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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amor que recibo de la cruz es libertad que me da Dios para no ser esclavo de la ley y al mismo tiempo es fruto del amor que doy para que mi vida sea expresión de la gloria divina.
Homilía o283004a, predicada en 20161012, con 6 min. y 22 seg. 
Transcripción:
Estos días estamos siguiendo las enseñanzas de San Pablo en su carta a los Gálatas, enseñanzas sobre la libertad, la fe, la ley, la salvación, y no son, no son enseñanzas tan fáciles. Es muy fácil, por el contrario, caer en el extremo legalista, que es el que pone la esperanza en el cumplimiento de la ley, como si el ser humano por sus propias fuerzas pudiera conseguirlo, eso no es acorde con el Evangelio. Pero luego el otro extremo es, olvidémonos de la ley, rompamos las leyes, declarémonos capaces de ser excepción de la ley y, simplemente, terminamos dándole espacio a nuestros vicios. En la historia de la Iglesia ha habido el caso de grupos que han seguido este recorrido.
Así, por ejemplo, en el siglo XVII hubo un grupo llamado de los quietistas. Y el caso de los quietistas es muy interesante porque ellos consideraban que habían llegado a un nivel espiritual muy alto, ellos estaban en un nivel muy alto, y en esa espiritualidad tan alta, realmente lo que sucediera con la carne, lo que sucediera con el cuerpo, pues no importa, eso no es importante. Y, por consiguiente, esto se creían muy espirituales y, al mismo tiempo, entregaban sus cuerpos a todo tipo de desorden sexual, porque para ellos lo que hiciera el cuerpo realmente no tenía mayor importancia. Es decir, que la libertad del espíritu para los quietistas, en realidad consistía en una especie de darse permiso para seguir las apetencias de la carne.
Exactamente eso es lo que critica San Pablo en el pasaje de hoy, en otro lugar nos ha dicho que la libertad no sea pretexto para el egoísmo. Es decir, la libertad nuestra no puede significar que ahora cada uno puede dispensarse de la ley y puede dispensarse entonces de lo bueno y lo malo. O mejor dicho, cada uno puede decidir por sí mismo qué es lo bueno y qué es lo malo. Ese sería un engaño terrible, sobre todo, no se nos olvide una cosa. No se nos olvide que, en el pecado original, detrás de la figura de aquel árbol de la ciencia del bien y del mal, lo que hay es eso, exactamente eso.
Eso ¿qué? Esa arrogancia del ser humano que pretende decidir por sí mismo esto es bueno o esto es malo, es decir, pretende crear el bien a partir de su decisión. Ya no es la decisión, no es mi opción la que tiene que acomodarse al bien, sino que es bueno lo que yo decida, ese es el pecado original, esa es la esencia del pecado original. Y no se nos olvide que esa huella del pecado original la llevamos todos, o sea que la tentación de afirmar esa clase de cosas y de pretender uno presentarse así como juez de la propia casa y que yo declaro bueno, lo que a mí me parece bueno, eso también lo tenemos todos, qué agradable es sentirse uno la excepción.
Entonces, en la vida cristiana y esos dos extremos, el extremo legalista, rigorista por una parte. Pero también está el otro extremo, que es el extremo subjetivista. Entonces, como lo ha denunciado en su momento el Papa Benedicto, pues caemos en el subjetivismo, es decir, bueno, es lo que yo diga que es bueno y malo es lo que yo considere malo. Y repito, eso no es sino una reedición del pecado original. Por eso Pablo en la carta a los Gálatas propone algo que cuando uno lo escucha, si está atento, realmente le hace preguntarse, es como, como un enigma, porque Pablo dice que los que están siguiendo al Espíritu de Dios tienen su carne crucificada con Cristo. Entonces, el mensaje completo de Gálatas no es libertad, libertad, libertad, porque cuando solo exaltas libertad, fácilmente caes en el subjetivismo, incluso en el libertinaje.
No, el mensaje de Pablo no es simplemente libertad y libertad, es libertad en la Cruz, es decir, hemos sido liberados y estamos crucificados. El verdadero predicador del mensaje cristiano sabe hermanar la libertad que da el Espíritu y la donación total del propio ser a Dios, como se vive en la Cruz. Entonces, al mismo tiempo recibimos toda la donación de Dios que nos hace libres y nos donamos completamente a Dios como Cristo en la Cruz, completamente libres y completamente crucificados, ese sí es el mensaje cristiano. Y esa cruz no me quita libertad. No, porque es fruto del mismo amor que recibo, el amor que doy. El amor que recibo es libertad que me da Dios para no ser esclavo de la ley. Y el amor que doy es fruto del amor recibido para que mi vida sea expresión de la gloria divina.
Es un mensaje profundo, es un mensaje que hay que reflexionarlo, es un mensaje que hay que interiorizarlo. Pero, sobre todo, no lo simplifiquemos, porque cuando uno empieza a simplificar o cae en el legalismo o cae en el subjetivismo, que Dios nos ilumine y nos ayude. Amén.

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