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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La ingratitud no se corrige sola. Hay que obrar.
Homilía o323003a, predicada en 20121114, con 4 min. y 43 seg. 
Transcripción:
En el capítulo 17 del Evangelio según San Lucas, encontramos esta escena conmovedora de los 10 leprosos. Recordemos que la lepra en aquel tiempo, en el tiempo de Jesús, no era simplemente una enfermedad más. Era algo así como la manifestación externa de la obra del pecado, por lo menos así se trataba a los leprosos. La ley de Moisés ordenaba que el leproso debía estar lejos de la comunidad, se pensaba que la lepra era contagiosa por simple convivencia, el convivir con un leproso producía lepra. Y por eso, en realidad, la ley de Moisés arrojaba a estos pobres seres humanos a una condición, a una situación desesperada, lejos de sus familias, incapaces de ganar un sustento. Desterrados de su propia casa, sin posibilidad de ofrecer un culto decente, qué podían sentir aquellos hombres o mujeres, sino que estaban ya condenados, condenados en vida.
Y por eso mismo nos interesan tanto las curaciones de los leprosos, porque la victoria de Cristo sobre la lepra no es como la victoria sobre las otras enfermedades. Si la lepra es una enfermedad que tiene todas esas consecuencias sociales, religiosas, culturales, igualmente y en la misma proporción, la sanación de la lepra es una señal religiosa, social, cultural, que va mucho más allá de la curación de unos tejidos. Los milagros de curación de lepra están mostrando no solamente el poder de Cristo sobre el cuerpo, sino el poder de Cristo para restaurar la familia, para devolverle la salud no solo al tejido biológico, sino al tejido social. Cristo, pues, sana a estos leprosos y ya entendemos un poco mejor el tamaño del bien que les concede.
Solo uno de ellos se vuelve para dar gracias, por eso, una primera enseñanza, impresionante ciertamente, es tener que admitir que la gratitud es una virtud escasa, o si lo quieres decir de otra manera, que la ingratitud es abundante. Los bienes que buscamos los anhelamos con mucha fuerza, los bienes que tenemos los valoramos muy poco. Incluso, hay un poeta latino, su nombre se me escapa, que afirmaba esto y este hombre no conocía de Cristo ni de la Biblia, decía él: Ningún bien poseído causa tanto deleite como el bien anhelado. Y parece que es así, la persona que desea muchísimo un puesto, por ejemplo, un trabajo, incluso la persona que desea a otra persona, cuando ya la tiene, cuando ya es su esposa, por ejemplo, parece deleitarse menos en tenerla, de lo que antes se deleitaba en desearla, en buscarla, en perseguirla.
Qué mal está eso en el corazón humano, qué mal esa incapacidad nuestra de apreciar el bien que recibimos. Y como eso no se va a corregir solo, tenemos que corregirlo nosotros, con actos específicos de la voluntad, a través de esos actos específicos de gratitud, a través de esos momentos específicos en que hacemos la cuenta, el conteo de nuestras bendiciones, a través de ese recuento, quizás podemos reparar algo de tantas ingratitudes que nosotros, lo mismo que estos leprosos, hemos tenido.

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