Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Entre los tesoros que hemos de administrar con sabiduría está el regalo de poder creer.

Homilía o293002a, predicada en 20121024, con 3 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Dos cosas hermosas e importantes nos enseña Jesucristo en el pasaje de hoy, está tomado como en los días anteriores de San Lucas. Es este evangelista el que nos acompaña en la parte final del año litúrgico para las misas de entresemana. Nos enseña Jesucristo en este pasaje, en primer lugar, que nuestro verdadero nombre no es el de dueños de las cosas, sino simplemente administradores.

Y administrar no significa simplemente que no soy el dueño. Administrar significa que tengo que poner al servicio de otros aquello que me ha sido encomendado. La palabra ministro viene del latín «minister», que quiere decir el que sirve. De manera que administrar es poner al servicio. Y la traducción administradores, es una buena traducción para indicar lo que cada uno de nosotros está llamado a hacer con esos dones, con esos talentos, con esos regalos que Dios nos ha dado. Así que somos administradores.

Pero además, y esta es la segunda enseñanza, Cristo nos muestra que lo que se ha puesto bajo nuestro cuidado cambia de una persona a otra. La frase que debe quedar bien grabada en nuestra mente es: Al que mucho se le da, mucho se le exige. Y esto yo creo que tiene que hacernos pensar, porque, por ejemplo, significa que cuando nosotros hemos recibido el Evangelio de salvación, el solo hecho de conocer a Cristo es una riqueza tan grande, una riqueza que no han recibido muchísimos seres humanos. De hecho, más de la mitad, quizás unas tres cuartas partes, unas cuatro quintas partes de la humanidad no han aceptado a Jesucristo, en buena parte porque quizás no ha sido presentado ante ellos de la mejor manera, con el mejor testimonio, con la palabra más eficaz.

Nosotros, en cambio, sí le conocemos. ¿Qué hemos hecho del tesoro de nuestra fe? ¿Qué hemos hecho del Cristo que hemos recibido? Es una gran pregunta, es una dura pregunta y no la debemos esquivar. Nuestra fe, ese tesoro maravilloso, no llegó a nosotros para morir en nuestras manos. El nombre de Cristo no llegó a nuestros oídos para morir en nuestro recuerdo. El nombre de Cristo llegó a nosotros para seguir su camino, para seguir su obra. Si llegó a tus oídos, es para salir por tu boca. Si llegó a tu corazón, es para salir a través de las obras de tus manos. Si llegó a tu familia es para que de tu familia salgan vocaciones santas, santas para el servicio, por ejemplo, en la vida religiosa o, por ejemplo, en el sacerdocio.

Qué hemos hecho con la fe que ha llegado a nuestras familias, con la fe que ha llegado a nuestros corazones, con la fe que ha llegado a nuestros oídos. No hace mucho hemos empezado el año de la fe, estas preguntas son importantes, estas preguntas nos conciernen a todos. ¿Qué estamos haciendo con ese tesoro del cual somos administradores?

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