Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pidamos al Señor que crezcamos con humildad, hasta la medida en la que podamos servir a otros, no para aplastar ni para hundirnos por nuestro propio peso.

Homilía o302005a, predicada en 20181030, con 4 min. y 54 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del Capítulo número Trece de San Lucas. Es un texto breve que nos presenta el crecimiento inesperado y maravilloso de la semilla del Reino de Dios, literalmente semilla. En la parábola del grano de mostaza, semilla que se vuelve un día un arbusto a donde pueden llegar las aves para hacer sus nidos. La otra comparación tiene que ver con el efecto de la levadura que hace crecer la masa. Algo pequeño se vuelve grande. Es la idea que se destaca en el Evangelio de hoy. El Reino de Dios entra de una manera humilde, comienza de una manera muy humilde, pero crece y se hace grande. Sin duda es la idea central.

Pero hay una idea secundaria que hoy la podemos reflexionar. Y es que este crecimiento no es ilimitado. Este crecimiento tiene una meta. El arbusto se vuelve casa para las aves que pueden hacer en él sus nidos. La levadura no crece de manera exorbitante, crece hasta el punto de producir un alimento grato para comer. Es decir, el crecimiento tiene un propósito. Eso es lo que quiero destacar. Y el crecimiento tiene una medida. Es importante esto porque la lógica del mundo habla de un crecimiento sin medida, muchas veces aplastando a otros. Muchas empresas al crecer desmesuradamente y luego abrir filiales en otros países y en otros lugares, quieren seguir creciendo y creciendo, muchas veces aplastando a las empresas pequeñas, a las empresas autóctonas. Una empresa grande está en condiciones, ciertamente, de utilizar todo tipo de trampas para hundir a las empresas pequeñas. Una persona fuerte, inteligente, astuta, puede crecer desmesuradamente en su ego y humillar y aplastar a otros.

Me da tristeza recordar aquí el caso de un gran científico, Isaac Newton. Este hombre, indudablemente de los grandes genios de la humanidad, padecía, sin embargo, un terrible defecto de carácter. Él no soportaba ser comparado con nadie. Él tenía que ganar y brillar. Y cuando algún oponente aparecía en la escena, Newton era implacable, vengativo, envidioso, resentido. Solamente cuando trituraba sus oponentes, quedaba tranquilo porque él tenía que crecer, porque su ego le demandaba eso. Es una tristeza, porque, repito, estamos ante uno de los grandes genios de la humanidad. Pero ese es el caso de Newton.

Cristo nos enseña que el crecimiento del Reino de Dios no es ese. Las cosas crecen hasta llegar a su hermosa proporción y sobre todo, crecen para servir. Crecen para servir. El arbusto sirve a las avecillas que pueden hacer sus nidos en él. La levadura crece hasta producir un alimento suave y grato para comer. Pidamos al Señor que esta enseñanza penetre en nuestros corazones. Si hay que crecer. Pero la meta no es crecer hasta aplastar. La meta no es crecer hasta hundirnos bajo nuestro propio peso. La meta es crecer para alcanzar la estatura apropiada, la proporción precisa y sobre todo, crecer hasta esa medida en la que podemos realmente servir a otros. Así nos lo conceda el Señor. Amén.

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