Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Espíritu Santo nos da el auxilio para que con libertad de corazón cumplamos la voluntad de Dios, no como esclavos que temen al castigo, sino como hijos que aman su querer.

Homilía o281005a, predicada en 20161010, con 5 min. y 55 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy ha sido tomada del Capítulo Cuarto y un versículo del Capítulo Quinto de la Carta de San Pablo a los Gálatas. Esta carta es la gran proclamación de la libertad cristiana. ¿Cuál es el sentido de nuestra libertad? Y no es una pregunta fácil de responder, porque la libertad fácilmente se vuelve libertinaje. Y además sucede que, como San Pablo habla aquí de la libertad con respecto a la ley, no faltan algunos que creen que pisotear la ley, omitir la ley o diría yo, romper la ley, es parte de la libertad cristiana.

No, hace mucho, en un congreso de teología, uno de los ponentes hablaba de esa manera. Es decir, que si nos ponemos a obedecer las leyes de la Iglesia somos esclavos de la ley y por consiguiente, para poner a fluir la Misericordia Divina había que romper con las leyes de la Iglesia. Por supuesto, ese no es el sentido de la carta a los Gálatas. Eso no es lo que está proponiendo San Pablo. Entonces, ¿cómo entender de qué ley nos habla San Pablo y cómo entender si para nosotros, los cristianos, sigue teniendo algún significado la ley? Hay que aclarar ante todo, que la ley de la que habla San Pablo no es cualquier ley, sino la ley de Moisés. Y lo que está explicando San Pablo es que hay algunos cristianos de aquella época que ponen su esperanza de salvación en el cumplimiento de la ley de Moisés. Algo así como Cristo murió, Cristo resucitó. Pero para estar bien con Dios, lo que tenemos que hacer es cumplir la ley de Moisés. Es frente a esto, frente a lo que se rebela San Pablo.

La ley de Moisés tenía un lugar específico en el plan de salvación. La ley de Moisés tenía un significado cumplía un papel, un papel que él lo llama pedagógico para enseñarnos sobre lo bueno y lo malo y para enseñarnos sobre la necesidad que tenemos del auxilio divino, que es lo que nos llega por la gracia, es decir, por el amor gratuito de Dios a través de la Ley. Hemos aprendido que necesitamos la gracia, enseña San Agustín. Es decir, que la ley de la que habla San Pablo es la ley de Moisés. Y lo que él está criticando es que hay personas que ponen su esperanza de salvación en la ley de Moisés. Él mismo, que venía del judaísmo es más, venía de la secta más estricta del judaísmo, que era el fariseísmo. Él mismo conocía esa manera de pensar. Él mismo conocía lo que significaba ese modo de ver la salvación. Si cumplimos estrictamente con la ley de Dios, entonces Dios nos va a devolver sus bendiciones. Es como una especie de negocio. Entonces, lo que él critica en la ley de Moisés es que si pretendemos aferrarnos a la ley de Moisés, estamos poniendo en ella nuestra esperanza, haciendo inútil el sacrificio de Cristo. Y entonces no estamos reconociendo lo que esa ley de Moisés quería mostrarnos, que es precisamente nuestra infinita necesidad del amor salvador de Dios, que es lo que se ha manifestado en Cristo. Eso es lo que Pablo está mostrando.

Pero eso no significa que para Pablo ninguna ley tuviera significado o ninguna ley hubiera de existir en la vida cristiana. De hecho, si miramos, por ejemplo, la primera carta a los Corintios, vemos que él da una serie de disposiciones, algunas con todo el peso de la autoridad divina. Así, por ejemplo, resultó en la comunidad de Corinto, resultó un hombre que empezó a vivir con la madrastra como si fuera su esposa. Empezaron a vivir como esposos estos dos y Pablo toma las medidas necesarias para que esa depravación no siga. Eso tiene que acabarse. Es decir, San Pablo no está predicando una especie de hippismo, una especie de todo vale, una especie de que ahora que llegó la misericordia llegó también la mediocridad. Ese no es el pensamiento de Pablo, simplemente el pensamiento de Pablo es no pongan su esperanza en la ley de Moisés.

La ley de Moisés cumplía su papel. La ley de Moisés nos llevaba hacia Cristo. Nuestra fe tiene que estar en Cristo, pero luego en la vida cristiana, por supuesto que hay límites. No todo se vale en la vida cristiana. Lo que sí cambia en la vida cristiana es que el don de la gracia, que es el mismo don del Espíritu Santo en nosotros, nos da el auxilio suficiente para que con libertad de corazón, es decir, no como esclavos que temen al castigo, sino como hijos que aman el querer de su Padre Dios, podamos cumplir ese bien y podamos vivir ese bien. Ese es el mensaje de Pablo en la carta a los Gálatas, y es necesario tenerlo claro para no confundirnos, para no dejarnos confundir y para no confundir a otros.

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