Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dios nos guía con lo que nos dice y también con lo que calla.

Homilía o293009a, predicada en 20201021, con 16 min. y 56 seg.

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Transcripción:

Hermanos, en el capítulo número 12 del libro del Génesis, encontramos el llamado que Dios le hace a Abraham. Y es muy interesante ver que Dios le dice a Abraham que va a estar con él, Dios le dice a Abraham que le va a dar una tierra, pero no le muestra el camino y no le da el mapa de esa tierra. Es decir, que cuando Dios se manifiesta a Abraham le hace saber unas cosas y lo deja en la ignorancia de otras. El saber es lo contrario de la ignorancia.

Y es muy interesante, es el tema que vamos a desarrollar ahora, ver cómo Dios nos lleva con lo que nos hace conocer y con lo que nos hace ignorar. Dios nos guía a través de lo que sabemos y también a través de lo que ignoramos. Como este mensaje, yo creo que suena un poco extraño, requiere un poco de explicación, sobre todo, para descubrir cuánta sabiduría tiene Dios en aquello que nos hace ignorar. Esa frase todavía suena más rara, cuánta sabiduría tiene Dios en aquello que nos hace ignorar. Antes de responder cómo es esa sabiduría, recordemos otros pasajes en los que aparece el mismo cuadro, es decir, un Dios que está dejando saber cosas, pero que está también manteniendo la ignorancia sobre otras cosas.

En el libro de los Jueces encontramos el caso de un ángel que se manifiesta anunciando el nacimiento de un hombre muy fuerte, llamado Sansón. Este ángel se manifiesta a un hombre llamado Manóaj y a su esposa, primero a la esposa y después a él. Llevado por la curiosidad, Manóaj le pregunta al ángel: «¿Cuál es tu nombre para que podamos invocarte?» Y el ángel le dice: «¿Por qué me preguntas mi nombre?» Es misterioso. Bendijo a esa pareja, pero los dejó en la ignorancia, no les dijo ningún nombre.

Veamos otro ejemplo, encontramos en el Evangelio que Tomás le dice a Cristo: «No sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?» Y Cristo no le dijo, haz esto, y después esto, y después esto otro. Cristo le dio una respuesta misteriosa, le dijo, es que el camino soy yo. «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Seguramente no era el tipo de instrucción, no era el tipo de receta, no era el tipo de ruta que quería Tomás. Pero Dios lo dejó así, en la ignorancia. ¿Por qué Dios no nos responde todas nuestras preguntas, por qué Dios no nos aclara todas las cosas, por qué parece que la ignorancia también es un ingrediente importante en la vida cristiana? Más que hacer un catálogo de respuestas, vamos a tratar de entresacar de estos textos que he mencionado y otros parecidos, algunas enseñanzas para nosotros.

Un ejemplo muy fácil de entender, creo yo, es el del libro de los Jueces. Manóaj quería el nombre del ángel, porque Manóaj quería invocar a ese ángel. Y el ángel le dice: Yo no te voy a decir mi nombre. Y no se lo dio. Es evidente el peligro que había ahí, Manóaj que estaba teniendo la experiencia mística más grande de su vida, seguramente se hubiera apegado a ese nombre y a esa invocación. El ángel, al negarse a dar su nombre, pone a Manóaj en una ruta como si le dijera: A mí no me mires, mira hacia Dios, vuélvete hacia Dios, vuélcate hacia Dios.

Hay un pasaje del libro del Apocalipsis que tiene una escena semejante. Durante todo el Apocalipsis hay un ángel que va guiando al autor que se llama Juan. Y hacia el final de este libro, Juan, absolutamente maravillado por todo lo que le ha mostrado el ángel, y por la santidad de ese ser celestial, se postra ante el ángel. Y el ángel lo corrige inmediatamente y le dice: No, a mí no me adores. Hay que adorar a Dios. Entonces, en el caso del libro de los Jueces entendemos para qué sirve la ignorancia. El ángel no le dio su nombre a Manóaj para que Manóaj no se confundiera en su fe. Bueno, eso se entiende.

Vamos con el caso de Abraham y con el caso de Tomás. Abraham seguramente hubiera querido tener la ruta precisa, Abraham pertenecía a una familia que sabía de eso, de ir de un lugar a otro. Abraham había salido hacía tiempo de Ur de los caldeos y guiado por su papá, que se llamaba Téraj. Y Téraj había salido con toda su familia, incluyendo Abraham, hasta una población llamada Jarán. Estando ahí, murió Téraj. Después de que muere el papá de esta tierra, Dios se manifiesta como papá, podríamos decir, de Abrahán. Y es Dios el que le dice: Tu viaje no termina en Jarán. Tú tienes que llegar hasta la tierra que yo te voy a dar. Abraham, que sabía de esto de viajes, seguramente le hubiera gustado saber exactamente el mapa de esa tierra y la ruta. Pero Dios no le dio eso. ¿Por qué? ¿Por qué Cristo no le da a Tomás unas instrucciones exactas? Porque cuando nosotros tenemos claridad sobre cuál es el camino y cuáles son las instrucciones, nosotros tomamos el proceso en nuestras manos, nosotros tomamos el control. Y aquí hay algo realmente sublime, la ignorancia te obliga a confiar. Esa es casi la frase que resume esta reflexión. Lo que no sabes te ayuda, te invita, te exige confiar.

Es que el problema está en el corazón humano, que tiene una enfermedad que se llama soberbia y nuestra soberbia quiere controlarlo todo. La gente quiere controlar exactamente cuántos hijos tiene y cuándo los tiene y de qué color los quiere y con qué ojos y con qué sonrisa y con cuánto coeficiente intelectual. La gente quiere controlar cuándo se muere y cómo se muere, por eso la eutanasia. La gente quiere controlar, la gente somos nosotros, queremos controlarlo todo. Pero ese afán nuestro de control es una erupción de nuestra soberbia y la soberbia no hace bien. Esa soberbia nuestra no hace ningún bien y por esa soberbia nuestra necesitamos aprender a confiar, es decir, soltar el control. ¿Cuándo me voy a morir? El cristiano tiene una respuesta: Mi vida y mi muerte están en las manos de Dios.

El suicida, incluyendo los del suicidio asistido y los de la eutanasia, el suicida quiere saber el día y la hora: Mañana me voy a morir, mañana me van a inyectar el veneno que me va a matar, mañana muero, mañana a esta hora ya estoy muerto, a esta hora ya estoy muerto. Eso es lo que quiere el suicida, eso es lo que quiere el que se eutanasia, por utilizar ese verbo irregular. Nosotros queremos controlar y como queremos controlar, es necesario que venga un Dios que dice: Tú no lo vas a controlar todo, porque tú no eres el Señor. Y como tú no lo vas a controlar todo, y como tú no eres el Señor, entonces tu tarea es aprender a confiar, nos llama el Señor a esa confianza.

Se parece a lo que sucede con un niño pequeño, especialmente un niño muy pequeño. Imaginémonos a la mamá que quiere llevar al niño, por ejemplo, para que le pongan una vacuna, la vacuna del sarampión o cualquiera de estas. Imaginémonos al niño filósofo del cual hemos hablado en otra predicación, el niño filósofo quiere tener todo claro. El niño filósofo que tiene 4 años y unos pocos meses, pero es niño filósofo, le pregunta a la mamá: Mamá, noto que estás arreglada como para salir de casa, como no hay nadie más en casa, supongo que me llevarás también a mí, ¿puedo saber a dónde me llevas? Esa es pregunta del niño filósofo. Entonces la mamá le explica: Mira, vamos a que te vacunen. Pero resulta que el coeficiente intelectual del niño filósofo, aunque es muy alto, no alcanza para entender que es una vacuna. Lo único que él entiende es que, según la usanza de las vacunas que yo conocí y que me tocaron a mí porque yo sufrí, yo lloré cuando me pusieron mi vacuna.

Entonces, a uno le inyectan una cosa en el hombro y entonces se acerca un personaje siniestro, vestido de blanco que trae un arma con una parte metálica y hunde el soporte metálico en la tierna carne del pobre niño que entonces, llora. La pregunta es ¿ese niño, aunque sea el niño filósofo de 4 años y unos pocos meses, puede entender, cuál es el bien que hay en esa vacuna? Seguramente no, seguramente ese niño inicia una época de trauma hacia todo aquel que tenga una bata blanca. El niño queda traumatizado y el niño dura bravo con la mamá mucho tiempo, porque mi mamá me llevó a que un torturador hundiera en mi tierna carne una aguja. Algo así es lo que nos pasa a nosotros con Dios.

Nosotros no entendemos muchas cosas, no las podemos ni las podremos entender en mucho tiempo. Entonces, el estarle exigiendo respuestas a Dios, el pretender que Dios nos responda todo, lo único que hace es limitar la posibilidad de obra de la misericordia divina en nuestra vida. Por eso la ignorancia tiene un papel importante, Dios no me lo tiene que explicar todo. Dios tiene que explicarme solamente una cosa, que fue la que le explicó a Abraham, la que le explicó a San Pablo, la que le explicó a Tomás. Solamente Dios tiene que explicarme una cosa ¿cuál es el siguiente paso? Un paso a la vez. Dios tiene que explicarme el siguiente día, un día a la vez. Dios tiene que explicarme un día, como Dios también explica en su misericordia a nuestra alma, lo que sucede en ese día. Él tiene que darnos la luz para este día. Recuerdas que en el Padrenuestro decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día. Así es también la sabiduría de Dios, la sabiduría es pan celestial. Y esa sabiduría divina, Él la da por rebanadas, Él la da por tajadas. Él da la porción que es necesaria, como el pueblo de Israel recibió el maná que necesitaba exactamente para ese día. Dios te dará la respuesta que necesitas para este día. Dios te dará el pan que necesitas para este día.

Nuestro afán de acumular en graneros enormes cosechas, nuestro afán por acumular bienes para muchos años, no es otra cosa que esa expresión de nuestro afán de controlarlo todo. Y detrás del afán de controlarlo todo, está el afán de no depender de nadie, ni siquiera de Dios. Ese es el papel providente que tiene la bendita ignorancia. Hay una ignorancia que es bendita, por supuesto, no estamos hablando aquí de ignorar a Dios, estamos hablando de esa ignorancia que Dios sabe distribuir providentemente en nuestras vidas para que nosotros jamás pensemos que tenemos el control absoluto y le quitemos el señorío a Él, para desgracia nuestra. Por eso necesitamos bendecir esta ignorancia, esta ignorancia con la que Él nos conserva en vigilancia, en obediencia, en confianza, en unión con Él.

Y ¿todo esto por qué lo he dicho, qué tiene que ver con las lecturas de hoy? Pues tiene que ver con el Evangelio. Recuerdas que Jesús dice dos veces en el Evangelio de hoy: Tú no sabes cuándo va a venir el amo, no sabes ignorancia, no sabes. El hecho de que tú no sepas cuándo es la visita de Dios, el hecho de que tú no sepas cuándo es la hora de tu muerte, el hecho de que tú no sepas muchas cosas, el hecho de que tú no sepas exactamente si vas a llegar al final del año. Yo pienso en mis tres sacerdotes amigos que ya se me han muerto. Pienso en el padre Mauricio Rincón, pienso en el padre Jaime Rodríguez. Pienso en el padre Edixsandro Morán. Tres sacerdotes que en el mes de enero pensaban que iban a llegar a Navidad y no llegaron. Y yo, ¿yo puedo tener certeza, yo, Nelson Medina, puedo tener certeza de que llegaré? Tampoco.

Hay tanta ignorancia en nuestras vidas, pero esa ignorancia así, querida por Dios, es una ignorancia bendita, porque nos mantiene en el espacio de la humildad, en el espacio de la confianza, en el espacio de la obediencia, en el espacio de la vigilancia, en el espacio bendito de la unión y el amor con Dios. O sea que Dios es bueno con lo que nos enseña. Dios es bueno con lo que nos da a saber, y Dios es bueno con lo que nos oculta, también en eso Dios es bueno. Dios es bueno con lo que me muestra y Dios es bueno con lo que no me deja saber todavía. Él sabe, Él sabe qué debo saber y Él sabe qué debo ignorar. Y en ambas cosas Dios es amor, en ambas cosas Dios es providencia, en ambas cosas Dios es bondad.

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