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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
No desfiguremos la misericordia de Dios y seamos conscientes que lo que somos al final se nota, termina apareciendo en los frutos del Espíritu o en los de la carne.
Homilía o283006a, predicada en 20201014, con 5 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Hay dos enseñanzas claves que están en la primera lectura de hoy, fue tomada del capítulo quince, del capítulo quinto, perdón, de la Carta a los Gálatas. Vamos llegando hacia el final de este documento que nos ha traído tanta luz. Recordemos que la relación de Pablo con los Gálatas fue un poco tensa por la profunda frustración que tenía este apóstol al ver que los gálatas se dejaban atraer, se dejaban seducir por casi cualquier predicador elocuente. Eso le dolió a Pablo, profunda, profundamente, y creo que tiene que dolernos a nosotros, que la gente abandone su religión, que la gente abandone su fe solo porque le hablaron bonito, es tan parecido a una persona que deja a su esposa porque vio una cara bonita o deja a su esposo porque le dijeron tres palabras dulces, ese es el tamaño de la traición.
Pero vamos con las enseñanzas de hoy. La primera, que es muy contraria a lo políticamente correcto de nuestra época, la primera enseñanza es que el Reino de Dios no lo heredan todos. Vamos a decirlo de esta manera, no es algo automático. No pretendas que es algo automático, porque no lo es. A veces creemos que la bondad de Dios consiste en algo así como que no importa lo que tú hagas, no importa lo que tú digas, no importa lo que tú creas, no importa en quien confíes. Al final, al final, tu vida no importa, la verdad porque hagas lo que hagas, todo terminará en una gran fiesta, en un gran banquete donde todos podemos simplemente pasarla bien por toda la eternidad.
Esa manera de pensar es típica de una deformación del cristianismo que a veces se llama con esta palabra buenismo. El buenismo es una deformación de la fe cristiana que exalta, exalta y vuelve a exaltar la misericordia divina, pero desconectándola de otros atributos de Dios, de los cuales nos han hablado, ante todo, las Sagradas Escrituras y después, santos doctores de la Iglesia. Por ejemplo, cuando se exalta la misericordia, pero se quita importancia a la santidad, a la justicia, a la verdad que hay en Dios, es decir, una misericordia cercenada, recortada del resto de lo que sabemos de Dios y luego hipertrofiada, como si fuera una especie de obligación de Dios de salvar. Importante esa parte.
Y segunda enseñanza de hoy, nos dice San Pablo, las obras de la carne, y da una lista de desfiguraciones y pecados de la vida humana, las obras de la carne están patentes, es decir, lo que tú eres, lo que hay en ti se nota. ¿Por qué esta afirmación es tan importante? Porque mira, muchas veces uno puede caer en una especie de subjetivismo, que va muy unido a lo que antes dije de la misericordia. Un subjetivismo que es algo como esto: Mira, tú no sabes nada sobre lo que hay dentro de mí, es decir, dentro de mí, yo puedo ser un gran cristiano, lo que pasa es que no se me nota. Como alguien decía chistosamente, soy un cristiano asintomático. Pues lo que nos está diciendo San Pablo es que cristianos asintomáticos no hay, no hay, eso no existe. Los cristianos asintomáticos son un engaño de nuestra mente.
Lo que tú eres, para bien o para mal, termina notándose, termina apareciendo y tiene que aparecer en frutos del Espíritu, y tiene que aparecer en esa hermosa lista de frutos que aparece ahí, que incluye, entre otras cosas, el dominio de sí mismo. Eso tiene que notarse en todas las áreas de tu vida. Entonces, las dos enseñanzas de hoy son: No desfiguremos la misericordia, por una parte, y por otra parte, lo que tú eres sí se nota y no puedes refugiarte en una especie de interioridad, en una especie de subjetivismo para decir que nadie se meta conmigo. Nadie sabe quién soy yo, no es cierto, lo sabe en primer lugar, Dios. Pero, en segundo lugar, lo que tú eres también lo sabe la comunidad cristiana. Cristo también dijo: De lo que hay en el corazón habla la boca.

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