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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El poder de Cristo va rompiendo cadenas y desatando a quienes estaban impedidos de descubrir su verdadera dignidad y el horizonte de vida que Dios tiene para ellos.
Homilía o301008a, predicada en 20161024, con 18 min. y 13 seg. 
Transcripción:
Siguiendo el Evangelio de hoy, es importante que descubramos en Jesucristo nuestra liberación. El Verbo que utiliza Jesús es desatar. Esta mujer tenía dieciocho años de estar atada. Llega Jesús y Jesús desata. La comparación que hace Jesús es con los animalitos que también tienen sed. Tienen sed el día Sábado. Entonces la imagen completa es desatar para beber del agua fresca. Para beber del agua viva, Jesucristo, el liberador. Jesucristo, el que desata.
Observemos que hay como una especie de mensaje en la dolencia que tenía esta mujer como estaba encorvada. Se puede decir que solo era capaz de ver las cosas de esta tierra. Como estaba encorvada, se puede decir que estaba obligada a verse todo el tiempo en su propia miseria. Ese modo de dolencia que ella tenía era como una prisión. Estaba aprisionada de dos maneras: aprisionada en las cosas de esta tierra y aprisionada en su propia miseria. Jesucristo ora por ella utilizando un gesto de poder que es la imposición de manos. Frente al poder de satanás aparece el poder de Jesucristo y el poder de Cristo derrota al poder de satanás, de modo que la mujer puede enderezarse, puede levantarse y cuando se levanta, ya puede mirar a sus hermanos. Ya no tiene que mirar solo la tierra, ya no tiene que mirar solo las cosas y el mundo, ya no tiene que encerrarse solo en su dolor. Ha sido desatada y entonces puede mirar a sus hermanos. Y algo más bello puede ver el cielo. Puede ver la luz. Ha recuperado su dignidad, su esperanza, su horizonte y su alegría.
Jesucristo realiza este milagro el día Sábado, el Sábado, según la ley de Moisés, era el día del descanso. Le reprochan, estás trabajando porque estás curando. Cristo replica Yo no estoy trabajando, yo estoy dando descanso. Como se le da descanso a esos animalitos que por fin pueden beber el agua fresca, O sea que observemos. Es una observación que tomó de los escritos del Papa emérito Benedicto. Observemos que Cristo es nuestro Sábado. Cristo es nuestro descanso. Cristo es aquel que nos restituye en nuestra dignidad de hijos. El sentido más profundo del Sábado era ese. Recordemos que en la tierra de Egipto lo que había era trabajo, y trabajo y trabajo. Esa famosa rueda de la que hemos hablado varias veces. Trabajar, o sea, producir, consumir y entretenerse, y es una rueda que no para. El Sábado detiene esa rueda para que la persona descubra su dignidad. Yo no soy simplemente un productor de dinero, no soy simplemente un engranaje de la sociedad. No soy simplemente un consumidor de bienes y servicios. No soy simplemente un receptáculo de placer. Soy hijo. O sea que el objetivo más puro del Sábado es el que se recupera precisamente en Cristo. Lejos de romper el Sábado, lo que está haciendo Cristo es devolverle su sentido. Él es nuestro Sábado.
Recojamos esas ideas. Tratemos de aplicar este Evangelio a nuestra vida. ¿Cuáles son nuestras ataduras? ¿Qué nos está atando? Después de dieciocho años, seguramente esta mujer había perdido muchas esperanzas. No sé si todas, quizás no. Había perdido esperanzas porque era demasiado tiempo. ¿De qué estamos atados nosotros? ¿Qué nos ata? Qué hermoso pensar que Cristo puede romper esas ataduras y puede ayudarnos a descubrir otra vez el horizonte. Esta pobre mujer se le había perdido el horizonte y ya no tenía horizonte. Solo veía un poco de tierra. Pero hay algo muy bello que hay que tener en cuenta de esta mujer, y es que teniendo esa dolencia, que era una aflicción causada por el demonio, según nos dice la escritura. Teniendo esa dolencia, ella seguía escuchando la Palabra de Dios. Es decir, tenía su problema. Tenía, vamos a decir, su desgracia. Pero desde esa situación todavía sus oídos estaban ávidos de la Palabra divina. Es verdad que sus ojos muy poco podían ver. Es verdad que su cuerpo era una especie de tortura, pero todavía tenía oídos. Y esto significa mucho. Mientras uno todavía tenga oídos. Mientras todavía estemos oyendo la Palabra de Dios, por esa palabra, puede llegar y llega ese llamado de Jesucristo para liberarnos, para reventar nuestras cadenas. Por eso es vital oír la Palabra de Dios. Es vital, porque si esta mujer no hubiera ido a la sinagoga, si esta mujer en medio de su desesperanza se queda simplemente encerrada quizás en su casa, pues allá en su casa hubiera muerto en esa triste condición. Pero salió de su casa y abrió sus oídos y recibió la palabra del Señor. Y por eso es vital mantener el oído abierto, porque yo no sé cuál es el día en el que esa palabra se va a entrar sin límites, sin pedir permiso. La Palabra de Cristo entró en el corazón de esta mujer sin pedir permiso ni a los dueños de la sinagoga, por decirlo así, ni a ella misma. A través de esos oídos entró la Palabra, y la Palabra tuvo ese poder maravilloso.
Entonces, primera aplicación ¿De qué tenemos que ser liberados? No hay nada imposible para Dios, le dijo el ángel Gabriel a la Virgen María. No hay nada imposible para Dios. No se puede ser cristiano y resignarse. Resignarse a que ya con este pecado me muero. Resignarse uno a que ya con este vicio me muero. Resignarse uno a que con esta soledad o con esta amargura me muero. Hoy este Evangelio nos está gritando al corazón y nos está diciendo ¡No te resignes, no te resignes! No te resignes a estar atado. Hay uno que puede reventar tu cadena. A lo largo de los años todos hemos conocido personas con algunos defectos físicos. En este convento, por ejemplo, tenemos un padre a quien, por supuesto, aprecio mucho. Tuvo un accidente cerebrovascular. No camina del todo bien. Pero hay una cosa, y es que el cuerpo humano es tan maravilloso que finalmente el cuerpo termina adaptándose en cuáles son los movimientos que tiene que hacer para poder moverse. Eso es algo maravilloso, pero también es algo terrible. Es maravilloso que uno se pueda adaptar a un problema, pero es terrible que uno se acostumbre a un problema. Yo estoy seguro que esta pobre mujer, yo me la imagino completamente doblada, había aprendido a moverse, había aprendido a solucionar su vida de esa manera. Pero Cristo le está diciendo a ella. Cristo nos está diciendo a nosotros. No te acostumbres a tu muleta. No te acostumbres a tu cojera. No te acostumbres a tu encorvamiento. No te acostumbres. Revélate hoy.
Hoy Cristo nos llama a rebeldía. Revélate. No tengo que vivir así. No tengo que vivir así. Y Cristo revienta esa cadena y Cristo desata. Y Cristo devuelve en libertad a esa persona. Eso lo vamos a pedir para nosotros. Y eso es lo que pedimos los católicos en las oraciones por los difuntos. Exactamente eso. Porque realmente nuestros difuntos se encuentran en esa condición. La manera como se describe esa etapa, ese tiempo, es tan difícil utilizar palabras apropiadas. Ese tiempo de purgatorio, la manera como se describe es pues como un fuego purificador. Basándonos en una palabra de San Pablo. Es como un fuego purificador. Y yo vuelvo a la imagen, tan infantil, pero tan bella que nos da Cristo en el Evangelio. Por supuesto, el que está en ese fuego purificador lo que más anhela es el agua, el agua fresca, el agua pura, limpia, fresca. Entonces, cuando oramos por los difuntos, le estamos diciendo a Jesús tú eres el poderoso, tú, y por virtud de tu Sangre, de tu amor, tú puedes llegar a ese lugar donde está nuestro hermano y tú puedes con tu poder. Tú puedes desatar lo que le retiene en ese sitio para que él pueda encontrar su pleno descanso, para que él pueda encontrar su alegría en ti. Porque el mismo Cristo que nos libera mientras vamos de camino en esta tierra y nos saca de nuestros vicios y de nuestros defectos y de nuestras amarguras. El mismo Cristo que eso hace mientras vamos en la vida, es el Cristo que luego con caridad hace eso por nuestros hermanos. Entonces eso es lo que pedimos en la Santa Misa.
Ayer estaba viajando después de una breve misión que tuve en Panamá. Y minutos antes de tomar camino hacia el aeropuerto. Me dan un libro sobre el Padre Pío y las almas del Purgatorio. Como sabemos, estas no son coincidencias. Son diosidencias. He leído muy poquito de ese libro, pero una de las características de este gran santo, el Padre Pío, es que él oraba muchísimo para que Cristo hiciera por los difuntos lo que acabamos de oír en el Evangelio, para que los desatara, para que les permitiera gozarse en el rostro de papá Dios. Hay un pasaje tan lindo de ese libro en el que se cuenta. Este era un hombre místico, en el que se cuenta cómo Dios permitió a muchas de esas almas del purgatorio aparecerse al Padre Pío solamente para decirle gracias por haber celebrado la Misa. ¡Qué cosa tan hermosa! Gracias por haber celebrado la Misa por nuestro eterno descanso. Yo creo que haber recibido ese libro exactamente ayer es también un mensaje que Dios me envía a mi corazón sacerdotal para que este servidor de ustedes y todos tengamos todavía más fe en lo que es la Santa Misa, lo que es la Eucaristía, lo que es unirnos a Cristo para también rogarle a Cristo. Para también pedirle a Él, hoy extiende tus manos, Señor, extiende tus manos sobre nuestro hermano. Y hoy desata, hoy otorga esa paz, a él, para que entre al cielo y a nosotros, para que en nosotros entre la paz. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

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