Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Alegrarnos del don recibido.

Homilía o281001a, predicada en 19961014, con 5 min. y 33 seg.

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Transcripción:

La carta a los Gálatas es una carta escrita casi con rabia. Está escrita desde el profundo disgusto y desconcierto que siente San Pablo ante el hecho de que esta comunidad en Galacia empiece a retroceder en la fe. Y la prueba de que retroceden en la fe es que han empezado a aceptar una cantidad de prácticas del judaísmo. Lo grave que ve San Pablo en esta actitud es que están empezando a poner su corazón en esas prácticas y ya no se sienten salvados por el regalo de la gracia de Cristo, sino empiezan a poner su confianza, la fe de su corazón en el hecho de circuncidarse, en el hecho de guardar las prácticas de la ley de Moisés, en el hecho, en fin, de volverse al judaísmo de una manera drástica y casi apresurada.

San Pablo les escribe esta carta en la que abundan las expresiones casi de regaño. En algún texto, al principio les dice oh insensatos Gálatas, y los trata de endurecidos, los trata de necios. Dice qué clase de estupideces es, de empezar por el Espíritu y acabar por la carne. Prácticamente toda la carta es como un argumento en torno a esta idea, como queriendo subrayar por todos los caminos posibles, por voz activa y por voz pasiva que nosotros somos salvos por pura gracia de Dios. Que esa gracia nos ha comunicado Espíritu, el mismo Espíritu de Cristo. Y ese Espíritu nos hace hijos de Dios. Y por consiguiente, no tenemos que estar asustados pensando en cuáles serán las prácticas que nos hacen falta para ser salvos. Siendo así que ya somos salvos por el poder de la sangre de Jesucristo, esa sangre nos ha merecido la gracia del Espíritu. Y ese espíritu de adopción que hace que nosotros seamos coherederos de Cristo y seamos herederos de Dios. Es tal vez el escrito más drástico de San Pablo en el Nuevo Testamento.

De hecho, Pablo, como se acostumbraba en la época, al principio de sus cartas, siempre incluía en palabras más o menos elogiosas, cariñosas sobre la fe, sobre la esperanza, sobre el amor que veía en esas comunidades. En cambio, en la carta a los Gálatas la cosa empieza de una vez en materia, y él entra criticando y entra corrigiendo. Lo escuchábamos precisamente hace una semana, según la distribución de lecturas de la Iglesia. Me sorprende, les dice en el Capítulo Primero, me sorprende que tan pronto hayáis abandonado el que os llamó por amor a Cristo y os hayáis pasado a otro evangelio. Estas mismas ideas aparecen luego desarrolladas con un poco más de sosiego, un poquito más de orden, me atrevo a decir, y también con una profundización mayor en la Carta a los Romanos.

Y ese documento de la Carta a los Romanos es como la exposición más sistemática que tenemos de la doctrina cristológica y soteriológica de Pablo. Por algo ha sido el escrito que más impacto ha tenido en la Iglesia, podríamos decir, especialmente en el segundo milenio. La carta a los Romanos ha sido ocasión, no causa, pero sí ocasión de división. Lutero hizo de la carta a los romanos algo así como la constitución fundamental del cristianismo, y en cierto modo leyó el resto del Nuevo Testamento y el resto de la Biblia desde las posturas de los romanos de la carta a los Romanos. Esta misma carta, que ha sido ocasión de división, probablemente sea el único texto que nos ayude a reconciliarnos entre los cristianos, que nos ayude a unirnos. Para eso será necesario que nosotros, los católicos redescubramos lo que significa ser salvados enteramente por la gracia. Una y otra vez, encima de la gracia aparecen prácticas, aparecen obligaciones, aparecen costumbres, usos, liturgias que deberían manifestar esa gracia, pero que corren el riesgo de ocultarla, el riesgo de sepultarla.

Que sea este entonces, un día para pedir a Dios que nos permita mantener viva la experiencia del regalo de la salvación en nuestras vidas. Que nosotros, al participar de la Eucaristía, podamos abismarnos, pero ya no de que se haya dejado la gracia para volver a la ley, sino abismarnos de ese regalo nunca merecido, de ese don inapreciable, de esa fantástica generosidad en la que todo Dios realiza toda su obra en todos nosotros y en todo el universo.

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