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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Ha aparecido la gracia que nos enseña a llevar un vida sobria y santa.
Homilía o322002a, predicada en 19981110, con 8 min. y 22 seg. 
Transcripción:
Queridos amigos. Uno de los propósitos de la homilía en la Santa Misa es destacar, subrayar algunas de las palabras que escuchamos. La Eucaristía nos hace un inmenso bien, porque nos ofrece la Palabra de Dios. Nos permite entonces reconocer a Jesucristo. Y en la medida en que le conocemos, deseamos que Él venga a nosotros y nos transforme. Y Él cumple esa súplica, llegando sacramentalmente a nuestras vidas y convirtiéndonos también a nosotros en una ofrenda para Dios Padre. Ninguna actividad es tan provechosa, ninguna es tan saludable para nosotros, ningún tiempo mejor empleado que el tiempo de la Santa Misa. En ese tiempo nos acercamos, nos ponemos en las manos de nuestro Creador para que Él nos haga y nos perfeccione a su imagen. En la Santa Misa nos ponemos en las manos de nuestro Redentor, manos llagadas, manos empapadas en sangre redentora, para que toda la maravilla de su amor salvador nos rescate de las culpas, de los pecados, de los errores que todos cometemos. En la Santa Misa nos ponemos en las manos, nos ponemos en el poder del Espíritu Santo para que Él llegue a nosotros y levante nuestros corazones hacia los bienes eternos. En la Eucaristía, a través de la Palabra de Dios, podemos decir que Dios nos toca a nosotros y podemos decir que nosotros le tocamos a él. La misma palabra que tiene fuerza suficiente para convertir el pan en cuerpo de Cristo, tiene entonces poder y fuerza para transformar nuestras vidas en la vida de Cristo. Cuando se dice: Esto es el cuerpo de Cristo, se dice en primer lugar del pan consagrado. Pero esto es el cuerpo de Cristo, también vale de la asamblea que está reunida, de la Iglesia que se congrega en torno al altar, que es también, como lo sabemos, el cuerpo de Cristo. De manera que ese cuerpo de Cristo, que es la Iglesia en la Eucaristía, se alimenta del Cuerpo de Cristo, que es el pan transformado por la acción del Espíritu, y de ese modo nosotros nos convertimos en lo que comemos, nos volvemos en ofrenda para Dios nuestro Padre. En la lectura que hemos escuchado de San Pablo a Tito se resume maravillosamente este misterio de salvación, esta obra de salvación que se realizó en Jesucristo y a través de Jesucristo, que es la misma obra, la misma fuerza en que nosotros somos tomados para convertirnos en ofrenda a Dios. La lectura se encuentra en el capítulo segundo, versículos del once al catorce de esta carta de Pablo a Tito, capítulo segundo. Insisto en la referencia con la esperanza de que por lo menos alguno de ustedes, y ojalá muchos, ojalá todos, se sientan cautivados por la claridad de esta palabra y no dejen pasar estas palabras. Amigos, comparemos lo que sucede con esta palabra que se lee en la Eucaristía y la palabra que se da en los noticieros o en los periódicos. Este, nuestro convento de Santo Domingo está suscrito diariamente a dos periódicos de circulación nacional. Esto quiere decir que llegan más de cien páginas grandes de noticias todos los días. Pero ¿a quién le interesan hoy los periódicos de ayer, los periódicos de anteayer o los periódicos de hace una semana? Las palabras de los periódicos envejecen rápidamente y ese papel se convierte simplemente en papel para venderlo, venderlo por peso o para ayudar a algunas obras sociales que precisamente lo utilizan con esa finalidad. Esa es la noticia que siempre envejece, la noticia que no dura. La palabra que no se sostiene. Cuando venimos a la Eucaristía escuchamos una palabra que si se sostiene, que si resiste, que si es consistente. Una palabra que usted puede encontrar en su casa, una palabra que es más grande que usted, porque después de que usted se haya ido de esta tierra, se seguirá proclamando esa palabra. Y después de que yo me haya ido más allá de mí, se seguirá contando esa palabra. Repasemos, pues, eso que le dice Pablo a Tito, que es el resumen, podemos decir de la obra maravillosa del amor de Dios, o lo que llamamos a veces en teología la historia de la salvación. Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres. Nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a vivir ya desde ahora, una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador, nuestro Jesucristo. Ese es solo un trozo breve de lo que hemos escuchado hoy. Pero en ese trozo hay tres tiempos. Ha aparecido la gracia para que llevemos ahora una vida sobria y religiosa y esperemos el retorno de Jesucristo, el pasado. Se ha manifestado el amor gratuito de Dios con el sacrificio de Jesús, el presente. Para que llevemos una vida sobria y religiosa alimentándonos de Jesucristo, y así esperemos el retorno de nuestro Dios y Salvador, Jesucristo, el futuro. Fíjese que es lo mismo que decimos después de la consagración del pan y el vino en la Santa Misa anunciamos tu muerte. Esa es la parte de ha aparecido la gracia. Proclamamos tu resurrección. Ese es el hecho presente que nos invita a llevar una vida nueva, una vida resucitada, una vida sobria y religiosa. Ven, Señor Jesús. Esa es la esperanza del retorno de nuestro Salvador. Cada vez que asistamos, pues, a la Santa Misa, en esa expresión que decimos, tal vez a veces, como distraídamente, tenemos el resumen de la obra de Dios, ha aparecido la gracia que nos enseña llevar una vida sobria y santa mientras aguardamos que Jesucristo vuelva. Felices nosotros que podemos alimentarnos de esta Palabra. Que ella traiga en nosotros mucha hambre de Cristo, y que Cristo, pan de los santos, Pan de los ángeles, calme esta hambre en el sacramento del altar.

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