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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús nos muestra que nuestro ego inflamado nos da falsa seguridad, no soporta oposición llevándonos a la violencia y necesita alimentarse de placeres para seguir creciendo.
Homilía o293008a, predicada en 20201021, con 5 min. y 52 seg. 
Transcripción:
Una de las cosas más bellas e impresionantes que tiene la Palabra de Dios, sobre todo el Evangelio, es cómo nos ayuda a penetrar en ese misterio que es el ser humano, el misterio de nuestro propio yo. Y en el caso de la parábola de hoy, el misterio de nuestro propio ego. Cristo nos dice que nosotros somos administradores y que el dueño, porque nosotros no somos dueños, nosotros somos administradores, el dueño llegará. Y cuando llegue al dueño, dichoso el administrador fiel y prudente, el que ayuda a los otros y luego nos da un contraste, dice Cristo, pero qué sucederá con ese siervo que piensa el amo tardará, y entonces se pone a golpear a los otros y se dedica a comer y a beber.
En esa sencillísima descripción está un retrato de las tendencias más profundas y más corruptas de lo que llamamos el ego. ¿Cuáles son esas tendencias? Cristo nos ayuda hoy a descubrirlas. La primera de esas tendencias es la falsa seguridad, es decir, la persona que cree que todo lo tiene bajo control. Aquel siervo perverso siente todo bajo control: El amo tardará, nunca llega antes de tal hora, conclusión, puedo hacer lo que se me dé la gana. Esa falsa seguridad es la raíz de todos los demás males. Por eso, esa es también la base que le sirve a este siervo perverso para cometer todos los demás abusos, exactamente esta es la base, porque él considera que tiene todo perfectamente controlado y como todo está bajo control, le da rienda suelta a sus peores instintos. Entonces, primer gran pecado del ego, creer que uno tiene las cosas controladas, que uno sabe lo que está haciendo, que uno ya entiende, que uno ya sabe, que uno ya puede, ahí es donde está la raíz de todo.
Después, pecado del ego es la violencia. Cristo lo describe de una manera absolutamente gráfica. Dice que este siervo perverso se pone a golpear a los otros, violencia, quizás cuando uno lee la parábola, uno dice, pero qué comportamiento tan extraño, para qué este tipo se pone en esa tarea de pelear con nosotros. Pues, las palabras de Cristo tienen la hermosa virtualidad de mostrarnos la violencia que surge en el ego inflamado, cuando el ego, ese monstruo que muchas veces llevamos dentro, ese monstruo, se inflama, se hipertrofia, se hincha, entonces no tolera oposición, de ahí viene la violencia.
Míralo, por ejemplo, en los matrimonios, cuando ese ego se inflama, entonces no te voy a permitir que me digas eso. No creas que me puedes poner este límite, pues yo haré lo que a mi me gusta, pues... ¿Por qué se dan esas peleas? Porque el ego está hinchado, está inflamado. Y suele suceder en nuestro cuerpo que cuando una parte se inflama tú la tocas y duele, duele mucho, la tocas y duele. Lo mismo pasa con el ego inflamado, ese ego hinchado, ese ego no soporta oposición, no soporta contradicción, no tiene tolerancia a la frustración porque necesita imponerse. Y ahí viene la violencia.
Y luego, la tercera parte, dice Cristo a comer y a beber, ¿eso qué significa? La idolatría del placer. Efectivamente, ese ego inmenso necesita mucho alimento. Me parece tan dramático esto porque se parece al cáncer, es exactamente lo mismo que hace un tumor. El tumor crece y crece, pero ¿a costa de qué? A costa de los tejidos sanos, a costa de la salud. El tumor crece, crece matando, pero necesita mucho alimento, necesita mucha energía, necesita mucha vascularización. Muchos, mucha sangre, mucho oxígeno para seguir creciendo. Lo mismo le pasa al ego inflamado, necesita mucho placer, toneladas de placer, necesita darse muchos gustos en términos de lujo, en términos de gasto, en términos de sexo, en términos de comida, en términos de compras. ¿Por qué? Porque tiene que alimentarse.
Cristo nos está presentando en el Evangelio de hoy un precioso tratado sobre lo que es el ego inflamado, lo que es el ego corrupto. Y nosotros hemos de pedir a Dios por nuestra conversión. Hemos de pedirle al Señor que nos libere, como dice hermosamente una oración a los santos ángeles, que nos libere de nosotros mismos, que podamos retomar el camino de la sensatez, de la humildad y de la verdadera conversión. Amén.

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