Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Todo lo que hemos recibido es para ponerlo al servicio y para compartirlo, no debemos leerlo en clave de exclusividad sino en clave de misión.

Homilía o293007a, predicada en 20181024, con 6 min. y 48 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada de la carta de San Pablo a los Efesios, en el capítulo tercero. Es un momento que podemos llamar casi dramático dentro de esta carta, porque Pablo dice que tiene algo importante que revelarnos, lo llama el secreto, lo llama el misterio, un misterio escondido durante muchos siglos. ¿Qué es eso tan importante que él quiere revelarnos, de qué se trata y por qué estuvo oculto? Esas son las preguntas que queremos abordar en estos breves minutos.

A ver, es fácil el enunciado de este misterio, de este secreto, y él mismo lo dice en el pasaje que hemos oído el día de hoy. Lo que dice Pablo es que ese gran misterio, ese gran secreto, es que también los no judíos forman parte del mismo cuerpo y son herederos de las mismas promesas de los judíos. Es decir, que es tan completa, es tan perfecta la redención que Cristo ha traído con su cruz, que ni siquiera la diferencia abismal que había entre el pueblo de la Alianza y todos los demás pueblos, los pueblos paganos, ni siquiera esa diferencia cuenta, porque ahora, gracias a la redención de Jesucristo, todos somos uno en Cristo Jesús. Bueno, y ¿por qué estuvo oculto tanto tiempo ese misterio? Parece algo realmente vital y parece algo que, por decirlo con un lenguaje popular, debíamos haber visto venir. O sea, teníamos que habernos dado cuenta de que eso iba a suceder.

La verdad es que sí hay textos en el Antiguo Testamento que muestran que el plan de Dios no se va a limitar únicamente a un pueblo. Fíjate, por ejemplo, en el libro del profeta Isaías hay unos textos poéticos absolutamente preciosos que conocemos como los cánticos del siervo de Yahvé. Estos textos que tienen ellos mismos un cierto carácter misterioso, nos dicen algo muy importante, nos dicen que ese siervo de Yahvé, que no sabemos si es exactamente una persona o es una manera de referirse al conjunto del pueblo de Dios, pero en todo caso, ese siervo de Yahvé oye estas palabras: «Es poco que seas mi siervo, es poco que seas siervo mío. Yo te hago luz de las naciones». Esa expresión, nosotros los católicos la recordamos muy bien porque es el título de una de las constituciones del Vaticano II, Lumen Gentium, luz de las naciones. Y las naciones, las gentes, los gentiles, son evidentemente los pueblos paganos.

O sea que sí hay anuncios, sí hay anuncios de que Dios va a extender su plan de amor a otros pueblos. Otro texto que cabe recordar es el de aquel salmo que dice: «Cantarán mientras danzan, todas mis fuentes están en ti. Filisteos, etíopes cantarán mientras danzan, todas mis fuentes están en ti». Y también en alguno de los profetas últimos, por ejemplo, Zacarías, se encuentran expresiones semejantes donde se dice que todos van a buscar a los judíos y quieren ir a adorar a Dios con los judíos. O sea que, el hecho de que la redención va a sobrepasar las fronteras visibles del pueblo elegido, eso ya estaba en el Antiguo Testamento, no son demasiados textos, pero además de los que ya dije, se pueden encontrar todavía otros más.

¿Por qué entonces eso estaba oscuro, por qué entonces Pablo habla de que es una especie de secreto oculto durante siglos? Pues mira, estaba oculto, básicamente porque la soberbia humana que también existe en el pueblo judío, la soberbia humana, había empezado a entender la Escritura según su propia conveniencia. Quiero decir que todas las enormes bendiciones que hay para el pueblo de Israel y que son reales, se habían leído en clave de exclusividad, no en clave de misión. Y ese es el secreto, que lo que Dios ha dado al pueblo judío, no lo ha dado para exclusividad, sino para misión, es decir, para que, recibiéndolo primero este pueblo de la Alianza, lo pueda compartir con los demás pueblos.

Sí, aquellos textos del Antiguo Testamento lo anunciaban, pero en medio de tantas voces y en medio de tantas interpretaciones de los distintos escribas y de toda aquella gente, pues parece que estos textos universalistas que muestran la amplitud de la salvación, habían quedado escondidos, habían quedado sepultados. Y entonces, la interpretación exclusivista se había impuesto, cuando la verdadera interpretación es la interpretación misionera.

Conviene llevar este texto también a nuestra vida, conviene darnos cuenta que esto también se aplica a nosotros, porque lo que sucedió a muchos judíos nos puede pasar también a nosotros. ¿A qué me refiero? A que cada vez que nosotros retenemos lo que hemos recibido de Dios en exclusividad, en codicia, en envidia, solo para nosotros, estamos cayendo en el mismo error. Consigna entonces, para cerrar esta reflexión, consigna todo lo que he recibido, lo he recibido para servicio y para compartir con mis hermanos, lo que he recibido no debo leerlo en clave de exclusividad, sino en clave de misión.

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