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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Sin el conocimiento de nosotros mismos frente a Dios y en Dios jamás descubriremos nuestra profunda indigencia ni el hecho que Él puede cambiarnos.
Homilía o323005a, predicada en 20181114, con 4 min. y 41 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado de San Lucas, en el capítulo 17. Nos presenta la curación de 10 leprosos. Interesante notar que estos leprosos, aunque tenían distintos orígenes, estaban juntos. Es decir, la vida los había separado, pero la necesidad los había unido. Esta es la primera enseñanza que puede pasar desapercibida, pero que en esta ocasión queremos subrayar. Repito, la vida los había separado porque se ve que algunos eran judíos y había uno por lo menos, que era samaritano. Y en aquella época judíos y samaritanos ciertamente se detestaban mutuamente. Es decir, que estando en su salud, el judío no podía ver al samaritano, ni el samaritano al judío.
Pero cuando llegó la lepra, entonces el judío y el samaritano aprendieron a estar juntos, a mendigar juntos y, en cierto sentido, a apoyarse. Repito, esta lección casi no se predica y conviene subrayarla, porque muchas veces, en medio de nuestras fortalezas, nos volvemos altivos y fácilmente excluimos o fácilmente somos excluidos. Pero en cambio, cuando desaparecen nuestras seguridades, cuando nuestras certezas caen, cuando aparece nuestra radical indigencia, nos resulta mucho más fácil hermanarnos. Este es un gran mensaje que implica a los discípulos de Cristo. Pero hay otras lecciones que podemos tomar de este texto.
Jesucristo envía a estos leprosos a que vayan a presentarse donde los sacerdotes, y mientras iban de camino, lo hemos escuchado, todos fueron curados, pero solo uno quedó tan abrumado de alegría que se devolvió a darle las gracias a Jesucristo y no solo las gracias, a postrarse ante Él, reconociendo que en Cristo y a través de Cristo había recibido algo que superaba el orden natural de las cosas, una obra de Dios. Esto ¿qué quiere decir? Que, aunque el milagro había sido igual, la percepción del milagro era diferente. Te das cuenta de que estamos diciendo, en cierto sentido, el reverso de lo que antes enuncié, porque antes dije la vida los había separado y la enfermedad los había unido.
Ahora digo, recibieron la misma gracia, pero no la percibieron de la misma forma. En efecto, el que tenía razones para sentirse doblemente excluido, no sólo por su lepra, sino también por su condición de samaritano, el que tenía razones para sentirse en peor situación es el que tiene mayor capacidad de aprecio de lo que Dios le está otorgando. O sea que este Evangelio hermoso, este precioso texto, nos ayuda a descubrir cómo es que uno percibe la gracia de Dios. Dicho de otra manera, aquella persona que conoce mejor su necesidad es la persona que mejor puede apreciar lo que Dios le regala. Es algo muy propio del ser humano, efectivamente, aquel que tiene más hambre disfruta más de la comida. Aquel que tiene más sed, bebe con mayor gusto y avidez aquel vaso de agua fresca. Aquel que descubre más su necesidad, es el que más puede agradecer el amor de Dios.
Inevitable para mí recordar en este momento las palabras de Catalina de Siena cuando nos dice que el comienzo de toda verdadera vida espiritual está en el conocimiento de sí mismo, en Dios y de Dios en sí mismo. Efectivamente, sin ese conocimiento de nosotros mismos frente a Dios y en Dios, jamás descubriremos nuestra profundísima indigencia. Y si no descubrimos el abismo de indigencia, de necesidad que cada uno de nosotros es, si no descubrimos ese abismo, tampoco vamos a descubrir cómo el océano de Dios es capaz de llenar ese abismo. Lección preciosa que nos regala el Evangelio de hoy.

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