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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Quien ama a Dios siempre tiene prisa porque fija su atención y corazón en la meta, avanza con paso firme porque quiere estar con Él, hacer su voluntad y ver triunfar su Evangelio.
Homilía o322006a, predicada en 20161108, con 4 min. y 27 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del capítulo diecisiete de San Lucas. Comentábamos ayer que parece que la consigna hacia el final de este evangelio de Lucas es algo tan sencillo como Apresúrate. No te dejes enredar, no te detengas. Esa santa prisa es muy propia del que ama a Dios. Porque hay una prisa, hay un afán que es propio de los amores de este mundo. Así, por ejemplo, cuando una persona está esperando el gran concierto de la banda de rock que le fascina, pues siente prisa, quisiera que ya llegará ese día. Seguramente le toca hacer una fila muy larga para entrar al lugar del concierto, pero no le importa, aunque ciertamente querría que esa fila se deshiciera y que ya empezara lo que anhela. Así es el amor. El amor, de algún modo podemos decir que siempre tiene prisa, porque el amor fija su atención y fija el corazón en la meta y por consiguiente, todo lo que no sea meta, todo lo que no sea llegar de algún modo es enojoso, porque yo ya quisiera estar allá. Bueno, si eso vale para quienes quieren ir a un concierto de rock, mucho más vale para aquel que tiene la santa prisa por estar con Dios, por hacer su voluntad, por ver triunfar su Evangelio. Esa santa prisa aparece por ejemplo, en los grandes santos, los grandes místicos. Así oímos a una Santa Teresa de Ávila que tiene esa hermosísima oración: Muero Porque no muero. Es decir, ella anhela la muerte no porque quiera la nada, no porque quiera suicidarse, sino porque entiende que el umbral de la muerte es el requisito para el encuentro definitivo con el Señor. Entonces ella tiene prisa de ese encuentro. Lo mismo los misioneros. Recordemos las expresiones, por ejemplo, de una santa Rosa de Lima que querría ser sacerdote, querría ser misionera, querría entregarse completamente para que el Evangelio ya llegara a todos los corazones, a todas las tribus, a todos los pueblos. Eso es propio del amor. Y precisamente porque el amor tiene prisa y tiene esa clase de prisa. Por eso es bien necesario que ese amor no se enrede con el tema de la recompensa. Nuestra recompensa está segura. El que nos ha prometido una herencia junto a Cristo. O mejor, la misma herencia de Jesucristo, que es el Unigénito del Padre, quien nos ha prometido semejante semejante recompensa, semejante meta. No engaña. Nuestra recompensa está segura. Pero si empezamos a buscar recompensas parciales, si empezamos a preguntar ¿cuáles son los pagos parciales? Resultamos perdiendo. Porque quién busca esa clase de pagos parciales. Finalmente cambia el bien inmenso del Dios Santo por ídolos. Eso es lo que nos quiere decir el Evangelio de hoy. No estés preguntando cuándo llega ya tu recompensa. No te enredes ni siquiera con tu propio cansancio. Lo tuyo está seguro junto a Dios. Así que no te compliques, no te dejes amarrar y avanza con paso firme y alegre hacia el destino, hacia la meta que Dios te ha preparado.

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