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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los judíos tenían la riqueza de la revelación pero la pobreza de su arrogancia y egoísmo; los no judíos tenían la riqueza de su hambre de Dios pero la pobreza de una vida a menudo viciosa. De unos y otros, Cristo ha creado un hombre nuevo, que reúne la riqueza de los judíos y de los no judíos.
Homilía o292009a, predicada en 20201020, con 11 min. y 1 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos. Las cartas a los Efesios y a los Colosenses son cartas hermanas, hasta el punto de que al final de una de ellas dice el Apóstol San Pablo pasen esta carta. Eso lo dice a los de Colosas. Pasen esta carta a los de la Odisea, la región donde quedaba Éfeso. Y díganles a ellos que les pasen su carta. Ese es un motivo para considerarlas como cartas hermanas. Otro motivo es que Cristo, por decirlo de alguna manera, ha ido creciendo en el corazón y en la mente de Pablo. Y así está también llamado a crecer en nosotros. Cristo empieza en la vida de Pablo como una luz que lo llama a la conversión. Y después, a medida que pasa el tiempo, Pablo va descubriendo a Cristo como Señor, no sólo de su vida, sino de Israel, como Señor de las naciones, como Señor del cosmos, como cabeza de la iglesia.
Hay una frase muy bonita del Padre Congar dice el Padre Congar. Qué significa aquello de anunciar el Evangelio a todas las naciones, lo sabremos cuando lo hayamos hecho. Esa frase indica que la Palabra de Dios va creciendo a medida que la Iglesia la va viviendo y la va practicando. Y sin duda eso le sucedió a Pablo. Cristo fue creciendo en su corazón y en su mente hasta llegar a esas frases absolutamente sublimes de la carta a los Colosenses. Cristo nos dice Pablo. Todo fue creado por Él y para Él, ya es el Cristo cósmico, es el Cristo que llena el universo. Es la razón de ser de la creación misma. Es muy hermoso meditar en esto de Pablo para darnos cuenta de que también nuestra experiencia de fe tiene que crecer indudablemente en las primeras fases. Nosotros nos fijamos mucho en lo emocional y está bien que sea así. Nos fijamos mucho en lo existencial y en lo personal. Pero Cristo tiene que ser Señor de la realidad social, del mundo, de la ciencia, del mundo de la cultura hasta llegar a llenar el universo entero.
Así que estas cartas son como meditaciones cristológicas absolutamente preciosas. Yo quiero destacar solo un elemento del texto que hemos leído hoy, que es del Capítulo Segundo de la Carta a los Efesios. Una de las contemplaciones de Pablo que cuando escribe estas cartas está preso. Eso también las hace hermanas. Se llaman cartas de la cautividad. Él está preso y es impresionante reflexionar en que este hombre, confinado físicamente de tal manera, sin embargo, vuela en su pensamiento más allá de las eras y de las fronteras de las naciones.
En este pasaje de hoy, Pablo nos dice o está expresando su pensamiento sobre dos palabras: la reconciliación y la edificación. La reconciliación entre los judíos y los no judíos, y la construcción o edificación de lo que él llama el hombre nuevo. Por supuesto, pocas personas como Pablo han vivido ese tremendo drama de lo que significa pertenecer a dos mundos. Pablo era culturalmente judío, pero civilmente romano. Conocía, por supuesto el hebreo y había estudiado las escrituras. Conocía sin duda el griego y muy posiblemente el latín también. Así que Pablo estaba como a caballo entre el mundo judío y el mundo no judío. Dos mundos antagónicos, dos mundos marcados por el odio y el desprecio mutuo. Los judíos despertaban lo peor de su desprecio contra los paganos, a quienes veían como depravados, inferiores moralmente, idólatras y necios. Los paganos miraban con desconfianza a los judíos, a los que veían como exóticos, arrogantes y taimados. Y en ese doble desprecio se había creado lo que Pablo llama un muro de odio.
¿Cómo se derribó ese muro de odio? lo derribó Cristo ¿Cuándo lo derribó Cristo? con su cruz ¿Cómo lo derribó Cristo? Acercándonos al misterio de su amor en la cruz. Frente a la cruz, cada uno se reconoce pecador. Frente a la cruz, cada uno se reconoce necesitado. Frente a la cruz, cada uno puede decir, de los demás que estamos ahí alrededor de la cruz, cada uno puede decir este también es pecador, también es necesitado, pero también ha sido amado. Por eso la cruz es la que nos hace hermanos. La gran fraternidad surge únicamente en la cruz, porque es donde los obstáculos, las murallas de odio caen. Es un mensaje precioso el que nos da Pablo ahí. Esa es la reconciliación. Por eso la palabra paz aparece varias veces en este pasaje.
Pero luego está la otra palabra, que es la palabra edificación. No es solo que se reconcilien judíos y no judíos, lo cual Pablo veía realizarse en las comunidades cristianas. Una comunidad cristiana es un lugar de reconciliación. Es el lugar donde los muros de odio caen. Pero no basta la reconciliación. Es necesario que se pueda hacer un hombre nuevo. Y ese hombre nuevo ¿en qué consiste? Pues hay un modo muy bonito de resumirlo. Los judíos tenían la riqueza de la revelación, pero la pobreza de la arrogancia con que despreciaban a los otros. En los judíos había una riqueza y una pobreza. La riqueza es la revelación de Dios. Es un tema que Pablo desarrolla en los Capítulos del Nueve al Once de la Carta a los Romanos. Cómo las promesas de Dios son irreversibles y por eso dice Pablo de ellos, de los judíos, son las promesas. El judío tiene la riqueza de la revelación, pero tiene la pobreza de esa arrogancia y de ese egoísmo que hace que se cierre sobre sí mismo, negando el mandato de Dios que dice: Te haré luz de las naciones para que mi salvación llegue al confín de la tierra. Entonces el judío tiene riqueza y pobreza, riqueza de revelación y pobreza de egoísmo y arrogancia.
El pagano también tiene una riqueza. La riqueza de reconocer su miseria, la riqueza de reconocer su necesidad. Pablo, que había recorrido toda esa zona de lo que hoy es Turquía del Asia Menor, veía cómo se abrían con ansia los corazones de los paganos, como diciendo predícanos, como aquel macedonio del sueño predícanos, predícanos. Tienen esa hambre, tienen la riqueza del hambre, pero tienen una pobreza, la pobreza de sus costumbres, muchas veces sucias, depravadas. Eso no es un invento. En el Capítulo Primero de la Carta a los Romanos, Pablo hace un pequeño elenco de lo que era la corrupción del mundo pagano. Una descripción que es muy triste. Entonces, fíjate cómo los judíos tenían riqueza y pobreza y los paganos tenían riqueza y pobreza. Repito. Los judíos tenían la riqueza de la revelación y la pobreza de su arrogancia y egoísmo. Los paganos tenían la riqueza de un hambre insaciable de Dios, pero tenían la pobreza de sus vidas, en buena parte degeneradas, depravadas.
Entonces, ¿cómo es el hombre nuevo? esta es la parte más hermosa. ¿Cómo es el hombre nuevo que hace Cristo? El hombre nuevo que hace Cristo es tomar la riqueza de unos y la riqueza de otros y vencer la pobreza de uno y otro. Vencer la pobreza significa que nosotros nos guardemos de la arrogancia, que nos guardemos del egoísmo y que nos guardemos de una vida sucia y depravada. Esas son las pobrezas reunidas de judíos y no judíos. Pero el hombre nuevo se constituye con las riquezas. La riqueza es la revelación que nos lleva al conocimiento de Dios. Y la riqueza es el hambre, el ansia, el deseo de estar más con Él. Entonces el hombre nuevo, que es lo que estamos llamados a hacer nosotros, debe siempre conocer a Dios y a la vez querer amarlo más, querer servirlo más, querer conocerlo mejor. Por eso decía nuestra amiga y hermana de Siena, decía, refiriéndose a Dios mismo al misterio de Dios. Uno te come y siente más hambre de ti. Que interceda Santa Catalina por su familia dominicana, para que en nosotros se unan esas dos riquezas, de manera que crezcamos en sabiduría, sin crecer en arrogancia y crezcamos en el deseo de Dios, sin dejarnos llevar por el pecado. Amén.

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