Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Lo masculino, lo femenino y el gran principio de que la gracia no destruye la naturaleza.

Homilía o302006a, predicada en 20181030, con 26 min. y 44 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos, Dios no se contradice. Lo que Él ha realizado en nosotros por obra de creación, lo perfecciona en la obra de la redención. Lo que nosotros somos por la obra de creación. Es lo que se llama nuestra naturaleza humana. Y la manera como Dios obra en nosotros es lo que se llama el trabajo o la obra de la gracia. Por eso hay una frase muy bonita en la teología. La gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva y la perfecciona. Esa frase le sirve a uno para muchas cosas.

Voy a dar unos dos ejemplos y luego nos vamos al texto de la primera lectura, que estoy seguro que así lo podremos entender mejor. Cada uno de nosotros tiene unos dones. Dones naturales por su temperamento, por sus genes, por su manera de ser. Simplemente porque usted es así. Una persona, por ejemplo, puede tener un buen oído para la música, para el canto. A otras personas les cuesta más. Podemos decir que por naturaleza hay gente que tiene mejor disposición para la música. Ese es como un don natural. Otro ejemplo de un don natural. Hay personas que se les facilita el pensamiento abstracto o el pensamiento espacial. Hay gente que imagina cosas y les da vueltas en su cabeza con una gran creatividad y gusto. Esto es muy útil, por ejemplo, para un arquitecto. Es un don que tiene en su naturaleza. A otras personas quizás les cuesta trabajo eso. Nosotros somos, los seres humanos, somos muy distintos unos de otros y tenemos distintos dones también. Esos dones se pueden utilizar bien o se pueden utilizar mal. Piense usted una persona, por ejemplo, que tiene lo que a veces llamamos popularmente mucho carisma. De esas personas que fácilmente conectan con otros seres humanos. Tienen como un atractivo, como una credibilidad, como una simpatía natural. Hay gente que tiene facilidad para hacer amigos y para conectar con todo el mundo. Es un don natural que tienen.

Me acuerdo en mi comunidad dominicana cuando hice el noviciado, un compañero mío, que bueno luego se retiró, así pasa. Pero yo me acuerdo, este hombre tenía una capacidad de caerle bien a todos. Eso entre el aspecto, la sonrisa, el chiste, el tono de voz. Yo no sé qué era finalmente, pero ese hombre sí que caía bien por todas partes. Es un don. Fíjese que ese don se puede utilizar bien. Una persona que tiene ese liderazgo natural lo puede utilizar bien para llevar a otros por un buen camino. Piense usted, por ejemplo, en el líder de un movimiento juvenil. Tiene una gran capacidad de atraer y de llevar a la gente por un buen camino, pero también puede ser el jefe de una pandilla y hacer mucho daño. O sea, lo puede utilizar mal. Cuando viene esa obra maravillosa del amor de Dios, que es la gracia, normalmente la gracia lo que hace es tomar lo que nosotros somos por naturaleza, limpiarlo, elevarlo y fecundarlo. Son tres acciones muy propias de la gracia; limpiar el don, porque a veces lo hemos utilizado mal, elevarlo porque tiene unas metas mucho más altas y fecundarlo, porque ahora le va a servir a otras personas. Donde mejor se ve la obra de la gracia es en los santos.

Piense usted, por ejemplo, San Pablo. San Pablo era una persona muy inteligente. Entre varios dones tenía, un hombre muy estudioso, un hombre con una fuerza de voluntad impresionante, una capacidad de enfocarse en una meta y trabajar por esa meta hasta conseguirla. En una época él utilizó mal esos dones. Fue la época en la que estuvo persiguiendo a los cristianos. Él utilizaba su inteligencia para diseñar un plan, cómo acabo yo con el cristianismo. Él utilizaba sus estudios al servicio de ese plan. Cómo hago para refutar, en cualquier discusión que se me presente, cómo hago yo para refutar a los tales cristianos esos. Y él utilizaba su voluntad perseverante para estar dispuesto a sacrificar lo que fuera con tal de acabar con los cristianos, porque esa era la meta que él tenía. Pero todos sabemos lo que sucedió. El amor de Dios fue sobreabundante. Él dice en el Capítulo Primero de la primera Carta a Timoteo, él dice, Dios quiso mostrar en mí la riqueza de su amor. Entonces vino un amor sobreabundante. Es lo que llamamos la gracia, y ese amor grande de Dios que llegó a él, ese amor inmenso hizo de él una persona diferente, pero atención, diferente en qué sentido. Lo convirtió en un ermitaño dedicado a la penitencia y aislado de todo el mundo, no. Tomó los dones naturales que él tenía, los limpió, los elevó y los proyectó. Los fecundó, que es lo mismo que Dios quiere hacer con cada uno de nosotros. Entonces, por ejemplo, ese don, esa inteligencia, esa estudiosidad que él tenía, Dios lo limpió porque le dio una gran claridad sobre el verdadero sentido de las Escrituras. Dios lo elevó, porque uno mira los escritos de San Pablo y se da cuenta que ahí hay una sabiduría que está por encima de lo que alcanza la mente humana. Y además lo hizo muy fecundo, porque usted ve que este hombre sigue predicando, dos mil años va a cumplir de muerto y sigue predicando. Y nosotros que estamos hoy aquí somos beneficiados de todo eso que Dios le dio.

Entonces, el primer punto de esta reflexión, amados hermanos, es darnos cuenta lo que hace Dios. Dios no anula la naturaleza. Si usted es una persona introvertida, muy probablemente Dios a través de su gracia va a aprovechar eso introvertido que usted tiene. Piense usted, por ejemplo, en Santo Tomás de Aquino. Era una persona introvertida. Cualquiera diría, cuando el amor de Dios llega a Santo Tomás, se va a volver extrovertido. No, señor. Él siguió siendo una persona muy reservada, pero en su modo de ser reservado, puso sus tremendos talentos que tenía, sobre todo su inteligencia, la puso al servicio de Dios. Entonces uno no tiene que pelear demasiado con la propia naturaleza. Ustedes me disculparán que muchos ejemplos son de dominicos por formación. Mire el caso de este otro hombre, Luis Bertrán, que fue misionero aquí en Colombia. Luis Beltrán era un hombre de temperamento más bien melancólico, una cierta tendencia como a la tristeza, cualquiera diría, así no sirve para el Evangelio. No hay persona que no le pueda servir al Evangelio. Vino el amor de Dios, fue muy fecundo en él. Y entonces Luis Beltrán fue una persona que aprendió a sentir dolor del pecado, del mundo, de las llagas de Cristo que permanecen en la Iglesia, porque es verdad que permanecen en la iglesia. Entonces, cuando uno tiene claro esto de que la gracia no destruye, sino que perfecciona la naturaleza, uno se da cuenta que la obra del Evangelio va a tomar a cada persona con lo que es y va a ser una obra con lo que es.

Con esa base miremos la situación de los hombres y las mujeres. No podemos hacer aquí todo un tratado antropológico sobre hombres y mujeres, pero uno se da cuenta que hay unos dones que son mucho más frecuentes, permanentes, profundos en las mujeres, y hay otros dones que son mucho más frecuentes, permanentes, profundos en los hombres, en los varones. Solo voy a mencionar uno. Resulta que, en general, el cerebro de la mujer es un cerebro que está muy conectado desde el punto de vista masculino. Eso se llama un cerebro hiperconectado. La mujer relaciona todo con todo, el pensamiento, con la emoción, con el recuerdo, con el proyecto, con la anécdota, con la salud. Nosotros los varones tenemos un cerebro comparativamente menos conectado. Por eso una reacción muy típica del varón es no me revuelva los temas. Primero se habla de esto, después se habla de esto y después miramos esto. En cambio, una manera de ser, un comportamiento muy frecuente en la mujer es relacionar todo con todo, lo cual causa una cierta impaciencia en el varón. Porque si me va a hablar de esto, entonces por qué me termina hablando de otra cosa y por qué relaciona con otra cosa. Y eso agobia al varón. Y si ese varón es sacerdote y está confesando peor. Señora concrete, por favor, concrete, confesión. Espere, padre, le estoy explicando. Lo que pasa es que mi cuñada, cuando ella era chiquita. Qué cuñada ni qué chiquita, concrete. Entonces hay diferencia en el cerebro de uno y de otro. Esa diferencia tiene repercusiones en las que salimos perdiendo los varones de todos los países que hay en el mundo.

Hay una estadística en todos los países del mundo menos en dos, y uno de esos dos no es Colombia, ni tampoco es Sri Lanka. En todos los países que hay en el mundo, menos en dos, las mujeres viven más que los hombres. Por eso también hay más viudas que viudos. La mujer tiene ciertas disposiciones que facilitan que viva más y, en cierto sentido, que viva mejor. Eso parte del hecho de su cerebro hiperconectado. Se lo voy a decir de esta manera. Un cerebro hiperconectado es un cerebro que es mucho más eficiente, tiene mayor capacidad de sustento, de auto sustento en todo sentido emocional, recursos, cuándo pedir ayuda. El varón, en ciertas circunstancias pide ayuda, pero en muchas otras circunstancias, si no logra lo que quiere, como lo quiere y como lo había pensado, se consume en su disgusto o en su rabia, o en su frustración. En ese sentido se puede aprender mucho de la mujer.

La mujer tiene una mayor capacidad de navegación por la vida, por este misterio que llamamos vida. Navega mejor la mujer. Esto tiene una consecuencia. Y ya nos vamos acercando a San Pablo en su carta a los Efesios. Esto tiene una consecuencia, y es que la manera como se enamoran los hombres y la manera como se enamoran las mujeres es distinta. Porque como una mujer es más suficiente en todo sentido, entonces la mujer no se enamora tan fácilmente. A ver, si se puede enamorar fácilmente pero no es del mismo modo que el hombre. ¿En dónde está la diferencia principal? Esto es clase de antropología diferenciada. Estos jóvenes, todo el día en la universidad y les toca en Misa también, clase. Antropología diferenciada se llama esto. Entonces, ¿Qué pasa con la mujer? ¿Cuál es el primer requisito de una mujer para enamorarse? La mujer tiene como primer requisito para enamorarse la admiración de la persona. La mujer admira la persona. El hombre, en cambio, enfocado siempre en cosas más concretas, tiende a enfocarse en un detalle. Y esto es un poco largo de explicar, pero ese detalle en el que siempre se enfoca es sobre todo visual. Entonces el hombre empieza a enamorarse por lo visual. La mujer empieza a enamorarse por el tipo de persona y si ese tipo de persona le produce una admiración, hay esperanza. Tipo que no produzca admiración no tiene ni la más mínima esperanza de lograr algo lícito y sano con una mujer. No va a lograr nada.

Por eso en los grupos juveniles y en otros contextos donde hay muchachos y muchachas, yo les digo al muchacho si usted quiere realmente tener éxito de una manera sana, no mentirosa, ni tramposa, ni ser un seductor, ni ser un Don Juan. Pero si usted quiere tener éxito con la mujer, usted tiene que ser una persona admirable. La admiración es requisito fundamental para que el corazón femenino se incline. Eso está en la naturaleza femenina. Eso no me lo inventé yo. Eso no, no se lo inventa el Papa. Eso no se lo inventa la Biblia. Eso está en la naturaleza femenina. ¿Esto qué hace? Esto tiene una repercusión muy bonita, muy, muy bonita, que es que en la mujer, cuando hay admiración, desaparece el espíritu de competitividad, que en todo caso es mucho menor en la mujer que en el hombre. Hombres y mujeres podemos ser competitivos, pero la competitividad está muy relacionada con una hormona que tenemos tanto los hombres como las mujeres. Esa hormona es la testosterona, pero el varón tiene muchísimo volumen de esa hormona, la mujer una cantidad mucho menor. O sea que de hecho la mujer es menos competitiva excepto en ciertas circunstancias, como por ejemplo cuando ve a otra mujer como rival. Ahí la cosa cambia. Pero en condiciones normales una mujer no es tan competitiva. De hecho, la mujer es menos competitiva que el hombre, pero cuando la mujer encuentra la admiración sucede una cosa que la mayor parte de los varones no entienden o les puede causar una gran extrañeza. Y es que realmente a la mujer le desaparece todo espíritu de competitividad. Es decir, si ella siente que está amando a un hombre al que realmente admira. Lo último que esa mujer quiere es competir con él. Ella no quiere competir con él. Puede decirse que hasta cierto punto. Y repito, esto suena extraño, pero solo a los oídos masculinos. Yo sé que los oídos femeninos esto me lo entienden bien, porque uno, por la labor misionera, uno ha tenido que conversar de estas cosas en muchos lugares y en muchos auditorios. Yo sé que las mujeres me entienden muy bien lo que estoy diciendo. Cuando la mujer realmente admira y ama a un hombre, lo último que quiere es competir con él. Y voy más allá. Llega hasta el punto de casi desear que él gane, que a él le vaya bien. Porque precisamente si a él le va bien, ella se siente feliz de ser la dueña de ese corazón, la amada de ese hombre y de admirar a ese hombre. Entonces, ese es el contexto antropológico en el que hay que entender la lectura de San Pablo.

O sea ¿qué hemos hecho en esta homilía? Hemos hecho dos cosas. Primera, una pequeña afirmación de tipo teológico. La gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona. Y dimos ejemplos. Segundo, hemos dado una información antropológica, que es esta diferencia tan grande que hay entre hombres y mujeres y sobre todo, el modo particular de enamorarse la mujer. Ahora pasamos a la tercera parte. Cuando ya uno tiene esta base, entonces uno vuelve sobre la frase de San Pablo. La frase de San Pablo es, dice aquí, el marido es cabeza de la mujer. Ante los oídos feministas y el lenguaje igualitario de hoy, esta es la peor de las herejías. Cómo se le ocurre decir que el marido es cabeza de la mujer. Somos igual, igual, igualito, igualito tenemos que ser. Pero el que habla de esa manera está refiriéndose al momento político actual. No está refiriéndose a la naturaleza humana. Hable usted con una mujer enamorada. Hable usted con una mujer que realmente se sienta amada y feliz de amar a ese hombre al que admira. Y dígale a esa mujer, a ti te gusta esta frase, que ese hombre es cabeza para ti. Y esa mujer me dice que sí ¿por qué? Pues por los datos que hemos dicho antes. Esa mujer siente que estar al lado de ese hombre admirable, estar cerca de ese hombre admirable, es lo mejor que le ha sucedido a ella. Y ella quiere que eso sea así. Pero hay un requisito y el requisito también lo dijo San Pablo. El requisito ¿cuál es? Dice aquí amen a sus mujeres, maridos como Cristo amó a su iglesia. O sea que el requisito para que esta mujer se sienta feliz de que su esposo es cabeza para ella es sentir que ese esposo la ama a ella. Y mire el referente que pone San Pablo, como Cristo amó a la Iglesia. Entonces, para que una mujer pueda sentirse feliz de que mi esposo, mi hombre, es mi cabeza, es indispensable que ese hombre la ame a ella con tanta intensidad, con tanta generosidad y de un modo tan incondicional y total como Cristo ama a la Iglesia. O sea que, como me gusta decir a veces, cuando esta lectura sale en los matrimonios, aquí hay para ambos.

La gente se fija mucho en que ¡ay cómo les dicen a las pobres mujeres que se sometan! un momentico y cómo le dicen a los pobres hombres que tienen que amar a la manera de Cristo. ¿Y qué hizo Cristo? Lo perdió todo, lo entregó todo, hasta su sangre por su amada que es la Iglesia. Entonces aquí hay para ambos que ella sienta que su esposo es cabeza. Pero que él sepa que tiene que amarla con una entrega Fidelísima, primer requisito. Total, segundo requisito. Pura, tercer requisito. Ese es el tipo de amor. Entonces esto muestra que la relación esponsal, la relación entre hombre y mujer, no es igual a otra relación. Si yo trabajo con otra persona, hombre o mujer, seguramente yo quiero que la relación sea justa y equilibrada. Sí, de acuerdo, pero es que aquí no estamos hablando de un trabajo cualquiera. Aquí no estamos hablando de una sociedad limitada, aquí no estamos hablando de una empresa, aquí estamos hablando de algo único que se llama el amor de esposos. Amor que es el que implica la donación de cada uno hacia el otro. Y eso, eso no es frecuente. Eso no se parece a ninguna otra relación.

Cerramos esta reflexión con dos cosas. Primero, un resumen. La gracia no destruye la naturaleza y que lo conveniente es conocer la naturaleza. Usted dese cuenta que la mayoría de esas feministas desaforadas. Con el debido respeto y sé que voy a decir una palabra dura, se vuelven machorras. Es eso, a ver cómo me vuelvo más masculina. Si tú para ser feminista tienes que hacerle la guerra a tu propio cuerpo y a tu propio corazón, algo anda mal. Entonces la gracia no destruye la naturaleza. Segundo, el modo particular de amar que tiene la mujer. Y tercero, como eso se cumple en la palabra de San Pablo.

Hay algunos sacerdotes que les parece muy duro el texto de San Pablo. Entonces empiezan allá a suavizarlo, a echarle harta lija, como hacen a veces con la madera cuando está rugosa. Échele harta lija para que no quede tan rugosa, no. Deje que resuene la Palabra de Dios y descubra en esa belleza de la Palabra un mensaje para hoy. Porque esto es válido hoy. Lo que hay que decirle a los hombres y a las mujeres es procuren ser iguales, no. Lo que hay que decirles es, sea distinto pero sepa por qué es distinto. Bueno, una parte importante de la concurrencia el día de hoy son religiosos, sacerdotes. Entonces la pregunta es y ¿esto para qué le sirve a un sacerdote? Tal vez alguno de los religiosos dirá padrecito, ya lo que fue, fue. No. La consagración religiosa y la consagración sacerdotal no destruye la naturaleza, la perfecciona. Por eso la Iglesia entera tiene derecho a encontrar en cada religioso varón, un varón, un auténtico varón ¿por qué? porque también nosotros, sacerdotes y religiosos, manifestamos estos mismos misterios. Efectivamente, un buen sacerdote trata a la congregación que se reúne, a la parroquia que le ha sido encomendada, a los fieles que tiene cerca, los trata como un buen esposo trata a la esposa, es decir, con generosidad, con fidelidad y con pureza. Así entonces, todo lo que hemos dicho sobre el varón, eso vale también para nosotros. En primer lugar, con un comportamiento que sea claramente varonil. Y en segundo lugar, entendiendo que nuestra esposa, entre comillas, es la Iglesia y que a la Iglesia hemos de amar de esa manera, porque la Iglesia tiene derecho a esperar muchísimo de cada uno de nosotros.

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