Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Para derribar los muros de polarización y de división absurda Jesús nos ayuda a ver nuestros propios pecados y a la vez nos lleva a la experiencia de su amor inmerecido que nos hace nuevos.

Homilía o292010a, predicada en 20241022, con 7 min. y 10 seg.

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Transcripción:

Hermanos. El título de esta homilía podría ser la respuesta de Dios a un mundo polarizado. Creo que es un tema de absoluta actualidad. Polarización quiere decir aferrarse uno a un polo, es decir, a un eje, hasta el punto de no reconocer la validez, no reconocer ninguna verdad, ninguna autoridad en lo que otros piensan. La polarización, por ejemplo, en política, es sentir que mi partido o mi líder tiene todo lo bueno y los demás partidos y sobre todo el de la oposición o el contrario, tiene todo lo malo. Eso es polarización. Polarización en la Iglesia significa que los que piensan como yo, los de mi grupo, realmente somos los fieles y somos los que hemos entendido el Evangelio y los demás no han entendido nada y los demás son solo herejía y son solo apostasía y son solo pecado. Uno puede tener posiciones distintas y uno puede tener posiciones incluso opuestas. Pero cuando uno no está dispuesto a admitir nada del otro grupo, de la otra persona, entonces hay polarización.

Y observemos que la polarización no solo sucede en los niveles macro, también por ejemplo, en los matrimonios se puede dar. También en los matrimonios encontramos que cuando las cosas realmente se dañan, pues se utiliza también ese lenguaje, ese lenguaje de tú todo lo haces mal, esto se ha dañado y tú eres la única culpable o tú eres el único culpable. Ese lenguaje es un lenguaje también de polarización. La verdad es que nosotros los seres humanos tenemos esta tendencia a la polarización y tenemos esta tendencia fundamentalmente porque adentro, muy adentro de nosotros nos sentimos frágiles y polarizarse, tomar esa posición muchas veces fanática, que no admite nada bueno en los demás, es como un modo de intentar sentirse fuerte, es intentar sentir que yo tengo toda la verdad y que por consiguiente yo soy fuerte. Es intentar sentir que yo estoy del lado de los buenos y por consiguiente nada malo me puede suceder.

Es un fenómeno psicológico bien interesante que en la Biblia está asociado con lo que significa la palabra carne. La carne es eso, la carne en una de sus dimensiones, porque tiene varias, en una de sus dimensiones es una experiencia de fragilidad que busca abrigo, no solamente abrigo físico, porque tengo frío, por ejemplo, sino el abrigo emocional de estar con otros, de sentirme bien con otros, de sentirme fuerte al lado de otros, la carne. Entonces, en un mundo polarizado, ¿qué tiene que decirnos el Evangelio? Y ahí es donde entra el texto de hoy. El texto de hoy es absolutamente precioso, porque en el tiempo de San Pablo, una de las polarizaciones, una de las divisiones más dolorosas, indudablemente era la división entre los judíos y los no judíos. A los no judíos a veces la Biblia los llama los griegos, a veces los llama los paganos, a veces los llama los gentiles, es decir, las personas que no pertenecían al pueblo elegido. Y es impresionante toda la arrogancia mezclada de miedo que había en aquellos judíos. Arrogancia que les hacía sentir que todo el mundo pagano estaba condenado a la perdición, estaba condenado a la destrucción.

Y mira las palabras que nos trae Pablo en este hermoso texto, el Capítulo Segundo de la carta a los Efesios. Les está hablando básicamente a paganos que se han convertido al cristianismo, y les dice Cristo ha derribado el muro, ese muro que es una mezcla de orgullo, dureza, indiferencia y miedo. Ese muro que es el muro de la polarización, ese muro lo ha destruido Cristo. Y lo más hermoso es ver cómo Cristo logra esa destrucción. Y de todo lo que pudiéramos decir, déjame concentrarme en dos puntos. Primero, Cristo destruye la polarización cuando nos ayuda a que cada uno de nosotros mire sus propios pecados. La Cruz Santísima de nuestro Señor Jesucristo. La Cruz que en las llagas del Señor, si las miro atentamente, me deja ver mis llagas, mis heridas, mis carencias, pero sobre todo y por encima de todo, mis pecados. Cuando cada uno empieza a mirar sus pecados, empieza a sentir que ya hay algo que me une, incluso con mi peor enemigo. Y es que ambos somos pecadores y por lo tanto ambos somos necesitados y por lo tanto ambos podemos encontrarnos a los pies de Cristo.

Y lo segundo que trae Cristo para derribar los muros de polarización y de división absurda. Lo segundo que trae es una abundancia de amor, una experiencia de amor, de regalo, amor gratuito, amor inmerecido, amor que me cambia completamente, amor que me hace nuevo. Y en la medida en que ese amor sobreabundante me sana, me levanta, me llena de alegría, me llena de consuelo, pues estoy mucho más dispuesto también a acoger a los que necesitan amor. En un mundo polarizado donde hay guerras tan dolorosas como todo esto que sucede entre Israel y Palestina y lo que sucede entre Rusia y Ucrania y lo que está sucediendo en Sudán del Sur. Todas estas realidades de guerra y muchos otros combates que ni siquiera tienen nombre, pero que están destruyendo seres humanos. Todo eso tiene que volver sus ojos a Cristo. Hoy más que nunca, entendiendo lo que es la redención, tenemos que repetir las palabras de Pablo. Él, Jesucristo, Él es nuestra paz. Amén.

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