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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús libera del peso que tenía encorvada a una mujer pero también pone sobre ella un nuevo mandato y una nueva libertad.
Homilía o301004a, predicada en 20121029, con 14 min. y 35 seg. 
Transcripción:
Podemos tomar como una alegoría la escena del Evangelio de hoy. Jesús enseña en la sinagoga es un predicador, es un maestro, pero hasta donde llega su enseñanza lo va a mostrar más que con las palabras, con las obras. De hecho, podemos decir que obras y palabras se iluminan mutuamente en Jesús, de manera que las obras muestran el poder de las palabras, y las palabras muestran el sentido de las obras. Y la obra de la que se habla en este pasaje consiste en que una persona es desatada. Ese es el lenguaje que utiliza Cristo.
El evangelista la describe como una persona encorvada. Y ahí es donde empieza nuestro lenguaje alegórico. Encorvada y sin poderse enderezar. ¿Encorvada, qué quiere decir? obligada a mirar la tierra y solo la tierra. Encorvada, incapaz de tratar como iguales a los hermanos. Encorvada, incapaz de encontrarse con ellos, incapaz de ser comunidad y sobre todo, con la mirada atada al suelo, incapaz entonces de levantarla al cielo. Es una buena imagen. Es una buena descripción de lo que hace el pecado y de lo que pretende satanás con nosotros, encorvarnos. Meter a cada uno únicamente en lo suyo, encerrarlo en su angustia, obligarlo, como se dice a veces, a mirar su ombligo, encerrarnos en nosotros, en nuestros problemas, en nuestras preguntas, en nuestras codicias y en nuestros placeres. Metidos en esa cárcel quedamos finalmente a merced del carcelero, y el carcelero es el demonio mismo. Eso es estar encorvado.
Pero a pesar de estar encorvada, ella va a la sinagoga porque así se dice. Había en la sinagoga una mujer que tenía dieciocho años con esa dolencia. Es decir, que a pesar de su condición, todavía no es completa su ruina. O si lo vamos a decir más hermosamente, le acompaña una luz de esperanza. Ella se aferra a la sinagoga. Ella asiste al lugar donde se proclama la Palabra de Dios. Y finalmente, de tanto buscar la Palabra de Dios, pues la Palabra que es Cristo, la va a buscar a ella. Y esa es la escena hermosísima que tenemos hoy. Ella buscó la Palabra, la buscó con perseverancia, la buscó durante muchos años. Hoy vemos que la Palabra la busca ella. Dice el evangelista, Jesús la llamó y le dijo quedas libre. Bastaría con que Jesús lo dijera así, con su sola las palabras, para que se cumpliera ese deseo que también es mandato. Bastaría que Jesús dijera quedas libre para que ella quedara libre. Porque así dice la Escritura Él lo dijo y existió. Él lo mandó y surgió. Basta con que lo diga.
Pero muy a menudo Jesús acompaña sus milagros con gestos, como cuando toca los ojos del ciego o los oídos del sordo, o la lengua del mudo. Y el gesto, en este caso, es interesante. Le impuso las manos. Podría decirse que el peso de Cristo libera a esta mujer del peso que le doblaba la columna, los hombros y la vida. O sea, lo que hizo Jesús fue imponerle un nuevo peso. Al ponerle sus manos le puso un nuevo yugo. Según aquello que dice el Evangelio Venid a mí los que estáis cansados y agobiados. Hubiera podido decir Venid a mí los que estáis encorvados, sobrecargados, yo os aliviaré, dice Cristo. Pero luego habla de que él tiene un yugo también. Es decir, Él nos quita un yugo pésimo para darnos un yugo óptimo. El yugo pésimo que nos quita, es el yugo del pecado y de satanás. Y el yugo nuevo que nos trae es el yugo de la nueva ley. Y con ese nuevo peso, con el peso nuevo que trae Cristo en vez de hundirse se levanta.
Hermosa paradoja ésta que describió San Alfonso María de Ligorio. En esa famosa comparación dijo este santo doctor ¿Pesan al ave sus alas? Y dijo sí, pero sin ellas no puede volar. Podemos imaginar a Dios diseñando el ave. Quiero un animal que vuele y tiene que añadirle un peso, el peso de las alas. Pero si no le pone el peso de las alas, nunca volará. Esa es la comparación que utiliza San Alfonso María de Ligorio para decir lo que es el peso de Dios en nosotros. Si Dios nos pone un peso, pero ese peso no nos hunde, sino que nos levanta. Y efectivamente nos pone un peso, porque solamente cuando nos declaramos en obediencia a Él, empezamos a ser libres. Cuando nos declaramos esclavos suyos, pasamos a ser hijos. Cuando nos declaramos bajo su autoridad, por fin nos levantamos por encima de todo lo que nos oprimía.
Una vez que ella se puso derecha, una vez que quedó libre de esa pésima condición en la que la tenía el demonio, lo primero que hace es darle la gloria a Dios. Y está muy bien que las palabras de ella expresen la gloria de Dios. Ahora que el cuerpo de ella se ha convertido como en un canto a esa misma gloria. Sanada en su cuerpo ella manifiesta con lo que es, lo que Dios le ha hecho. Pues así, ahora que su cuerpo irradia y proclama lo que Dios le ha hecho, está muy bien que también su voz lo anuncie. Y ahí se ve la condición del verdadero apóstol, el verdadero misionero, el verdadero predicador sanado en su ser, pues cambia su quehacer, sanado en lo que es ahora, obra y actúa de otra manera, y por eso también puede dar testimonio y puede predicar. Se ha dado, pues, este encuentro de amor. Esta mujer ha salido del yugo malísimo y ha recibido el yugo óptimo, el yugo bendito de Cristo. Pero nada de esto entiende el jefe de la sinagoga que se indigna.
La razón de su enojo es que Jesús ha curado en Sábado. ¿Cómo se le ocurre a este hombre contradecir el Sábado? Bueno, hay que recordar todo lo que significa el Sábado para el judío. Resulta que el Sábado es el día de descanso. Pero se equivoca este jefe de la sinagoga en pensar que el centro del Sábado es el descanso. En realidad, ese descanso es descanso del yugo, del yugo de la producción, del yugo del trabajo, del yugo de mis intereses, del yugo de mis pasiones y codicias, porque se describe muy bien en la misma Palabra de Dios, se describe para qué es el Sábado. Y de eso queda huella muy clara en la catequesis en nuestra Santa Iglesia. Fíjate cómo ese mandamiento de la ley de Dios se describe con estas palabras Santificar las fiestas. Es decir, que de lo que se trata en el Sábado es de darle la gloria a Dios. De lo que se trata es de encontrarnos con Él, no como quien hace una transacción, no como quien trabaja para un empleador, sino como el amigo se encuentra con su amigo. Para eso es el Sábado. Como el hijo se encuentra con su padre, para eso es el Sábado. El Sábado es el tiempo del encuentro. El Sábado es el tiempo para levantarse de la condición de simple trabajador para descubrir que antes que un engranaje en la producción del mundo, soy amado, amado por Dios, amado como amigo, amado como hijo. Ese es el verdadero sentido del Sábado.
Y las palabras bien duras que Cristo dice al jefe de la sinagoga, pues están para eso, para recordar cuál es el verdadero sentido del descanso. No se trata del ocio, como a veces los cultivadores dejan una parcela en descanso para que produzca más después. No es el simple descanso del buey o del burro. Tengo que dejar descansar a este animal para que después trabajé con más fuerza. El Sábado no es simplemente, a ver, repose un poco para que luego produzca más. El objetivo del Sábado es ponle una pausa a tu trabajo, ponle una pausa a tus intereses, ponle una pausa a lo que termina para que te asomes a lo que no termina. Ponle una pausa a lo finito para que redescubras que llevas hambre infinita y deseo de infinito y que tú mismo llevas un infinito adentro. Detente, deja lo que sucede hacia afuera y descubre que Dios está aconteciendo adentro. Ese es el propósito del Sábado.
Entonces Jesús no está quebrantando el Sábado. En realidad está dándole su verdadero sentido. Y en lo profundo del corazón la gente que presencia esta escena se da cuenta que hay una verdad suficientemente luminosa, increíblemente bella en la manera como obra Cristo. Por eso termina diciendo el evangelista a estas palabras. Sus enemigos quedaron abochornados, y la gente se alegraba de los milagros que hacía. Jesús dijo ¿No había que soltarla en Sábado? es decir, el día de la gloria divina es el día en que nos soltamos de esas cadenas que nos tienen encorvados hacia las cosas de esta tierra, hacia las cosas que acaban y el día en el que por fin nos encadenamos al cielo.
Hay una imagen muy bella que proviene de la Carta a los Hebreos en este sentido. Como nosotros tenemos nuestra ancla en los cielos, es decir, para tener quieto el barco, pues se le pone una cadena y se le pone un objeto bien pesado, el ancla. Y el ancla va hacia abajo. Pues nosotros no, nosotros tenemos nuestra ancla en el cielo y realmente lo que ha hecho Cristo con esta mujer y lo que quiere hacer con nosotros es que estemos anclados, pero anclados al cielo. Que entendamos a dónde va nuestra vida, cuál es nuestro verdadero destino y en dónde está nuestra verdadera alegría. Alabemos al Señor y pidámosle que recuperemos esa vocación, que nosotros tengamos de tal manera el ancla en el cielo, que podamos sentir con paz lo que llega y lo que se va. Que podamos recibir con agradecimiento lo que llega y despedir con agradecimiento lo que se va. Porque estamos anclados en el cielo, porque la gloria de Dios ha sucedido ya en nuestra tierra y en nuestro tiempo.

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