|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Que Cristo derriba muros de odio lo conoció Pablo en su propio experiencia y lo celebró en lo más hondo de su alma.
Homilía o292005a, predicada en 20141021, con 15 min. y 16 seg. 
Transcripción:
Sabemos que el apóstol San Pablo era natural de la ciudad de Tarso. Quiere decir que por nacimiento estaba lejos de la tierra prometida, lejos de Judea. Era una colonia romana en la ciudad de Tarso. Y parece que la familia de Pablo había adquirido el privilegio de dar la ciudadanía a sus descendientes. En los Hechos de los Apóstoles, Pablo asegura ser ciudadano romano por nacimiento. Entonces, fíjate que la realidad de él, era doble, por un lado era ciudadano romano conectado, vinculado, amparado por las instituciones de un imperio pagano. Por otro lado, toda su formación era completamente judía. Él dedicó su juventud y podemos decir hasta el tiempo de su conversión. Estaba inmerso en los estudios de la escritura, que por supuesto, es la escritura hebrea. O sea que él era judío y era romano. Romano no, desde luego, en el sentido de haber nacido en Roma, sino de tener la ciudadanía del imperio. Sabía expresarse perfectamente en la lengua hebrea y eso también lo encontramos en los Hechos de los Apóstoles. Podía hablar, podía predicar en hebreo. Y cuando llegó a Jerusalén, se dirigió a sus hermanos de raza en esa lengua. Pero escribía y hablaba en griego, el griego, que era común en la cuenca del Mediterráneo. Una variación del griego clásico, variación conocida como koiné. Entonces Pablo tenía esa doble pertenencia. Ciudadano del imperio y a la vez hijo de Israel. Habla griego y habla hebreo. Conoce muy bien ambas realidades y por eso conoce muy bien la división que hay.
Conoce, por ejemplo, el desprecio infinito que sienten los judíos hacia los paganos, a los que ven como cerdos, como perros, especialmente por sus costumbres libertinas. En el judaísmo realmente había una estatura moral bastante alta, sobre todo si se compara con los pueblos circundantes. Entonces los judíos sentían un desprecio inmenso que no disimulaban siempre desprecio por el mundo pagano. Por su parte, los paganos sentían una mezcla de temor, rabia y en todo caso, desconfianza hacia los judíos, especialmente por las historias que vienen del Siglo Tercero antes de Cristo, que son las historias de los Macabeos. Esas cosas no se olvidan fácilmente. En la época del Imperio helenístico, que fue el último gran imperio antes de los romanos. En la historia de ese imperio helenístico, el único pueblo que tuvo una victoria significativa fue el pueblo judío, que era nada, una cosa pequeñita, pero a base de una estrategia de guerrilla, los judíos lograron frenar el avance del imperio helenístico. Entonces, ante los ojos del Imperio Romano, ante los ojos de los pueblos paganos de esa época los judíos eran gente que producía desconfianza, miedo, prevención, prejuicio, algo que luego ha acompañado a la mirada sobre los judíos por siglos y siglos. Podemos decir que es la semilla del antisemitismo. Entonces ahora entiendes el drama interior de San Pablo. Él es las dos cosas de alguna manera. Él es ciudadano romano, es hijo de Israel. Habla griego. Habla hebreo. Pertenece a esos dos mundos. Sabe moverse muy bien en esos dos mundos.
Pero se da cuenta de que esos dos mundos se odian a muerte. Hay un muro de odio entre ellos. El hecho de que Pablo supiera moverse en esos dos mundos fue algo precioso para la difusión del Evangelio. Si se trataba de ir por mar o de recorrer los caminos del imperio, Pablo tenía muy claras las rutas. Podía, en cualquier caso, exhibir su condición de ciudadano romano si era necesario abrir alguna puerta. Las rutas del imperio le eran familiares. Y si para algo fueron buenos los romanos, fue precisamente para eso, para crear una red adecuada de comunicaciones. Pero Pablo utiliza esas redes del imperio para llegar a las sinagogas. Su primera y casi su única estrategia de evangelización fue esa. Fíjate cómo está combinado, las redes del imperio y las sinagogas. ¿A dónde llegaba Pablo a predicar? a las sinagogas. Muchas veces fue rechazado en las sinagogas, pero por lo menos ahí se lograba crear una comunidad cristiana y esa comunidad ya le servía después de ancla, le servía de puerto de llegada para continuar con su labor misionera. O sea que Pablo supo aprovechar lo mejor de esos dos mundos, pero son dos mundos que se odian.
Con esta explicación creo que podemos apreciar mucho más la inmensa alegría de Pablo al ver que Cristo derriba el muro de odio entre esos dos mundos, que es lo que hemos escuchado en la lectura de hoy. Él es nuestra paz, dice Pablo refiriéndose a Cristo, Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su carne el muro que los separaba, el odio. Pablo había vivido eso dentro de él, dentro, como un drama personal. Imagínate lo que es pertenecer a dos culturas, a dos mundos, y saber que esos dos mundos se odian. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces para crear con los dos en él un solo hombre nuevo. Eso explica también la expresión tan llena de admiración que tiene Pablo, por lo que él llama el misterio escondido, por lo que él llama el plan. Ese plan del que hablábamos el día de ayer. Porque para Pablo no es simplemente un hecho externo, es una alegría íntima, profunda. Podemos decir que Pablo mismo alcanza su propia unidad en Cristo. ¿Y a nosotros esto qué nos dice? Pues podemos aprender de cómo se derribó ese muro de odio para también nosotros derribar muros de odio. ¿Cómo se derribó ese muro? Pablo dice reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz. La clave está en la cruz. ¿Cómo es que la cruz derriba el muro de odio? Pues es que ante la cruz cada uno aprende a reconocer su propio pecado.
Cuando llegó ante la cruz, lo que veo en las llagas de Cristo es mi propio pecado. Entonces, si tú y yo estamos de pelea, tenemos desconfianza, prejuicios, muros, pero los dos llegamos ante la cruz y vemos ante la cruz cada uno su propia condición de pecado, entonces ahí se derriba el muro de odio, porque entonces el cemento de todos los muros de odio, que es la soberbia, se acaba. Y cuando ya se acaba la soberbia, ya cae el muro. Además, aquel que pende de la cruz está mostrando la realidad más profunda de mi vida, la fragilidad, la humillación, la vulnerabilidad del Crucificado me revela mi ser más profundo. Pero revela también el ser más profundo de mi enemigo. Y cuando soy capaz de ver a mi enemigo en su vulnerabilidad, en su fragilidad, en su agotamiento, en su búsqueda, ya es más mi hermano que mi enemigo, es otro que está buscando, es otro que se cansa y que sufre. Y eso ya no solo quita el cemento del muro, sino que quita piedras. Finalmente, esa cruz de Cristo se convierte en una fuente de amor.
Cabe recordar aquí la frase tan bella de Santa Catalina. El alma, viéndose tan amada, ya no puede defenderse de amar. Y cuando uno empieza a amar, ya no para. Cuando uno empieza a amar, cuando uno descubre la alegría de amar al estilo de Jesús, también descubre el dicho de Jesús: Hay más gozo en dar que en recibir. Entonces ya no está uno obsesionado por el pago que le van a dar, sino más bien agradecido por la posibilidad de ofrecer la posibilidad misma de amar. Y entonces ya no solo se quitó el cemento, ya no solo se quitaron las piedras, sino que ya uno con esas mismas piedras edifica un puente. Y esto vale para judíos y gentiles en la mente de Pablo. Pero esto vale también para nuestros pequeños odios. Nuestras pequeñas dificultades. Las llamo pequeñas porque son muy pequeñas comparado con este problema tan grave. Es que Pablo, cuando habló de esto, no estaba haciendo poesía. Él se estaba refiriendo a las comunidades que había conocido, donde había unos que venían del judaísmo y otros que venían del paganismo, y ahí estaban cantándole a Cristo juntos y se daban abrazos de paz. Una cosa inconcebible. Acuérdate que un judío ni siquiera entraba en casa de un pagano, llegar a abrazar al pagano, dar un beso, un beso de paz a uno de esos cerdos, jamás un judío. Pero ver eso con sus ojos, Pablo, ojos que se llenaban de lágrimas y de agradecimiento, eso es una obra muy grande. Pablo la vio porque Cristo la hizo. Por eso digo que después de ver esas obras tan grandes, pues nuestros problemas son cositas, caprichos, tonterías. Pero también nuestras tonterías, dificultades generacionales, dificultades por posturas teológicas, dificultades por asuntos del pasado, todo eso cae. Y entonces vamos aprendiendo a ser una comunidad y a dar un testimonio coherente, sólido y gozoso del amor de Cristo.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|