|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Sólo la Cruz de Cristo derribó el muro de odio es decir de arrogancia dureza y desprecio que separaba a unos pueblos de otros y unas personas de otras. Solo en su Cruz nace la fraternidad.
Homilía o292008a, predicada en 20201020, con 15 min. y 24 seg. 
Transcripción:
Hermanos, digamos alguna palabra sobre la carta a los Efesios. Desde hace varias semanas estamos con Escritos de San Pablo. Tuvimos varios días la carta a los Gálatas y ahora estamos con los Efesios. La carta a los Efesios es bastante más tranquila. Podemos decir que la carta a los Gálatas, a los Gálatas les escribe Pablo realmente en un estado de enojo por la traición a la fe en que estaban incurriendo o empezando a incurrir los Gálatas. La situación con los Efesios es mucho más tranquila. Éfeso es una ciudad que se encuentra situada en el noroccidente de la actual Turquía. Éfeso es una ciudad que tiene una tradición filosófica. Así, por ejemplo, tenemos a Heráclito. Heráclito de Éfeso. Éfeso es una ciudad que fue santuario del paganismo. Especialmente había un templo que era bastante famoso, un templo a la diosa griega llamada Artemisa. Es decir, Éfeso no tiene nada que ver con el pueblo judío. Seguramente había una colonia judía. Pero Éfeso es uno de esos baluartes del mundo griego antiguo, del mundo pagano, y sin embargo, es un lugar a donde ha llegado el mensaje cristiano.
Esto le permite a Pablo hacer una especie de meditación sobre lo que quiere decir el poder del Evangelio que llega por igual a los judíos y a los no judíos. Y en buena parte, la carta a los Efesios es eso, es una reflexión sobre cómo el Evangelio es buena noticia para todo el mundo. Para los judíos porque Dios, a través del Evangelio, les cumple las promesas que les había hecho en la antigüedad. y para los paganos, porque Dios, a través del Evangelio les muestra su misericordia. Es decir, como escuchamos en la lectura de hoy, aquellos que ni siquiera pertenecían al pueblo elegido, han alcanzado, o mejor, han sido alcanzados por la Buena Noticia. Y esto es sencillamente maravilloso. Esto es grandioso. Esto es lo que se llama una revelación de la misericordia.
Entonces, primera idea para guardar de este texto, que a través del Evangelio, a través de la gracia de Cristo, Dios ha mostrado fidelidad a los judíos y ha mostrado misericordia para los paganos. Debe tenerse en cuenta que cuando en la Biblia oímos hablar de los paganos, los gentiles, los no judíos, se está hablando de nosotros, mis hermanos, porque nosotros, la inmensa mayoría de nosotros, habrá excepciones, pero nosotros no venimos de familia ni de descendencia judía. Esto quiere decir que cuando en la Biblia se habla de los paganos, se está hablando de nosotros, está hablando de nuestro pasado. Y si hemos acabado de decir que Dios ha manifestado una inmensa misericordia al conceder el Evangelio también a los paganos, es para que apreciemos lo que Dios ha hecho con nosotros. Nosotros, tú y yo, no pertenecíamos al pueblo de la elección, y sin embargo, a nosotros nos ha llegado el brillo poderoso, el brillo portentoso del Evangelio. Y eso es algo que debemos tener en cuenta y agradecer.
Segundo punto. En este texto que hemos leído hoy, tomado del Capítulo Segundo de la Carta a los Efesios, Pablo nos hace ver la importancia del don de la paz. ¿Por qué habla de la paz? Porque las relaciones entre los judíos y otros pueblos eran muy malas. La verdad es que el pueblo judío, por distintas razones, ha tenido diversas tensiones a lo largo de su historia, incluso hasta nuestra época. Pero en aquel tiempo, en esta antigüedad, podemos decir que las relaciones eran pésimas. Verdaderas relaciones de odio. Por eso Pablo ha dicho que había una muralla de odio. Los judíos despreciaban a los paganos, o sea, a los no judíos, y los demás pueblos miraban con desconfianza y muchas veces podríamos decir con desprecio también a los mismos judíos. ¿Cuál es la raíz de esto? Los judíos se miraban a sí mismos como el pueblo elegido, el pueblo llamado a tener todas las bendiciones. Nosotros somos el pueblo bendito, el pueblo bendecido. Y hay un peligro cuando tú empiezas a decir que tú eres el pueblo bendecido, que tú eres el pueblo bendito. Es muy fácil caer en la tentación de decir que los demás pueblos son los no bendecidos y por consiguiente, son pueblos malditos.
Por otra parte, los judíos tenían un estándar, un nivel moral bastante alto, mientras que en muchísimos pueblos paganos el nivel moral era bastante pobre. ¿A qué nos referimos en concreto? En el pueblo judío nunca se utilizaron drogas o sustancias psicotrópicas en lo que tiene que ver con el culto. En Grecia y en otros lugares, si. La gente utilizaba, así como en las selvas del Amazonas, utilizan el yagé y cosas de esas que en ocasiones producen daños permanentes en el cerebro de las personas. Los griegos utilizaron sustancias de esas. O sea que la religión en parte era un poco como una especie de droga. En otros pueblos, no en el pueblo judío, existía la costumbre de desechar a los niños. El aborto no era tan frecuente porque el aborto usualmente terminaba en la muerte de la mujer. Pero lo que sí hacían era abandonar a los recién nacidos. Así, por ejemplo, en Roma, hace unos años, se encontró un depósito de huesos pequeñitos, huesos de recién nacidos. Haciendo las investigaciones, esos huesos estaban en una especie de cloaca antigua de la ciudad de Roma. Y esa cloaca estaba conectada con el prostíbulo más conocido de esa ciudad. Entendemos lo que sucedía. Las mujeres dedicadas a la prostitución, si quedaban embarazadas no se hacían abortos, repito, el aborto acababa en la muerte. Sino que concluían el embarazo, daban a luz y luego desechaban al niño, por ejemplo, tirándolo a la cloaca. Por eso hay esa cantidad de huesos de niños. Eso es lo que se llama exponer a los niños, es decir, abandonar a los recién nacidos. Ese tipo de costumbre salvaje nunca existió entre los judíos. Los sacrificios humanos nunca existieron entre los judíos. La práctica homosexual, tanto de hombres como de mujeres, fue relativamente frecuente en otros pueblos. En algunas ocasiones, los mismos papás entregaban a sus hijos a sus hijos varones para que fueran adiestrados sexualmente por esclavos que también eran varones. De manera que un cierto porcentaje, muy difícil saber cuál, de los antiguos romanos eran educados sexualmente en algo que era teoría y práctica y la práctica era la práctica homosexual. La homosexualidad no formaba parte. La práctica homosexual no tenía nada que ver con el pueblo judío y estaba condenada expresamente en la ley de Moisés. Y así podríamos dar otros ejemplos.
Entonces los judíos sentían que estaban como en una especie de superioridad moral y que desde esa superioridad moral tenían el derecho de despreciar a los demás pueblos que eran corruptos, lujuriosos, ebrios, orgiásticos, en fin, gente depravada. Por eso los judíos no querían mezclarse para nada con los paganos. Los paganos, por su parte, miraban a los judíos como gente rara y gente peligrosa. Gente en la que no se puede confiar. El recuerdo de lo que había sucedido, por ejemplo, en tiempos de los Macabeos, cuando los judíos organizaron todas estas guerrillas en contra del imperio helenístico. Ese recuerdo pesaba bastante. Judío significa que no se puede confiar en él. Judío significa que es extraño y es arrogante y es taimado. Entonces había desprecio también de los paganos hacia los judíos. Ahí nos damos cuenta de la situación antes de Cristo. Judíos que desprecian a los paganos. Paganos que desprecian a los judíos. Otro nombre que se da a los paganos es los gentiles o las naciones. Esas expresiones aluden a los no judíos.
¿Cómo cambian las cosas con Cristo? Es aquí donde tiene su importancia la palabra paz. Las cosas cambian radicalmente con Cristo, porque Cristo, nos dice Pablo, ha derribado con su cuerpo en la cruz el muro de odio que separaba a judíos y no judíos. ¿Y cuál es ese muro de odio? Pues ya lo hemos explicado. El mutuo desprecio y rechazo. La gran pregunta es ¿Cómo es que Cristo quita ese muro de odio? Y la respuesta es a través de la cruz. Pero ¿Cómo la cruz quita el muro de odio? Esa pregunta es importantísima, porque esa pregunta vale no solo para las disputas de aquella época, no solo para las tensiones y el odio de aquella época, sino vale también para nuestro tiempo. La cruz de Cristo elimina el odio, porque la cruz de Cristo elimina la arrogancia que nos hace despreciar a las otras personas por cualquier motivo que sea, incluyendo sus pecados pasados.
Vamos a explicarlo de esta manera. Ante la cruz de Cristo, uno termina descubriendo su miseria, su pecado y lo que no deja que se sanen las relaciones entre las personas, entre las razas, entre los pueblos. Lo que no permite que se sanen esas relaciones es precisamente la arrogancia. Ya hemos dicho, el judío se consideraba superior porque tenía una ley superior. Que la cumpliera es otra cosa. En Romanos Dos, San Pablo dice que la ley era superior, pero los judíos no. Entonces la arrogancia, esa tendencia tan humana de ver solo el defecto del otro, el creerme mejor y el encontrar todos los defectos en el otro, eso es lo que impide la reconciliación. Eso es lo que impide la paz. Eso es lo que impide la unidad. Pero cuando llega la cruz de Cristo, el que realmente se asoma al misterio de la cruz, termina descubriendo su propia necesidad, termina descubriendo su propio pecado. El judío, a los pies de la cruz puede descubrir su pecado, y el pagano a los pies de la cruz puede descubrir su pecado. Y siendo solidarios en el pecado. Después nos descubrimos solidarios en la salvación. Es decir, el mismo Cristo que me rescata a mí, te rescata a ti. Entonces, mientras yo esté subido en mi arrogancia y tú en la tuya, no podemos unirnos. Y la separación será cada vez peor, y el odio será cada vez peor. Mientras estemos montados en nuestras respectivas arrogancias, no podrá haber unidad. Pero cuando cada uno empieza a descubrir su propio pecado, su propia necesidad, entonces yo descubro que tú eres otro pecador y yo soy uno. Y después descubro que el que te salvó a ti es el mismo que me salvó a mí. Y eso es lo que logra la cruz de Cristo. Y por eso, ante la cruz de Cristo, cuando se descubre plenamente su valor y su lugar ante la cruz de Cristo, desaparece ese obstáculo que era la arrogancia. Y cuando desaparece ese obstáculo, podemos empezar a vernos y a reconocernos como verdaderamente hermanos. Esta es la verdadera fraternidad. Esta es la fraternidad que trae Jesucristo. Esta es la manera de llegar a ser hermanos. Esta es la solución de Dios al problema de la división entre seres humanos.
Es verdad que existe una primera fraternidad, llamémosla básica, por el hecho de que tú tienes tu dignidad como ser humano y yo tengo mi dignidad. Y en ese sentido hay una fraternidad que se puede llamar puramente humana o fraternidad en Adán. Pero esa fraternidad es poca, es pobre, es frágil, y construir sobre esa fraternidad es como construir sobre arena. La verdadera fraternidad es esta, la de la cruz, la verdadera fraternidad es esta la del arrepentimiento, la de la conversión, la de la acogida de Jesucristo. Esa es la verdadera fraternidad. Y a esa fraternidad, esa es la que nos llama el apóstol San Pablo y es la que él ya proclama victoriosa en el caso de los paganos y los judíos, porque cada uno, al reconocer su propia necesidad, encuentra en Cristo la salvación. Y por eso en Cristo y solamente en Cristo podemos llegar a ser verdaderamente, hermanos todos.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|