Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La moral cristiana no se concentra en el deber ni en la recompensa o pago, sino en el deseo de servir por amor al que nos ha amado.

Homilía o322004a, predicada en 20141111, con 5 min. y 43 seg.

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Transcripción:

La vida cristiana está llena de derechos, pero también está llena de deberes. Esto es bueno recordarlo porque en la época en la que vivimos parece que la gente solo tuviera derechos. Y cuando uno tiene tan presentes los propios derechos, pero a uno se le olvida que también tiene deberes. En la práctica uno se convierte en un abusador, abusador de la buena voluntad de otros, abusador de la bondad de otros, abusador de la inocencia de otros. Así que es bueno recordar los deberes. Es bueno recordar que tenemos deberes. Pero el sentido del Evangelio de hoy, tomado del capítulo diecisiete de San Lucas, es simplemente recordarnos los deberes, es volvernos simplemente fieles cumplidores de las tareas que hay que hacer En la historia de la filosofía se recuerda un hombre llamado Emmanuel o Immanuel Kant, y Kant proponía como norma social que cada persona fuera fiel a los deberes que le muestra su racionalidad, su razón. Según Kant, si cada persona es fiel a sus deberes, el conjunto de la sociedad responde a los más altos ideales de la humanidad.

Tendríamos que decir entonces que este evangelio del capítulo diecisiete de San Lucas es el pasaje kantiano de San Lucas. Estamos ante un apoyo de las teorías de Kant sobre el deber. Lo que sucede en el texto del Evangelio es que Cristo nos cuenta que después de que hayamos hecho todo lo que se nos ha mandado, simplemente hemos de decir somos siervos inútiles, hemos cumplido lo que teníamos que hacer. ¿Quiere Cristo que nos quedemos en el simple cumplimiento del deber? Es ese el sentido íntegro, completo, pleno de sus palabras. A ver, depende de por qué haces lo que haces. Es verdad que uno tiene que hacer sus deberes.

Es verdad que uno tiene que cumplir con ciertas normas, pero por darte un ejemplo, ¿has ido alguna vez al médico y te has encontrado con uno de esos que yo llamo médicos robot? Esos que tratan al paciente como una especie de máquina. Hay que medir la temperatura, hay que controlar la presión arterial, hay que tomar lo que se llaman signos vitales. Hay que hacer ciertas preguntas, llenar unas hojas de datos en el computador y el siguiente paciente. Ese hombre ha cumplido su deber. Tú no podrías acusarlo ante ninguna autoridad y decir es un médico irresponsable. El médico hizo lo que tenía que hacer. ¿Pero por qué lo hizo? Lo hizo por un amor. El problema es que su único amor parece ser el dinero. Lo único que le importa es la plata que le va a aportar ese paciente. Qué distinto es ir a otro médico. Qué distinto es ir donde otra persona y encontrar que nos trata de una manera completamente diferente.

También hemos conocido muy buenos médicos, los cuales son profundamente humanos. La manera de establecer el contacto visual, la manera de sonreír, la manera de comprender que de verdad nos duele, lo que nos duele, que no es mentira, que tengo un dolor espantoso. El dolor puede ser simplemente un dato en la hoja de la pantalla del computador del doctor. Puede ser solo un dato o el dolor puede ser un mensaje profundo que llega a la conciencia de ese médico que por lo tanto se empeña en aliviar esa situación. Y ese también está cumpliendo su deber, pero lo está cumpliendo por un amor distinto. Y ese amor distinto llega a ser, en el mejor de los casos, amor a la salud del paciente. Amor al bien del paciente.

Lo mismo vale para nosotros. ¿Quiere Cristo que nosotros seamos siervos, esclavos de un deber anónimo? No, Cristo quiere que nosotros lleguemos a ser verdaderos, verdaderos hijos de ese Padre de los cielos. Hay que cumplir deberes. ¿Pero con qué amor? Y por eso, cuando estos siervos dicen somos siervos inútiles, hicimos lo que teníamos que hacer. Lo que están mostrando es que no les mueve el amor a la recompensa. Entonces, ¿qué les mueve? el amor a su Señor. Eso es lo que Cristo quiere que nos mueva. No el amor a un pago, no el amor a una recompensa. Así esa recompensa sea tan grande como la gloria del cielo. Que no sea el amor a la recompensa, que sea el amor al Señor lo que nos mueva. De modo que digamos, eso del pago no importa. Lo que importa es que te amo, Señor. Lo que importa es que tú me amas. Lo que importa es que has dado todo por mí. Y por eso yo quiero darlo todo por ti.

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