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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía o323002a, predicada en 20101110, con 16 min. y 34 seg. 
Transcripción:
Este es un pasaje muy conocido del Evangelio, casi siempre uno lo relaciona con el tema de la gratitud, aprender a ser agradecidos. Pero seguramente hay más enseñanzas y hoy vamos a tratar de encontrar algunas de esas perlas escondidas que están ahí en el texto. Por ejemplo, observa esto: «En aquel tiempo, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea». Aquí hay que recordar un poco la geografía para que se entienda qué es lo que estaba sucediendo. Resulta que lo que nosotros llamamos Tierra Santa tenía en tiempos de Jesús, como tres grandes regiones, que son las que se mencionan aquí. Galilea quedaba al norte, Samaria, otras veces oímos Samaría, vamos a decir con el acento de hoy, Samaria, que es lo que aparece aquí. Y abajo, la región de abajo era Judea. Esas son las tres regiones: Galilea, Samaria y Judea.
Judea, capital Jerusalén. Por supuesto, los judíos, los habitantes de Judea, eran los que se consideraban los verdaderos creyentes, y ellos miraban con desprecio a todos los demás. Sobre todo, tenían gran disputa, como lo sabemos por otros pasajes, gran disputa con los samaritanos. Y los samaritanos tenían, por lo menos, dos grandes diferencias con los judíos. En primer lugar, los judíos admiten la ley y los profetas, y la ley y los profetas quiere decir, ley es el Pentateuco, los primeros 5 libros de la Biblia. Los profetas incluyen los profetas mayores y los profetas menores. Por ejemplo, profetas mayores son: Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel. Profetas menores son: Zacarías, Sofonías, Abdías, Joel, Amós, Oseas y algunos otros, Nahum, etcétera.
Entonces, los judíos admitían todas esas escrituras, e incluso otras más, las que ellas llamaban el conjunto de los escritos, como decir los Proverbios, los Salmos, Eclesiastés. En cambio, la Biblia de los samaritanos, que no utilizaban esa palabra Biblia, las Escrituras de los samaritanos eran únicamente la ley, los samaritanos solo creían en el Pentateuco. Los judíos admitían todas las demás Escrituras. O sea que sí había una diferencia. Además de eso, los judíos decían, como aparece en el libro del Deuteronomio, que únicamente se debe dar culto en Jerusalén. Los samaritanos, en cambio, decían que eso no importaba y, de hecho, tenían una especie de montaña donde daban culto a Dios.
Esto lo recordamos también en el pasaje del diálogo entre Jesús y la samaritana. Uno de los escapes que ella intenta buscar es llevar la discusión al terreno de esos intríngulis legalistas, ¿no? Vosotros decís que en Judea, que solo en Jerusalén. Nosotros decimos que aquí. O sea, sí había diferencias. Pero lo que quiero destacar es que esas diferencias implicaban desprecio e implicaban odio. Los judíos despreciaban a los samaritanos y los samaritanos correspondían a ese desprecio con una actitud amarga que también se nota en el Evangelio. Por ejemplo, en alguna ocasión Jesús iba con sus apóstoles de camino a Jerusalén y como iba pasando por tierra de samaritanos y sabían que estos iban para Jerusalén, no les quisieron dar hospedaje. O sea que había animosidad, había amargura.
Pero ahora vamos a ver qué sucede en este pasaje: «Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea». Entonces tenemos Samaria, tenemos Galilea. Y en esa frontera, una frontera un poco irregular, se mueve Jesús. «Iba entrando a un pueblo. Vinieron a su encuentro 10 leprosos». Observemos cómo termina el pasaje, el pasaje termina con lo que Jesús dice: «¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?» Jesús llama extranjero aquí al samaritano. Eso quiere decir que no todos eran samaritanos. Lo que se dice al principio, en cambio, es que ellos eran 10 leprosos. Ellos estaban juntos ¿qué los había juntado? La lepra. Ahí está la primera lección. La enfermedad acaba diferencias, en la necesidad caen muchas barreras.
Esta es una lección inesperada de este pasaje, porque uno se puede quedar solo con el tema principal, que quizás es el del agradecimiento. Pero fíjate cómo tiene otras enseñanzas que están ahí, como escondidas, pero esperando a que también nosotros las encontremos y las apreciemos. Estos leprosos se encontraban a las afueras de un pueblo. Y ¿qué tenían ellos en común? Pues evidentemente algunos eran de Galilea, seguramente otros eran de Judea y otros eran de Samaria. Seguramente, porque Jesús no consideraba extranjeros a los galileos y Jesús no consideraba extranjeros a los judíos. De hecho, Jesús se consideraba judío. Eso ¿cómo lo sabemos? Porque Jesús dice también en el diálogo con la samaritana: La salvación viene de los judíos. Y si no es ahí, es en otro capítulo de San Juan. Jesús se consideraba judío.
Entonces, ¿Jesús llama extranjero a quién? Al samaritano. Jesús no consideraba extranjeros a los galileos porque él mismo era nazareno, ni consideraba extranjeros a los judíos, porque él se consideraba rey de los judíos. Entonces, los únicos extranjeros eran los samaritanos. Eso quiere decir que estos hombres seguramente tenían distinta procedencia. Había unos judíos, había otros samaritanos o por lo menos un samaritano y había otros galileos. Y ellos ¿qué tenían en común? Ya dijimos la enfermedad, pero tenían otra cosa en común. Resulta que la ley de Moisés mandaba, que el leproso tenía que ser arrojado del campamento. Entonces, ellos tenían también otra cosa en común, que ellos eran los despreciados, que ellos eran los arrojados, que ellos eran los desechados.
Hace unos años, que pueden ser como 20 años, hubo una cierta ola de rock en español y entre los cantos del rock en español había uno que decía: Únete al baile de los que sobran, el baile de los que sobran, eso todavía sigue funcionando por ahí, en algunas partes. Pues el baile de los que sobran en realidad es la comunidad de Jesús, es decir, las personas que están con Jesús, la comunidad de Jesús, la Iglesia de Jesús, es en primer lugar, la comunidad de los que no funcionan, de los que no caben, de los que son despreciados. Esa es la primera comunidad de Jesús. Podemos decir que la Iglesia es el anticlub. ¿Cómo se hace un club? Un club se hace espigando y seleccionando la élite.
Entonces, por ejemplo, hay un club que es mundial y que tiene sucursales en muchas partes, que se llama Mensa. A pesar de ese nombre, se refiere a personas que tienen una inteligencia sobresaliente. Para entrar al club Mensa uno tiene que tener un coeficiente intelectual del 10% más alto de la población, es el criterio para entrar a Mensa, es decir, la crema. El club se hace con la crema. ¿Los clubes sociales cómo se hacen? Nosotros somos los de alta clase social, nosotros somos los de la aristocracia, nosotros somos los del poder.
Incluso hay una red social en Internet que es para gente bonita, entonces es una red donde entran los bonitos. Y tiene condiciones estrictas, por ejemplo, si una persona se afea, la echan. Por ejemplo, si la persona engorda demasiado: No, tú ya no puedes estar en este club. Afuera, Afuera, tú ya no eres, ya no eres bonito. Si tiene un accidente, si le sale, por ejemplo, un salpullido, cierto, si le sale un vitíligo: No, para afuera, tú, fuera de aquí. Entonces el amor del mundo produce clubes y en un club entra la élite. Incluso en la Iglesia existe esa tendencia, a veces los grupos también se hacen de esa forma. Cuidado, cuidado, cuidado, que yo soy de los espirituales. Entonces, aquí no entramos sino nosotros, los espirituales, es un peligro.
Las comunidades religiosas podemos caer en eso también. A veces, por un cierto celo de conservar nuestra identidad y también ciertas disciplinas que digamos la verdad, son necesarias que la clausura y todas estas cosas, pues también podemos volvernos un poco un núcleo cerrado: Tú no puedes entrar, tú estás allá y entonces se forma todo un misterio. Lo que yo he aprendido es que casi siempre, por no decir siempre, que se insiste en la separación y en que tú no puedes entrar y aquí está el misterio. El misterio es pecado, es decir, cuando creamos ese club, cuando creamos esa élite, ese exclusivismo termina produciendo pecado. Por eso, yo les invito a que tengamos una actitud de sano escepticismo. Yo lo llamo así, sano escepticismo de aquellos movimientos eclesiales donde todo es un rígido, una rígida estructura, una rígida jerarquía. Tú no puedes saber lo que sucede aquí. Yo sí puedo saber lo que sucede allá.
En nuestra Iglesia, en nuestra amada Iglesia Católica, tenemos un testimonio espantoso de lo que sucedió, por ejemplo, con los Legionarios de Cristo. Resulta que ¿qué pasó ahí? Resulta que la cúpula mantenía a todo el mundo ignorante. Nadie sabe lo que pasa aquí. El Padre Fundador es intocable. Nadie puede saber, nadie puede averiguar. Y tú, calla, calla, pequeñajo, tú no sabes nada. Tú, allá abajo, en tu ignorancia. Aquí sabemos todo. Tú no sabes nada. Cuidado, eso no es de Jesús. Un día se destapa qué es lo que hay. Y lo que hay es que el famoso, el del famoso secreto, pues ¿qué era lo que estaba tapando? Una vida miserable y traidora. Eso no significa que no pueda haber misericordia para él, pues rogaremos para que haya misericordia para él y para todos, pero eso deja una enseñanza.
La Iglesia no puede ser el club y cuando hay demasiadas llaves, hay gente que es obsesiva con las llaves y no suelta la llave. Y allá una cosa, aquí otra cosa, ahí, y ponga barreras. Normalmente, o digo yo, habitualmente, porque eso no es normal, detrás de tantas llaves algo se está pudriendo. Entonces, hay que tener miedo, miedo a eso no, sino un sano escepticismo. Jesús es mucho más llano, mucho más transparente, más simple, más abierto, tengamos esa paz.
Fíjate un detalle, entonces el mundo ¿qué hace? Clubes. ¿La Iglesia qué es? El anticlub, el anticlub. Jesús hace el bien, ¿a quiénes? A éstos, los desechados. En Colombia se utilizan algunas partes la expresión los desechables, que es una palabra que nunca se debería pronunciar de un ser humano, los desechables, los que se pueden, los que se pueden desechar. Bueno, pues eso, esos son los que son objeto de la misericordia de Jesús.
Y termino con una palabrita sobre algo, me llama tanto la atención, que Jesús iba para un pueblo y lo primero que le sale al encuentro son estos leprosos. Sabe ¿por qué me llama la atención? Porque si ustedes observan en la Biblia y en toda la antigüedad, cuando un rey iba a entrar a un pueblo, lo primero que le salía al encuentro eran los embajadores del pueblo, los legados, cierto, buscando condiciones de paz y dándole la bienvenida. Pues resulta que aquí los embajadores de ese pueblo son los leprosos y yo veo un profundo significado en esto. Tanto para apreciar la misericordia de Cristo, como para darnos cuenta lo que es la humanidad. Esto es lo que la humanidad le puede dar a Jesús, estos son sus embajadores.
Sigamos esta celebración pidiéndole al Señor que nos haga una operación quirúrgica en nuestro corazón porque todos, todos queremos hacer clubes, todos, y los hacemos de una manera o de otra, con lo que cada uno tiene. El que tiene inteligencia quiere hacer el club de la inteligencia. El que tiene belleza, el de la belleza, el que tiene familia, el de la familia, el que tiene oración, el de la oración, todos tenemos esa tendencia. Abrir el corazón y saber que Jesús siempre está pensando en otros. Ese aspecto de la vida de Jesús, a mí me fascina. Fíjate cuántas veces Jesús hace que la gente entre, como decimos, en shock. Por ejemplo, aquí a quien puso de modelo, a un samaritano. Tenemos también la parábola del buen samaritano.
Tenemos también la imagen de la mujer pecadora que estaba llorando a los pies y la pone como modelo delante de todos esos hombres que se consideraban no sólo hombres, sino justos, inteligentes, preparados, bien nacidos y con una vida recta. Vaya uno a saber cuántos de ellos habrían pecado con esa misma mujer y allá se hacían pasar por gente importante. Pero Jesús pone de ejemplo a esa mujer. Los niños eran considerados más bien como una carga, Jesús abraza a un niño y dice: Hay que volverse como éste. Jesús está siempre reventando nuestras estructuras. Jesús está siempre diciéndonos: Cuidado, cuidado, porque más allá de lo que tú crees que es mi límite, yo también sé amar a otros.
Esa palabra que dice Jesús: «Tengo otras ovejas que no son de este redil», uno tendría que recordarlas todos los días. Y por eso, aunque uno conserve una claridad doctrinal sobre protestantes y sobre judíos, y sobre masones, y sobre toda la gente que quieras hablar, cuidado que no se sabe cuántos de esos nos están precediendo al Reino de los Cielos.

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