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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Me uno al Creador dejando aquello que ocupa mi tiempo, evangelizando en todo momento para arrebatarle al demonio sus presas buscando que la gloria divina brille siempre.
Homilía o301009a, predicada en 20181029, con 5 min. y 46 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy está tomado del Capítulo Trece de San Lucas. Tres lecciones podemos tomar de este texto. En primer lugar, que amar en Dios no es trabajar. En segundo lugar, que evangelizar es liberar. Y en tercer lugar, que el que no se alegra se abochorna, y el que no se abochorna se alegra, ante Cristo, quiero decir, ante la obra de Cristo. Miremos estas tres enseñanzas.
Primera, amar en Dios no es trabajar. Sabemos que la disputa se presenta porque Cristo realiza este milagro en día Sábado. Y para la interpretación estricta y resentida de los fariseos. Cualquier cosa que se hiciera en Sábado era un trabajo. Ellos no percibían el verdadero sentido del Sábado. El Sábado tenía un propósito. Y ese propósito es dejar las ocupaciones propias de lo cotidiano, dejar aquello que ocupa mi tiempo, pero que es inferior a mi dignidad de persona y de hijo de Dios. Para levantar la mirada y el corazón y descubrir a ese Dios bendito que me ha creado y que me llama en comunión con Él. La espiritualidad del Sábado es preciosa. Es un levantar la mirada de lo que es menos digno que yo a lo que es más digno, más alto que yo pero a donde estoy llamado por la misericordia y la ternura del Señor. Entonces ese levantar la mirada es para renovar alianza, para renovar encuentro, para renovar mi vocación. Porque mi vocación no es entregar mi talento a lo que es menos que yo. Mi vocación es entregarme a Aquél que es infinitamente más que yo, pero que me quiere en comunión con Él. Por eso esto que Cristo hace no lo clasifica como trabajo. Sanar a una persona, manifestar la gloria divina en la vida de esa persona. Eso no es trabajo. Eso no rompe el Sábado, más bien eso le devuelve el sentido al Sábado, porque eleva el corazón hacia Aquel que nos ha llamado a su amistad y a su dulce comunión.
Segundo, evangelizar es liberar. Es importante esa afirmación porque nos recuerda que cada vez que entramos en la obra de evangelización, realmente le estamos arrebatando de las fauces al demonio sus presas. Se ve muy claro en el milagro de hoy. Y ese vencer al enemigo y ese rescatar de las fauces del demonio es lo característico de la evangelización. Esa dimensión de combate no la debemos perder. Es necesario recordar ese combate para recordar lo que está en juego en la evangelización.
Y tercero, frente a esta gloria de Dios manifiesta en Cristo solo hay dos posibilidades. El que se abochorna porque su plan no funciona, porque su gloria, la de él, la del fariseo, no brilla, o la alegría del que ve brillar la gloria divina. Por algo dijo Cristo en otro pasaje, esta vez del Evangelio de Juan ¿Cómo van a buscar la gloria de Dios ustedes que andan buscando la gloria unos de otros? Entonces los que viven buscando gloria unos de otros, se abochornan, cuando es Dios y solo Dios el que se luce. Los que en cambio tienen el deseo de la gloria divina, experimentan en Cristo una alegría pura, amable y muy dulce. Tres enseñanzas de este hermoso Evangelio de poder y de esta preciosa sanación.

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