Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?

Homilía o293005a, predicada en 20141022, con 32 min. y 9 seg.

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Transcripción:

Como norma general en el Evangelio, Cristo parece no responder directamente a las preguntas, creo que esto se nota más en el Evangelio de Juan, pero el texto de hoy fue tomado de San Lucas, y sin embargo, encontramos algo semejante. Pedro le pregunta: ¿Has dicho esa parábola por nosotros o por todos? Jesús no responde directamente, sino que más bien hace otra parábola. Pero el sentido de esa parábola segunda es que lo que ha dicho lo ha dicho por todos, porque todos somos administradores, algunos con mayor responsabilidad, otros con menos, algunos con mayor conocimiento, otros con menos. Pero el primer punto, indudablemente en la reflexión de hoy es ese, todos somos administradores y en esa frase hay que distinguir dos cosas.

En primer lugar, que no somos dueños, sino que lo que hemos recibido, incluyendo nuestros talentos, nuestro cuerpo, el tiempo que tenemos, las oportunidades que se nos abren y, por supuesto, también los bienes materiales. Todo eso no es nuestro y de todo tendremos que dar cuentas, cómo hemos utilizado los dones, cómo hemos utilizado los recursos que Dios nos ha dado. Hay otros textos que nos hablan de eso, de los talentos y que hemos hecho con nuestros talentos. Así que esa es una primera parte, no somos dueños, pero, segunda parte, sí somos administradores. Obviamente ¿qué es lo primero que uno hace al recibir una administración? Pues preséntenme ¿qué es lo que hay? Un inventario, ¿no? Si a uno lo ponen de administrador en un colegio, por ejemplo, bueno, un inventario, que es lo que hay aquí, cuánto hay. Si uno está de tesorero, síndico, procurador o el nombre que se le dé, la misma cosa.

Entonces, de aquí surge un segundo punto, ¿tú ya hiciste el inventario de lo tuyo? A ese hacer el inventario es a lo que Santa Catalina de Siena llama, entre otras cosas, el conocimiento de sí mismo. Uno de los elementos principales en la vida cristiana es ese conocimiento de sí mismo que incluye el inventario. Viendo aquí a nuestras hermanas más jóvenes, pienso que especialmente esas primeras etapas tienen que servir para eso, para hacer el inventario, darse cuenta de lo que uno ha recibido para agradecerlo y para tomar conciencia de la responsabilidad que se tiene. Bueno, ese es un tema, el tema de la administración.

Segundo tema, ¿cómo ha de ser ese administrador? En una frase lo resume Cristo: Administrador fiel, solícito, que está al frente de la servidumbre y que reparte ración a sus horas. Vayamos brevemente por cada uno de esos puntos. El administrador es fiel si piensa en el bien de su amo. En el caso nuestro, por ejemplo, administrador fiel en un colegio, digamos, es aquella persona que está pensando en qué es lo bueno para el colegio, no qué es lo que a mí me gusta simplemente. A mí cómo me gustaría que esta casa de retiro la pintaran toda de verde esmeralda, pero eso vale muchos millones, no importa, a mí me gusta así. No, no puede ser.

Yo tengo que pensar en el bien, en el bien de la obra, tengo que pensar hablando de modo cristiano, tengo que pensar en qué es lo que le da mayor honra a Dios. El famoso criterio de San Ignacio de Loyola: «Ad Maiorem Dei Gloriam». ¿Cómo puedo buscar la mayor gloria de Dios? O el criterio dominicano: La salvación de las almas. ¿Cómo puedo llegar a más corazones? ¿Cómo puedo servir mejor, dónde soy más útil, qué es lo mejor? Esa es la fidelidad.

Es solícito, administrador, solícito. Llamamos solícito a aquel que cuida no solo lo grande, sino también los detalles. Qué hermoso es cuando llegamos a un lugar y nos damos cuenta que los detalles son cuidados, porque los detalles son expresión de amor. La persona que no ama siempre va por los mínimos, lo mínimo que me puedan pedir, cómo me quito yo este problema de encima. En cambio, la persona que tiene amor siempre cuida los detalles, qué bonito es llegar a una casa y ver que la dueña de casa tiene todos los detalles, el lugar de cada adorno, la limpieza del sitio, la disposición de los muebles, todo eso es expresión de amor. ¿Cómo estás tú por dentro? ¿Cómo está tu vida organizada? Hay desorden, hay suciedad, hay mugre acumulado, mentiras sobre mentiras. Muchas veces tapamos una mentira con otra mentira, nos disculpamos todo.

¿Cómo estamos por dentro? ¿Somos una Betania para Cristo? Betania es el lugar donde estaban Marta, María y Lázaro, era un lugar, podemos decir, de hospedaje, de descanso para Cristo. Cristo puede descansar, sentirse a gusto en ti, los detalles cómo los cuidas, los detalles en la manera como oramos, en la manera como hablamos, los detalles en el modo como tratamos a los que Cristo ha considerado presencia suya, es decir, los pequeñitos, los humildes, los niños, los ignorantes, los enfermos, los mayores, los discapacitados, ahí se ven los detalles. Es muy triste ver que en algunas comunidades nosotros, sacerdotes o religiosos, somos duros, implacables o indiferentes con la gente humilde que tenemos a nuestro alrededor, eso es falta de ser solícito.

El que es solícito cuida el detalle y tiene que estar pensando todo el tiempo, ese humilde señor que está ayudando en la vigilancia, que tal vez tiene un primer o segundo año de elemental, que no sabe ni siquiera firmar, ahí hay una presencia humilde pero real de Cristo. Entonces, la manera de hablarle a cada uno, especialmente a los más humildes, con mucho cuidado, la manera de tratar a los más pequeños, el cuidado a la cercanía con los que están enfermos, los que están cansados. Ahí se ve el administrador solícito, se ve la preocupación porque todo surja. Por supuesto, es parte de este ser solícito, el cuidarnos muy señaladamente de lo que dice el Señor Jesús, cuidarnos de evitar todo lo que pueda hacer escándalo. Es deber nuestro edificar en el amor a las otras personas, ese es un deber que nosotros tenemos.

Entonces, a veces uno dice: No, yo tengo derecho, tengo derecho. Lo que comentábamos en alguna de las predicaciones nos quedamos únicamente con los derechos. Y entonces, ¿dónde están los deberes? Administrador fiel porque busca la gloria de Dios, solícito porque cuida los detalles, los detalles de su corazón, no le preocupa únicamente si las cosas se notan o no se notan, sabe que Dios todo lo ve. Obra con pureza de conciencia en lo privado y en lo público. Es impresionante lo que nos dice el Evangelio en una frase. Mire, estoy reflexionando sobre una sola frase: «Lo ha puesto al frente de su servidumbre». Esto vale especialmente para quienes tienen o tenemos autoridad, pero vamos a ver quiénes somos los que tenemos autoridad y somos muchísimos. Porque mire, obviamente aquí están los pastores, los obispos, los sacerdotes, pero aquí también están los maestros, por ejemplo.

Tú piensas que cuando tú entras a un salón de clase hay 20, 30, 40 corazoncitos en donde se pueden escribir palabras de vida o donde se pueden hacer desastres. Mire, hace cuánto tiempo tuve yo mi primera comunión, mi primera comunión fue el 07 de octubre de 1972, hace bastante tiempo, como 42 años parece, 42 años después yo todavía me acuerdo de quien fue mi catequista. Mi catequista fue una religiosa y tengo mal recuerdo de ella, 42 años después. Sí, así como he conocido religiosas que son expresiones maravillosas del amor de Dios, uno también tiene sus malos recuerdos. Y yo era un niño de 7 años, pero yo me acuerdo cómo nos trataba. No es que fuera una tirana, pero algo faltaba ahí, faltaba brillo, faltaba alegría, faltaba amor. No sé, algo faltaba, no fue una experiencia bonita. Y yo que tenía 7 años de edad, yo hice la primera comunión muy temprano, yo con 7 años de edad, detectaba eso.

La gente se da cuenta cuál es la religiosa que está aburrida, la religiosa que está porque le toca, la religiosa que está en crisis. Ustedes no tienen idea lo transparentes que somos ante la gente. Nuestros ojos, nuestras actitudes, nuestra sonrisa o nuestra falta de sonrisa, todo está realmente como un libro abierto ante más personas de las que creemos. Entonces, estoy diciendo que todos tenemos distintas formas de autoridad, pero no solamente por los cargos. En el momento en el que una persona nos pide un consejo, en el momento en el que una persona nos abre su corazón, en ese momento, ya empezamos a ser autoridad para esa persona.

Si tú estás en la casa de piedra perdida, por allá, pasandito la porra, lejos de todo, están allá tres, cuatro, cinco hermanitas. Una de ellas se siente mal por cualquier razón, por un problema familiar, por un problema vocacional, por una situación de salud, se acerca a ti, quiere desahogarse. El solo hecho de que una persona quiera desahogarse contigo y te abra su corazón, ya te convierte en autoridad para esa persona, porque ya lo que tú le digas a esa hermanita, ya se va a convertir en el principio de una sanación o en el agravamiento de una enfermedad. Si la hermana te dice: No sé, me siento como aburrida y tu primera respuesta es: Pues yo también, ya ahí terminó de agravarse la cosa. Entonces, date cuenta cuando aquí dice que él nos ha puesto al frente de la servidumbre, está diciendo quiénes son autoridad.

Pero fíjate que uno puede ser el religioso más humilde por allá en la casa de piedra perdida, pasadito la porra. Y allá en esa casa, tú te volviste autoridad para esa hermana, porque si tú das un buen consejo en ese momento, si tú simplemente escuchas a la persona, le das tu cariño de hermana, le prometes tu oración, ese fue el comienzo de una recuperación. Pero si tú tomas una actitud de indiferencia o de dureza, o una actitud de complicidad, ahí se agravó. Esto para que nos demos cuenta que cuando aquí dice: el que está al frente de la servidumbre, eso no es únicamente el sacerdote o el obispo, la provincial, la general. No, esto te pasa a ti también. Hay la tendencia, me he dado cuenta yo, hay la tendencia en las personas que tienen cargos humildes dentro de una comunidad a pensar que ellos no tienen ninguna responsabilidad.

Nosotros tuvimos en un convento nuestro un hermano cooperador, que decimos. Y este hermanito parecía la persona más humilde del convento, pero resulta que él ayudaba en la administración de un par de fincas, allá en mi país. Y resulta que con el asunto de las fincas él tenía a cargo suyo unos 10 o 12 empleados y a ver qué iba a hacer él con esos 10 o 12 empleados. Entonces, tú puedes estar en la lavandería, puedes estar en cocina, puedes estar en aseo, en los oficios aparentemente más humildes, te aseguro que allá también tienes gente a tu cargo. Es que casi, sobre todo para nosotros consagrados, casi que el solo hecho de portar un hábito, ya lo hace a una autoridad. Entonces, es muy importante darse cuenta de esto y tomar conciencia de esa responsabilidad.

Allí donde yo me encuentre, cada corazón vale lo que vale la sangre de Jesucristo. San Carlos Borromeo, cuya fiesta no está muy lejana, le insistía eso a los sacerdotes. Piensen en la sangre de Cristo cuando traten a la gente. Entonces, yo puedo estar por allá con los empleados rudos, ignorantes, campesinos que no saben ni dónde están parados, cómo que no, valen sangre de Jesús, por ellos murió el Señor. Entonces, si uno toma esta conciencia, uno se da cuenta: Yo estoy al frente de la servidumbre. Yo tengo una responsabilidad. La parte que más me gusta es la que sigue, porque tiene que ver con la teología oriental: para que les reparta la ración a sus horas. Desde niño me llama la atención esa frase, ¿qué quiere decir esa frase? Bueno, ya entrando en caminos de la teología, repartir la ración a las horas es ser providente. Repartir la ración a las horas es saber ofrecer el bien a tiempo.

Fíjese que eso, por ejemplo le pasa, a donde mejor se nota es en una maestra, haz de cuenta una maestra de postulantes, de novicias. ¿Qué le toca a una maestra? Una maestra más o menos pronto se da cuenta cuál es el perfil de esta hermanita, y se da cuenta que esta hermanita se encuentra en este punto, pero hay que llevarla a este otro punto, no obligarla, sino invitarla, persuadirla, en fin. No son cosas, no son objetos, pero uno se da cuenta de que esa planta tiene que crecer desde un cierto punto hasta otro cierto punto. La imagen del crecimiento de la planta es muy buena porque una planta mediana necesita el equivalente de un vaso de agua al día. Entonces, si yo tomo, por ejemplo, un balde o cubeta y meto ahí lo del año, el agua del año y le echo esa agua a esa planta hoy para decir: Bueno, ya no le vuelvo a echar agua este año. Maté la planta o, suponiendo que sobreviva ese insulto de agua, después se va a resecar.

Entonces, ¿qué es lo que hace crecer la planta? Lo que dice aquí: La ración a sus horas. Entonces es la mirada atenta, amorosa que tenemos que tener con las personas que están cerca. Uno tiene que mirar cuál es el paso que esta persona puede dar, este es el momento para que dé este paso. Entonces, se le da la ración de esa hora. O sea que ser administrador fiel y prudente es algo así como ser un jardinero. Es algo así como ser un médico, porque el médico tiene una tarea muy semejante, el médico también tiene que hacer lo mismo. Por eso, los médicos siempre dicen: esta pastilla cada ocho horas durante diez días. Eso es la ración a sus horas. El médico no hace una bola con todas las pastillas del mes y le dice: Tráguese esto. Sino que le dice: Esta pastillita ahora, esta pastillita dentro de 8 días. A mí me maravilla eso, nosotros aquí en Occidente lo llamamos providencia, providencia divina, que es ese dar a tiempo lo que se necesita. En la teología oriental prefieren la palabra economía, por eso se habla de la economía de la salvación.

Así como un síndico, procurador o el nombre que se le dé, tiene que pensar no en términos de un día: Bueno, hermanitas, hoy nos comimos la carne del mes. Eso no puede ser, eso tiene que ir poco a poco, se va dando de manera que alcance. Entonces, nosotros tenemos que aprender a ser buenos administradores, buenos médicos, buenos jardineros, con nosotros mismos y con los hermanos. Fíjate qué expresión tan amorosa la de Cristo y qué espera de nosotros. O míralo de esta otra manera, tú te imaginas lo que sería una comunidad donde todas, una comunidad de religiosas donde todas se consideran como jardineras, jardineras de su propia viña, diría Catalina, y de la viña del prójimo. Eso quiere decir, donde cada una está atenta de cuál es el bien que puede estar necesitando la otra y cuando lo necesita.

Si uno reúne toda el agua del año en un recipiente y, entre cuatro forzudos, le echa toda esa agua a la pobre planta, la acaba. Pero sabe que eso es lo que nosotros hacemos a veces con la gente, nosotros vamos acumulando el agua. ¿Cuál es el agua que acumulamos? Los defectos que le vamos viendo a la otra persona. Vamos acumulando, vamos acumulando, seguimos acumulando, está llenísimo y cuando ya no nos aguantamos, cataplum, explotamos. Y ahora sí le voy a decir todo, entonces echamos toda el agua del año, nuestra manera de corregir muchas veces es esa. La corrección fraterna de la que nos habla Cristo en otro pasaje, es parte de esto. La corrección fraterna es la palabra que hay que decir, en el momento que hay que decirla, sin estar acumulando, porque la corrección fraterna no es un acto de desahogo frente a todo lo que me fastidia de ti.

Hermanita, quiero hablarte. Claro ¿qué me quieres decir? Mira, llevo dos años acumulando cosas. Estoy a punto de explotarme. Ya me salen letreros. Entonces, hoy te voy a soltar todo, hoy me voy a desahogar. Es decir, prepárate, porque te voy a dar un regaño de siete suelas, es decir, hoy voy a sacar todo, todo lo que tengo adentro. Por supuesto que eso no construye, sino que eso lo que hace es aplastar, destruir, devastar a la otra persona. Por eso es tan importante lo que dice aquí, la ración a sus horas, la ración a sus horas. Una gran educadora, María Magdalena Patzi, decía eso a sus religiosas, les decía: Ustedes no corrijan para desahogarse ustedes, ustedes no corrijan porque están bravas, ustedes no corrijan porque ya no se aguantan más. El acto de la corrección, ella se refería a corregir a las alumnas, el acto de la corrección a una alumna es un acto de amor y es un acto de providencia y es un acto de economía de salvación.

Entonces, uno no realiza la corrección fraterna porque uno está centrado en sí mismo. Uno realiza la corrección fraterna porque busca el bien de la otra persona. ¿Qué pudiera yo decirle a esta persona que construya? ¿Cómo puedo hacer para construir en la vida de esta persona? Por supuesto, esto vale no solamente para nuestros hermanos o hermanas de comunidad. Uno tiene que preguntarse qué procesos se está llevando uno con la gente, con los laicos, con los seglares. Yo qué proceso llevo, a ver, con estos profesores, yo qué proceso llevo. Y si me permiten un pequeño recuerdo personal, fue una de las cosas que yo noté y admiré en Madre Edith de la Cruz, esa conciencia de que hay que llevar un proceso con las personas y concretamente, también con los seglares. Si nosotros no llevamos un proceso de crecimiento en la fe con nuestros seglares, estamos criando cuervos que un día nos sacan los ojos.

Uno tiene que cuidar la relación con los seglares de modo que ellos estén creciendo en la fe, porque tarde o temprano los seglares se van a dar cuenta no solo de nuestras virtudes, sino también de nuestros defectos y seguramente se van a escandalizar. El día en el que aparezcan de cuerpo entero nuestros defectos y problemas ante los ojos de un seglar, si ese hombre o mujer no está lleno de la fe, si ese hombre o mujer no está crecido y cultivado en la fe, se convierte en nuestro peor enemigo. Entonces, realmente la tarea que nos toca es tarea de jardineros, pero con todos.

Y uno tiene que preguntarse si estoy por allá en las cocinas humildes del sub-sótano de la casa de piedra perdida pasando la porra, si estoy por allá en el sub-sótano y tengo únicamente tres personas a mi cargo, una señora que no sabe dónde está parada, otra señora que vive sentada. Pues esas señoras son mi jardín, ese es mi jardín. Entonces, yo tengo que mirar a esas señoras como mi jardín y tengo que llevar un proceso de fe con ellas. A ver cómo se puede ayudar a estas señoras, cómo se puede ayudar a esta hermana, cómo se puede ayudar a este padre de familia. Y ahí vamos llevando el proceso. Llevar procesos, cuidar, cultivar a las personas, irlas, irlas llevando. Decía San Agustín: Dios que habita en ustedes, a través de ustedes los va a cuidar. Entonces, nosotros vamos cuidando ese proceso, vamos cuidando.

¿Qué pasa cuando uno no es administrador fiel y prudente? Jesús dice. Uno siempre piensa que a Dios no le importa lo que uno está haciendo, mi amo tarda en llegar, empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas. Estas traducciones españolas, a los mozos y a las muchachas, empieza a pegarles. ¿A qué se refiere con este pegarles? Se refiere a los abusos. El que no tiene conciencia de que las almas son de Cristo abusa de la gente. No será que literalmente uno le esté golpeando, aunque habrá otros que sí, pero aquí no se trata tanto, no lo interpretemos de esa manera necesariamente física.

Uno está pegándole a la gente cuando la está humillando, cuando la está maltratando, cuando la está escandalizando, empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas. Y uno piensa: Eso Dios ni se enterará, yo estoy por aquí, aquí quién sabrá lo que yo hago, aquí nadie sabe, aquí yo soy dueño y señor. Ve, ya se creyó dueño, ya se le olvidó que era administrador. Empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas. A comer y a beber, eso ¿a qué se refiere, a que echa uno a engordar? Algunas veces sí. Pero, sabe a qué se refiere, sobre todo, a que uno está buscando únicamente su propio provecho, lo que dice el famoso sermón sobre los pastores en Ezequiel, el que deja de ser administrador empieza a pensar en su propio provecho únicamente.

Entonces, características del mal administrador, abusa de la gente, piensa únicamente en su propio provecho. ¿Qué le va a suceder? Llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá. ¿Cómo es esa visita de Cristo? Bueno, tiene distintos aspectos. Por supuesto, el Señor se refiere aquí a la visita definitiva, a las cuentas que hay que presentar al final de toda vida. Pero la verdad es que Cristo nos visita de muchas formas. Bueno, ahora que hemos aprendido esto o lo hemos repasado, creo que ahora tenemos mayor responsabilidad, entendamos lo que esto significa. Porque dice Jesús: «Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá». Nosotros en misa, prácticamente todos los días, salvo excepción grave, con la liturgia de las horas, salmos, textos bíblicos, lecturas patrísticas, lectura espiritual, retiros, confesiones, Jesús Santo, cuánto hemos recibido.

«Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá», cuánto hemos recibido nosotros, realmente debemos tomar conciencia de eso, de lo que hemos recibido, no para entrar en pánico, como Lutero, que entraba en pánico pensando en el juicio de Dios, no para entrar en pánico, sino para entrar en agradecimiento y para entrar en conversión. Hay que tomar conciencia: Yo salgo de este retiro, yo vuelvo a mi casa, pero vuelvo a mi casa como jardinero del amor divino. Yo vuelvo a mi casa como jardinera, dirán ustedes, vuelvo como jardinera con una conciencia, tengo que ayudar a cultivar procesos, tengo que dar la razón a las obras, no puedo simplemente desahogarme: Mire, hermana, es que usted ya me tiene hasta aquí. O espere, hasta aquí, mejor le digo. No es a desahogarme, es a cultivar, es a cultivar, es a cuidar.

Qué importante que sepamos que todos tenemos el hermoso deber de cuidar unos a otros. Me parece que estamos delegando, hablo por mi provincia y hablo por mi país, que por supuesto, es lo que más conozco. Estamos delegando demasiado el deber de cuidar únicamente en los superiores y en los provinciales. Eso que lo resuelva el provincial, eso que lo resuelva el superior, eso que lo resuelva el obispo. Y no, no, tenemos el deber de cuidar, hay que cuidar unos con otros. Y ese cuidado, llamémoslo horizontal, amoroso, fraterno, es el que suele hacer más bien. ¿Por qué? Porque la persona que viene de arriba con autoridad, el obispo, el provincial, el no sé qué, es una persona que se va a encontrar con muros de prejuicios, con muros de miedo, con muros de mentiras. Eso, los pobres provinciales es tratando de ver aquí qué se hace, entre tanta mentira, qué se hace.

Es terrible la vida de los pobres provinciales, como a mí me han elegido dos veces para Consejo de Provincia, entonces yo he visto de cerca esa pobre gente, eso da es pesar. El provincial no puede hacer muchas cosas, porque el provincial se enfrenta con una muralla, muchas veces, y la gente trata de esconderse y que no me vean y que no me conozcan y que no sepan, tapen, tapen. Por eso, este deber del cuidado horizontal, ese deber de ser jardineros unos con otros, es indispensable, porque los superiores y provinciales, los prelados y obispos, muchas cosas no pueden hacer, no pueden hacer. Por eso tenemos que llenarnos de este amor y que en eso, la intercesión del gran Juan Pablo II nos inspire y nos dirija.

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