Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Aquello que liberó de soberbia y odio el corazón de Pablo es paradigma de lo que hace Cristo y cómo logra realizarlo.

Homilía o293003a, predicada en 20101024, con 27 min. y 16 seg.

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Transcripción:

Situémonos en el mundo del apóstol Pablo, él ha crecido en medio de los paganos, de familia judía. Su formación, su crianza han dejado vivamente impresa en el alma una certeza, que su raza es la raza elegida, su pueblo es el que Dios ha separado. Una existencia un poco extraña para nuestra comprensión, porque durante toda su vida, este hombre es y no es parte de su entorno.

Sabemos que tiene la ciudadanía romana, que habla con fluidez el griego, que era la lengua franca en esa época, en el Mediterráneo. Pero su corazón y su mente son hebreos, los pensamientos que se revuelven en su mente son los propios de las Escrituras. Es como si su cuerpo estuviera en medio de paganos y su alma habitara en Jerusalén. Y, de hecho, una parte importante de su formación, seguramente, sucedió en Jerusalén, a los pies de Gamaliel, como él mismo dice.

¿Cuál es el pensamiento central que ha quedado instalado en ese corazón y en esa mente? Que los gentiles son indignos, que están excluidos, que su manera de vivir es perversa, conduce a la ruina y lo único que revela es la justicia de Dios. Él ha sido educado en esa convicción y la ha abrazado con toda el alma. Es decir, que Pablo ha llevado una vida, repito, extraña, porque no solo es ser distinto de los demás, sino que es vivir con la convicción de que esos, los demás, únicamente están en esta tierra para demostrar cómo no se hacen las cosas, para demostrar cómo sobre ellos pesa la condenación.

Por hacer una comparación un poco ridícula, tal vez, es como ir en un gran barco, quizás un crucero y llevar uno el salvavidas, el chaleco salvavidas, saber que el barco se va a hundir y ver que nadie más tiene con qué salvarse, es estar en medio y a la vez rechazar. Así vive Pablo, porque así viven también y así piensan también la mayor parte de los judíos de ese tiempo. Y según me explicaba alguien, igual siguen pensando, los judíos, por lo menos los ortodoxos y ultra-ortodoxos de nuestra época. Es estar en medio del mundo, pero un mundo que más bien se desprecia, se utiliza, pero se mira desde una gran distancia.

Y destaco todo esto para que nos demos cuenta cuál es el salto intelectual, emocional que ha tenido que dar Pablo de Tarso para llegar a decir esta frase: A mí, el más insignificante, se me ha dado esta gracia, y la llama gracia, anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo. Para él la revelación de que Dios tiene una palabra de compasión, una palabra de salvación hacia los demás pueblos, los no elegidos, que es como decir los excluidos. Para él eso no es nada menos que la revelación del gran misterio, dice: el misterio que no había sido manifestado en otros tiempos. También los gentiles son coherederos. Imagínate lo que es beber con la leche materna y luego crecer y criarse con la convicción de que los demás son unos malditos que no entienden nada, que están destinados a la corrupción. Y luego poder decir esta frase: No, para ellos también es el Mesías. Ellos son coherederos, es decir, ellos heredan con nosotros y todos heredamos con Cristo.

Entre otras cosas, esa palabra coheredero, es bien importante en la teología de San Pablo. El que hereda con Cristo, el que recibe la misma herencia de Cristo y herencia tienen los hijos, no los siervos ni los empleados, son los hijos los que heredan. Y tener herencia es tener participación en el nombre y los bienes de la familia y, cuando se trata de Cristo, el nombre y los bienes de la familia son el nombre y la vida misma de Dios. Qué salto intelectual, qué peregrinación interior tan fuerte la que ha tenido este hombre hasta llegar a decir: Los gentiles son coherederos, son miembros del mismo cuerpo, son partícipes de la promesa en Cristo a través del Evangelio.

Es muy difícil para nosotros percibir algo así, quizás una manera de imaginarlo sea la siguiente. Sabemos que las pretensiones de ese hombre perverso y medio loco, Adolfo Hitler, pues cayeron por tierra. Pero imagínate que las cosas hubieran sido de otro modo, imagínate que el régimen nazi se hubiera impuesto sobre Europa y medio mundo. Imagínate una Europa bajo el nazismo por décadas. Podemos suponer que en tales circunstancias no faltarían almas heroicas que hubieran permanecido en la fe y que hubieran permanecido en la convicción del Dios bueno. Pero todo alrededor de esas familias o de esas personas hablaría de la opresión nazi. Eso era lo que sentían los judíos en esta época.

Ellos se sentían espantosa y asquerosamente rodeados de lo pagano por todas partes. Por todos lados la maldita águila imperial esa de los romanos, por todas partes los centuriones blasfemando, por todas partes la arrogancia del Imperio, por todas partes las costumbres sucias de esos invasores y usurpadores, por todas partes la clase de pecados más reprobados por la ley, incluyendo las distintas formas de perversión sexual. Y así crecían estos judíos en pequeñas colonias, encerrados, mitad asustados, mitad indignados, protegiéndose entre ellos, recitando salmos, musitando la promesa y odiando, muchas veces en su corazón, porque no hay otra palabra, a esa gente que les asfixiaba y que parecía desmentir lo que ellos más amaban.

Así creció Pablo, ese fue su corazón, esa fue su vida, y tener que juntarse con esa calaña en cualquier viaje, en cualquier compra, en el mercado, en los barcos, en todas partes, sin que se pronuncie nunca el nombre de Dios y donde solo se exaltan los ídolos y donde solo se endiosa lo que es más detestable para el judío. Por eso digo, se parece a ese caso, gracias a Dios nunca sucedido, de una Europa bajo dominio nazi, pero por décadas. Y tener que encontrarte la cruz nazi por todas partes y la imposición de su lengua y la imposición de sus instituciones, y el desprecio y los insultos, y tú en tu casa oyendo otra cosa y así toda tu vida.

Qué ha tenido que pasar, qué ha tenido que suceder en el corazón de Pablo para que él pueda decir lo siguiente: «A mí, el más insignificante, se me ha dado esta gracia. El misterio de Cristo, que no había sido manifestado en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas». Por eso Pablo, en esta misma carta a los Efesios, habla de una muralla de odio, qué tal esa palabra, es que eso es fuerte. Por supuesto, no era una muralla física, como decir el Muro de Berlín, era una muralla psicológica. Era la manera como la madre le hablaba a su bebé, a su crío antes de que éste pudiera hablar, ya la mamá le enseñaba las primeras bendiciones y las primeras maldiciones, que sintiera fastidio, es que se bebía con la leche materna.

Qué ha tenido que pasar en ese corazón, hasta qué profundidad de cimiento, cuántos metros bajo tierra ha tenido que llegar la acción de Dios hasta desencajar esa muralla y derribarla. Y de eso es de lo que nos habla Pablo en la carta a los Efesios. Lo escuchábamos ya en la lectura de ayer, donde dice: Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, judíos y gentiles, Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa. Por tratar de ayudar la imaginación volvamos a la Europa bajo dominio nazi, volvamos a eso. Imagínate que en tales circunstancias alguien llegara a decir: Oye, pues si, estos, estos nazis, también los ama a Dios.

«Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su cuerpo, el muro que los separaba». Cuál es el odio, en eso lo educaron a él: Ten bien sabido y entendido, Saulo, ten entendido que son unos malditos, entiéndelo, entiéndelo. Eso es lo que él ha recibido de su padre y de su madre, de sus amigos, de sus parientes, de sus maestros en la ley: Entiende que todos esos son unos malditos, que no hay esperanza para ellos, que no pueden esperar nada, que no pretendan esperar nada sino la ira de Dios. Ese es el mensaje que Él ha recibido el odio.

Y llegar este hombre a decir: No, no, no, no, son coherederos, somos miembros de un mismo cuerpo con ellos. Es una cosa simplemente maravillosa, es una demostración palpable de la profundidad a la que puede llegar el amor en una vida. Yo solamente me pregunto, porque no tengo una experiencia de odio como esta, ni la extraño ni la quiero. Pero yo solamente me pregunto y me maravillo hasta qué profundidad tuvo que llegar el amor, para sacar de cuajo esa muralla de odio, para derribar semejante, semejante construcción instalada desde las primeras semanas de vida en el corazón judío.

Y hasta allá llegó el amor y hasta allá llegó también la luz, porque si miramos otros escritos de Pablo, singularmente la carta a los Romanos, pues tomemos los capítulos 1 y 2 de Romanos, y qué son. Capítulo 1, las miserias del mundo pagano las tenía clarísimas Pablo. La idolatría, la perversión, la corrupción. Uy, esa lista que está en el capítulo primero de la Carta a los Romanos es hay que repasarla, entre otras cosas porque se lee demasiado poco, y es útil leerla ahora que parece que el mundo quiere volver sus ojos y su corazón hacia el paganismo. Estamos en unos tiempos que toca llamar de neopaganismo. Pablo lo tenía clarísimo, la lista de las miserias y desgracias del mundo pagano. Lo sorprendente no es eso, lo sorprendente es el capítulo segundo de la Carta a los Romanos, donde muestra la lista de miserias de su propio pueblo. Hace la lista, fundamentalmente una lista de hipocresías: Conoces lo que agrada a Dios, pero no lo sigues y conoces lo que desagrada a Dios y lo haces.

Así que el amor puede llegar hasta esas profundidades, hasta allá puede llegar el amor. Y ¿por qué caminos, por qué vericuetos se mete el amor para sacar de su raíz el odio? Los caminos por los que el amor desciende son los caminos de la verdad y de la humildad. Esa también es la lección que aprendemos de la carta a los Romanos. Precisamente, ese pueblo judío, cuando se sacude su arrogancia, se descubre infinitamente en deuda, pero en deuda que no puede pagar, deuda de amor de imposible pago, porque lo que ha ido acumulando frente a Dios no son méritos, sino incoherencias, hipocresías, engaños, altanería. Entonces, es el camino de la verdad, es el camino de la humildad el que, finalmente, llega hasta esa hondura, donde luego el impacto del amor dinamita para siempre la muralla del odio, la verdad y el amor.

Qué tal que uno, por ejemplo, en un retiro espiritual, pudiera encontrar esos pasadizos, pudiera encontrar esos caminos subterráneos que llegan a lo más hondo de las murallas que uno tiene, porque si uno no tuviera murallas, en tal comunión con Dios viviría, que otros serían los frutos. Qué tal que la verdad, qué tal que los caminos de la verdad, también en el corazón mío y en el tuyo pudieran descender así de hondo, y pudieran llegar a esas profundidades, a esas raíces donde empiezan los engaños, porque eso fue lo que le pasó a Pablo.

La conversión de Pablo en esta materia no es cosa tan extraña tampoco, realmente lo que le sucedió es bien entendible. A la luz impresionante, avasalladora, del amor de Cristo, a esa luz o ante esa luz, aparece el pecado, el pecado judío, el pecado de raza, ahí aparece. Y cuando aparece ese pecado, y cuando aparece tal miseria, entonces se deja de mirar al gentil como si fuera una especie de repugnante extraterrestre. Es decir, antes de encontrar la comunión en el amor, hay que descubrir la comunión en la miseria.

Cuando la verdad le va obligando a uno a descender, y cuando uno baja y se da cuenta de esas miserias hondas, no las de superficie, sino las miserias hondas, las infidelidades profundas, no las bobadas, las tonterías de superficie, no, las miserias y las incoherencias profundas. Ese no que uno también le ha dicho a Cristo, pero se lo ha dicho con elegancia, con disimulo. Cuando uno descubre esas miserias, entonces descubre en el sótano de las miserias que ahí estamos todos, judíos y gentiles, europeos, americanos y de todas las razas y mayores y menores y jóvenes, ahí estamos todos, y seglares y laicos y curas y más de un obispo, ahí estamos todos. Y cuando nos descubrimos hermanos, en esa miseria, vemos que hay una sola estrella que nos alumbra, una sola luz que levanta nuestra esperanza, y entonces, nos descubrimos todos uno solo en Cristo. Eso fue lo que le pasó a Pablo.

Yo digo, si eso le pasa a uno en un retiro espiritual, si en un retiro espiritual uno pudiera bajar a esos sótanos, es de las cosas que le fascina al visitante cuando camina por tierras de tan antigua historia que hay sótanos y sótanos. Me acuerdo la fascinación con que mis amigos irlandeses contaban de las excavaciones en la Basílica de San Clemente, en Roma. Empezaron a hacer investigación y a bajar y a bajar. Y de pronto con sorpresa: Oye, es que abajo de esta basílica hay otra. Y entonces otro investigador dice: Y esto no para aquí, espérate, vamos a excavar más. Encontraron construcción del primer milenio de no sé qué siglo. O sea que debajo de la construcción actual hay otra iglesia y debajo de esa todavía otra. Qué tal que uno en un buen retiro espiritual, uno pudiera bajar a esas profundidades y encontrar dónde empieza el engaño, encontrar dónde están las mentiras de fondo, no las de superficie.

Destaco esto porque, a veces, uno en la confesión como que solo ve cositas de superficie, pero hay unas, hay unas piedras, hay unos peñones gigantescos que están allá metidos. Qué tal que se pudiera bajar hasta allá y decir, aquí es donde está la mentira. Y luego sentir como el poder de Cristo arranca ese muro. Eso fue lo que le pasó a Pablo, así preparó Dios el corazón de Pablo para que él pudiera ser, como le llamamos, el apóstol de los gentiles.

Bueno, pues, ¿qué vamos a hacer? Vamos a pedirle al Señor que su amor, guiado por la verdad y su verdad, revestida de ese amor, baje, baje, baje profundamente hasta el segundo y tercer y quinto estrato que baje y que, allá en lo hondo, haga su obra, para que también nosotros podamos anunciar a los demás, como dice el texto, la insondable riqueza que es Cristo. Se me ha dado esta gracia, dice Pablo, cuando ya llegó el Señor y arrancó ese odio, se me ha dado esta gracia, anunciar la riqueza insondable que es Cristo. Que venga el Señor a nosotros, que haga una obra semejante, que Él la puede hacer una y mil veces, que haga una obra semejante, para que también nosotros, con cada mirada, con cada salmo, con cada sonrisa, con cada plegaria, anunciemos la riqueza insondable que es Cristo.

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