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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo fundamente Su poder en el amor de Dios que viene a salvarnos, a sanarnos. El hombre basa su poder en sus propias fuerzas y en tener control de la situación, sin beneficiar a los demás.
Homilía o301002a, predicada en 20101025, con 16 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, en este pasaje tenemos una curación. Tenemos también un enfrentamiento. Una persona resulta curada. Aquella pobre mujer que llevaba dieciocho años encorvada. Pero en esta ocasión quisiera que reflexionáramos en el enfrentamiento. Es decir, esa confrontación que se da entre el jefe de la sinagoga y Jesús. El jefe de la sinagoga, evidentemente se siente con autoridad y se siente con poder, pero su poder no cura, su poder nada logra para traerle la salud a esta mujer. Precisamente esos largos años de enfermedad están mostrando que ese modelo y ese poder y esa sinagoga nada habían hecho por ella. Así que tenemos aquí a un hombre que tiene autoridad, que tiene poder, que se considera maestro y se considera juez para dirimir la causa, para decir qué es lo bueno y qué es lo malo. Pero ese poder nada trae de salud a la persona enferma, maltrecha, dolida.
Hay otro que es Jesús. Jesús también tiene autoridad, también tiene poder. Y la autoridad de Cristo se muestra ante todo en el bien que produce, en la salud que trae, en la liberación que realiza. Lo que no podía la sinagoga lo puede Jesús. La Palabra de Cristo alcanza la deseada salud. La soberanía de Cristo expulsa el dominio de satanás. Es decir, también Jesucristo tiene poder y tiene autoridad. Es muy interesante ver que el jefe de la sinagoga no le habla directamente a Cristo. Dice aquí, el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en Sábado, dijo a la gente, está indignado con Cristo, pero le habla a la gente ¿no es eso interesante? Y luego Cristo. ¿Qué sucede con Cristo? Cristo ve que se regaña a la gente, pero Cristo sí afronta directamente el problema.
El texto sigue diciendo El Señor, dirigiéndose a él, al jefe de la sinagoga, le dijo hipócritas, ¿cualquiera de vosotros no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea Sábado? Es decir, que aquí hay un cruce interesante de palabras. El jefe de la sinagoga no quiere meterse con Cristo directamente. Lo que le molesta de Cristo es que Cristo ha mostrado su poder sobre ese grupo, sobre ese pequeño rebaño que el jefe consideraba suyo, y por eso las palabras que él pronuncia parecen ante todo, una manera de mantener a raya a Cristo, para seguir asegurando su poder y su autoridad sobre la gente de la sinagoga. Eso parece ser lo único que a él le interesa. Su manera de ejercer el poder es adueñarse de ese rebaño. Que nadie se meta con lo que él tiene. Pero sin embargo, no es para el bien del rebaño, porque ya dijimos, este hombre no le ha traído salud a la persona enferma. Entonces ya vemos en qué consiste este poder cuando no tiene a Cristo. Cuando el poder no reconoce a Jesucristo, se convierte en tiranía, se convierte en dominio. Se intenta adueñarse de la gente, pero no para bien de la gente, sino para el propio provecho. Por ejemplo, la propia codicia, la propia gloria, la propia vanidad. De modo que el jefe de la sinagoga le habla a su rebaño, le habla a su gente, no se mete con Cristo, pero lo que le interesa es asegurar su dominio, asegurar su cuota de poder. Evidentemente, este hombre está fascinado con ese poder que tiene sobre los fieles de la sinagoga.
Cristo, en cambio, le habla al jefe de la sinagoga. Es decir, Cristo no reconoce que ese rebaño le pertenezca a ese jefe, sino que le habla al mismo jefe, más bien llamándolo a que se arrepienta y a que entre en el rebaño de Cristo. Y lo más hermoso es ver que al final del Evangelio escuchamos esto. Sus enemigos, los de Cristo, quedaron abochornados. Pero toda la gente se alegraba de los milagros que hacía. Es decir, que realmente en esta escena hay dos liberaciones. Hay una liberación del poder de satanás. En el caso de la mujer que por obra del demonio estaba así como encorvada. Pero hay otra liberación que es la liberación de la gente, liberación del dominio opresor, egoísta y vanidoso de la sinagoga. Son dos liberaciones y es muy interesante ver que hay un paralelo entre estas liberaciones porque el demonio mantenía encogida a esta señora, la mantenía, podríamos decir, atrapada, disminuida, incapacitada. Y eso es lo mismo que estaba haciendo el jefe de la sinagoga. El jefe de la sinagoga mantenía a la gente encogida, la mantenía dominada, aplastada. Pero el mismo Jesús que a esa mujer le dio libertad del poder de satanás, pues a esa sinagoga le dio libertad del poder egoísta y vanidoso de ese jefe. Es una confrontación.
Si miramos un poco más detenidamente, descubrimos en dónde está la diferencia entre estos dos modelos de poder. El poder del jefe de la sinagoga y el poder que manifiesta nuestro Señor y bendito Salvador Jesucristo. ¿En dónde reside el poder del jefe de la sinagoga? Aparece en esa frase que, lleno de indignación, le dice a la gente. Vuelvo a leer ese versículo. El jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en Sábado, dijo a la gente. Seis días tenéis para trabajar, venid esos días a que os curen y no los Sábados. Es decir, que para él la curación es un trabajo. A uno no le queda claro. ¿Trabajo de quién? Estaba el jefe de la sinagoga diciéndole a Cristo. Tú estás trabajando en Sábado. Muy posiblemente. Pero también le estaba diciendo a la gente venid durante los seis días en que se puede trabajar, venid en esos días a que os curen.
Según la interpretación que tenían los fariseos y los escribas, se sabe que ir a la sinagoga no era romper el Sábado, entre otras cosas porque si eso fuera pecado en la mente de ellos, pues eso implicaría que nadie podría ir a la sinagoga el Sábado, lo cual es absurdo. Es decir, que cuando ese jefe de la sinagoga le dice a la gente venid cualquiera de los otros seis días a que os curen. Cuando él está pensando que ahí hay un trabajo, el trabajo no es el trabajo de salir de la casa, recorrer unos cuantos kilómetros o lo que sea y llegar a la sinagoga. Ese no es el trabajo. ¿Qué es lo que él entiende por trabajo? El trabajo de ser curado o el trabajo de curar. Para él, ese es un trabajo. ¿Y qué significa la palabra trabajo ahí? Significa lo que a mí me demanda esfuerzo. Por eso se dice de algo que cuesta trabajo. Si demanda esfuerzo, si supone desgaste, si es el fruto de la resolución y la persistencia de mi voluntad. Es decir, que para el jefe de la sinagoga la curación es el fruto del esfuerzo humano, es el fruto de la voluntad humana que con perseverancia, que con esfuerzo finalmente logra curarse. Es decir, que este jefe de la sinagoga mira la curación como una obra humana, una obra que cansa, una obra que hay que clasificar dentro del rango del trabajo.
En cambio, la mentalidad de Cristo es muy distinta. La mentalidad de Cristo queda bien explicada en sus propias palabras. ¿Cualquiera de vosotros no desata del pesebre al buey o al burro y lo lleva a abrevar, aunque sea Sábado? ¿Qué está diciendo ahí Jesús? Es evidente que hay unas acciones, acciones físicas que son necesarias para desatar un animal, para llevarlo a que pueda beber. Ahí hay un trabajo. Pero lo que Cristo está diciendo es por qué no contamos ese trabajo como trabajo. ¿Por qué ese no es trabajo? Porque es liberación. Porque es descanso. Porque es recuperar las fuerzas. Porque es sentir la alegría de la energía que se recupera, de las fuerzas con las que se puede seguir la labor. Para Cristo curar no es trabajar. Curar es desatar. Curar es descansar. Curar es regocijarse en la bondad abundante, gratuita, de Dios. Y el mismo Cristo se describió así como médico que cura, como médico que desata, como médico que trae esa bondad compasiva y gratuita de Dios. Y por eso dijo también en otro lugar. No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos. Y ahí la palabra médico se refería a él mismo.
Así que ahí está la raíz de la diferencia entre el modelo del jefe de la sinagoga y el modelo de Cristo. Para el jefe de la sinagoga todo lo que el ser humano tiene de bueno tiene que lograrlo por su propia fuerza. Y es un trabajo, y hay que empeñar la voluntad, y todo hay que ganárselo para Cristo. En cambio, sin que se desprecie la voluntad humana, la primacía absoluta la tiene el poder amoroso de Dios, ese poder amoroso que se llama la gracia, el poder abundante, amoroso, tierno de Dios que Cristo mismo revela. Eso es lo que tiene el primer lugar. Eso es lo que importa en primer lugar. Y precisamente porque Dios nuestro Padre, ha derramado su bondad y su misericordia, entonces, la curación no es trabajo, sino que es liberación y es descanso. De modo que estos dos, el jefe de la sinagoga y Cristo, difieren mucho más de lo que parece, porque tienen dos ideas completamente diferentes sobre lo que es la curación, sobre lo que es el Sábado, sobre lo que es el trabajo, sobre lo que es el descanso y sobre lo que es Dios mismo.
En Cristo se revela el verdadero rostro de Dios. Por eso decimos en el Credo que Él es verdadero Dios. Él es el que nos revela la verdad de Dios. Sigamos nuestra Eucaristía. En pocos minutos, el milagro más hermoso que conocen los siglos va a suceder sobre nuestro altar. La presencia viva y vivificante de Jesús, nuestro amor, nuestro Señor, nuestro Salvador. Una vez más, manifestándose como ternura, como poder que salva, como amor que redime, como médico del Padre. Una vez más, Cristo en medio de nosotros, mostrándonos quién es en verdad Dios y mostrándonos en qué consiste aceptar su mensaje. Qué bueno terminar estas palabras recordando aquel Salmo Invitatorio de la liturgia de las Horas. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Hoy te invito, hermano, a que te regocijes y a que vivas este día en el regocijo de ser pueblo de Cristo, rebaño de Cristo y discípulo de Cristo, quien merece todo honor y gloria por los siglos. Amén.

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