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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La oración es un camino porque siempre debemos aprender, nos lleva a la humildad y a la constancia caminando juntos con los santos quienes son nuestros maestros en la oración.
Homilía o273007a, predicada en 20221005, con 6 min. y 6 seg. 
Transcripción:
Sabes, siempre me ha producido ternura aquella súplica que le hicieron los discípulos a Cristo y que aparece en el Evangelio de hoy: «Señor, enséñanos a orar», sobre todo si tenemos en cuenta que, años más tarde, según cuenta la Carta a los Romanos, está también la palabra de San Pablo: «Nosotros no sabemos orar». Y yo creo que esto nos dice, en sí mismo esto nos dice algo muy importante sobre la oración, la oración solo crece en el suelo de la humildad. Creer uno que ya sabe orar es poner el primer obstáculo para la verdadera oración. La verdadera oración no puede brotar de un corazón marcado por la soberbia, por la arrogancia, por la suficiencia: Señor, enséñanos a orar, enséñanos a orar.
Otra lección que debemos tomar es que si este Evangelio lo seguimos oyendo, es porque lo seguimos necesitando, es decir, porque el camino de la oración no consiste como el que aprende, por ejemplo, una receta de cocina. Una vez que un buen cocinero, un buen chef, conoce cuál es la receta, pues ya prácticamente solo le toca seguir esa receta para que sus platos queden apetitosos, deliciosos. Ya él conoce cuáles son las proporciones, qué se debe mezclar primero, que esto toca marinarlo, que esto toca precalentarlo, esto toca sofreírlo, que luego va al horno tanto tiempo, o sea, ya tiene la fórmula, ya no tiene que volver a aprenderla. No es así con la oración, la oración es algo que siempre tenemos que seguir aprendiendo, que una y otra vez tenemos que aprender. Y ¿por qué eso? Porque la oración misma es un camino.
Yo tuve oportunidad hace ya unos buenos meses, tuve una oportunidad de ofrecer un retiro espiritual del cual el primer beneficiario fui yo, un retiro espiritual sobre la obra Camino de Perfección de Santa Teresa de Jesús. Indudablemente una gran orante, una orante impresionante, impresionante. Y me llamaba la atención cómo en ese camino de perfección, cómo en ese recorrer las estancias del castillo interior, que es la manera como ella se refiere al alma, en ese recorrido precioso hay siempre algo más que aprender, un nuevo obstáculo que vencer, una nueva gracia que recibir, una experiencia creciente, cada vez más profunda, cada vez más fecunda del amor de Dios. Por eso, tenemos que seguir repitiendo: Enséñanos a orar, porque el que no repite, enséñanos a orar, se pierde del resto del camino, y el camino está todo por recorrer.
Entonces, aprendemos de este enséñanos a orar, aprendemos la humildad y aprendemos también la constancia. Decía hace mucho tiempo un profesor: Es que a nadar se aprende nadando y a orar se aprende orando. Entonces, nos falta orar mucho para orar mejor. Este es un caso en el que la cantidad favorece la calidad, bueno, con ciertas condiciones, obviamente, pero la cantidad, el orar más ayuda a orar mejor.
Y una última recomendación, una tercera y última recomendación. Por el ejemplo que he dado de Santa Teresa de Jesús, comprendemos bien que siempre tenemos algo que aprender de quienes van delante de nosotros, y los que van delante de nosotros son los santos, ellos son los que van delante de nosotros. Ellos son los que nos están enseñando una y otra vez, nos están enseñando lo que significa el auténtico servicio, la auténtica oración. Entonces, en medio de nuestra humildad y de nuestra constancia, dejémonos enseñar, en la Iglesia Católica hay unos hermosos personajes a los que llamamos los doctores de la Iglesia. Y esa palabra ¿qué significa? Son los maestros.
Dejémonos enseñar de un San Juan de la Cruz, de una Santa Teresa de Jesús, de una Santa Teresa del Niño Jesús, de una santa Hildegarda de Bingen, de una Santa Catalina de Siena, de un San Juan Clímaco, de un San Basilio, dejémonos enseñar. Dejémonos enseñar de un San Pacomio, de un San Benito, porque cada uno de ellos es como espejo que refleja facetas, matices que nos ayudan a crecer en la oración. Entonces, ¿cuáles son nuestras tres recomendaciones? Humildad, constancia y dejarse enseñar. Aprender a ser discípulos de estos grandes maestros y de estas grandes doctoras de la Iglesia. Amén.

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