén.

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