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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Amar rectamente y cuidar rectamente de sí.
Homilía o322001a, predicada en 19961112, con 11 min. y 8 seg. 
Transcripción:
Quisiera destacar dos enseñanzas del texto que nos ofrece la Iglesia de la Carta del Apóstol San Pablo a Tito. Primero, aquella frase inmortal en Jesucristo se ha manifestado la gracia de Dios. Dice el Apóstol: Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador, nuestro Jesucristo. Esa frase elocuente y larga tiene pasado, presente y futuro. Ha aparecido. Es pasado. Llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa. Es lo que nos toca en el presente, aguardando la dicha que esperamos la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador, nuestro Jesucristo. Ese es el futuro. Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación. Eso es Cristo. La dicha que esperamos es la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador, nuestro Jesucristo. Ese es el futuro. Entre el pasado y el futuro, nuestro presente, el pasado es la aparición de la gracia de Cristo y el futuro es la aparición de la gloria de Cristo. Se trata de dos manifestaciones, de dos revelaciones. El cristiano entonces, vive su presente escoltado por Cristo, que está en su pasado y atraído por Cristo que está en su futuro. Cristo está antes de nosotros vigilando y sanando nuestro pasado, y Cristo está después de nosotros, abriéndonos el camino y preparándonos el futuro. Son dos apariciones de Cristo. La primera, la aparición de la gracia y la segunda la aparición de la gloria. Por otra parte, está nuestro presente. De lo que se trata es de renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos. Son dos renuncias distintas y otra es llevar una vida sobria, honrada y religiosa. Entonces, en medio de esas dos apariciones de Cristo, nuestro presente, ¿cómo lo hemos de vivir? Renunciando a unas cosas y adhiriéndonos a otras. Hay cristianos que se quedan solo en la renuncia, como obsesionados por su propio pecado o por los pecados que ven en otras personas. Se quedan solo huyendo del mal. No basta. Eso no es todo el presente. No basta construir el presente huyendo del mal, es necesario construir el presente, adhiriéndonos al bien y el bien es una vida sobria, honrada y religiosa. Pero no terminamos ahí. Hay que renunciar a dos cosas distintas al pecado y a los deseos mundanos, dice, enseñándonos a renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos. Si tomamos como principio que en la Biblia no hay palabras de sobra, estos dos no deben ser simplemente sinónimos. La vida sin religión es la vida de pecado expresó, exterior comprobable, visible. Los deseos mundanos, es la vida de pecado interior, invisible, intangible, mejor visible solo para los ojos de Dios. Hay veces que uno ha renunciado al pecado, pero ha renunciado sólo exteriormente al pecado. Por dentro el corazón sigue recogiéndose de los mismos deseos de antes, solo que ahora. Un poco por vergüenza, un poco por coherencia, un poco por gratitud. Uno se frena de realizar lo que antes hacía. Se ha detenido el pecado exterior, pero el deseo sucio o impuro o injusto, permanece en el alma. No basta. Es necesario renunciar también a aquello en el corazón que se opone, que se rebela contra Dios. Pero ahí también el caso contrario hay personas que purifican sus Intenciones purifican interiormente su corazón. Quieren estar limpios interiormente de su corazón, pero no terminan de renunciar a las condiciones de una vida sin religión y por eso recaen sin cesar en las mismas faltas. Quieren tener un corazón limpio, pero la vida no la organizan para que sea limpia. Por eso hay que renunciar a las dos cosas a la vida sin religión y a los deseos mundanos. Pero nuestro presente no es solo de renuncias, ya lo dije antes, es un presente ante todo para unirnos a Dios. Y esta unión, de acuerdo con lo que dice el apóstol en este texto, tiene como tres dimensiones una vida sobria, una vida honrada y una vida religiosa. La sobriedad regula la relación de cada persona consigo misma. Ser sobrio implica amarse rectamente. Cuidar rectamente de sí, sin excesos, sin. Sin caer en aquello que dice un himno litúrgico, sin caer en mimar la carne. La sobriedad es abstenerse de mimar la carne, es atender a las necesidades que demanda nuestra condición humana, pero sin mimarnos, sin consentirnos a nosotros mismos, sabiendo que esto que vemos, así cómo lo vemos, habrá de desaparecer. Entonces, la sobriedad regula la relación con uno mismo, y esta relación debe ser sobria. Sobria quiere decir sensata y alejada de todo exceso. Pero además se trata de que sea una vida honrada. La honradez regula las relaciones con las demás personas. La honradez es ese amor a la justicia en todas las relaciones. Justicia, no solo en el manejo económico de los bienes visibles, sino justicia, sobre todo en los bienes que más valen ante Dios los bienes invisibles. ¿Cómo tratamos nosotros, por ejemplo, la honra de las otras personas? ¿Cómo tratamos nosotros, por ejemplo, las necesidades de las otras personas? La honradez, entonces, ese trato justo, claro, transparente, luminoso, no solo significa que nuestro manejo económico sea pulcro, sino indica que toda transacción, que toda relación humana esté de nuestra parte sellada por la justicia, sellada por la honradez. De modo que no le robemos a nadie lo que es de él. Desde luego que no es su dinero. Tampoco en sus bienes. Tampoco en su paz. Tampoco en su verdad. No le robemos a nadie su verdad. No le robemos a nadie su honra, no le robemos a nadie su alegría, no le robemos a nadie su pureza, no le robemos, no robar a nadie. Permanecer y habitar en la honradez es vivir de tal modo que seamos como un evangelio continuo para los otros. Finalmente, nos dice el apóstol Se trata de una vida religiosa. Si lo contrario se rechaza la vida sin religión, pues aquí se trata de llevar una vida religiosa. La religión, como nos lo explica Santo Tomás, regula nuestra relación con Dios. Entonces crea un cuadro hermoso, en esta sola frase el cristiano vive su presente en medio de dos apariciones en el pasado la aparición de la gracia y en el futuro la aparición de la gloria. El cristiano vive escoltado por Cristo, que va a sus espaldas, protegiéndolo y atraído por Cristo, que va adelante llamándolo. y el cristiano vive su presente en medio de una renuncia y de una adhesión. Renuncia al pecado exterior, la vida sin religión. Renuncia al pecado interior, los deseos mundanos. Adhesión a la sobriedad, a la honradez y a la religión, de manera que su vida, en su relación consigo mismo, con los demás y con Dios, esté sellada por esa aparición de gracia que ya Dios realizó en la persona de Cristo. Esta frase, entonces, esta expresión es un completo mensaje en ella, es una síntesis de cómo se vive en cristiano. Lo otro que quería comentar sobre este texto. Lo segundo que quería comentar es cómo Pablo al hacerle esta predicación a Tito, que vivía evidentemente en tierra de paganos y lo invita a que predique para ellos principios morales que hacía mucho tiempo eran tradicionales dentro del judaísmo. Aquello que dice de los ancianos, de las ancianas, de los jóvenes, de las familias, era aquello que se vivía dentro del pueblo de Israel. Esta observación puede parecer un poco lejana o abstracta en este momento, pero es de máxima importancia para la teología moral, porque muestra cómo también esa especie de legislación particular, empezando por los diez mandamientos, tiene su sentido y su importancia no solo en las circunstancias de Israel, sino en realidad para todos los pueblos. Demos gracias a Dios por este resumen bellísimo. Se encuentra en el capítulo segundo de la carta del Apóstol San Pablo a Tito. Ahí está un resumen de qué quiere decir vivir la vida cristiana. Dios, por su Espíritu, nos conceda realizarlo en nuestra propia vida para gloria del Padre. Amén.

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