Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El católico debe seguir la autoridad de la Iglesia y su magisterio. El Profeta con su autoridad moral debe corregir cuando sea necesario.

Homilía o273002a, predicada en 20101006, con 9 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Una palabra sobre la primera lectura de hoy que tiene tanta importancia para aprender a relacionarnos con la autoridad, particularmente con la autoridad en la Iglesia. Este es el apóstol Pablo, que por una parte se da cuenta que sin la comunión con los testigos del Resucitado, es decir, sin la comunión con los apóstoles, está trabajando en vano. Observemos que dice: Después de 14 años. Sean como se hagan esas cuentas, eso es un montón de trabajo, es un montón de vida, un montón de esfuerzo que él ha puesto y que, sin embargo, depende solamente de una pregunta: ¿estoy en comunión con la Iglesia, sí o no? Si se hace mucho, pero sin la Iglesia, no se hace nada. Si se hace poco, pero con la Iglesia, se siembra mucho, se cosecha mucho. Y ese es el primer criterio que hemos de tener.

No es un criterio fácil de entender, a veces creemos que el que más estudia es el que más hace o el que tiene más oratoria o el que sirve más a los pobres, o el que vive más pobre él mismo, o el que reúne más gente, ninguno de estos criterios es verdadero criterio de Evangelio. A lo largo de los siglos estos otros criterios han aparecido. Y así encontramos, por ejemplo, que en el siglo XIV los llamados fraticelli consideran que, como ellos sí son testigos de pobreza evangélica, ellos tienen más autoridad, por ejemplo, que el Papa. El Papa no tiene autoridad alguna porque vive como un rey.

En otras ocasiones, por ejemplo, en nuestro tiempo, encontramos a grandes teólogos, cabezas muy brillantes que igualmente dicen: Pues, yo conozco mejor este tema, yo he estudiado mejor, yo sé más, el Papa sabe menos, entonces que no estorbe y que nos deje hacer la Iglesia como a nosotros nos parece. Otros dicen: la Iglesia tiene que adaptarse para decirle algo al mundo de hoy. Nosotros somos los que conocemos el camino de la adaptación y ese camino se llama democracia, se llama consenso. Si la Iglesia no entra por ahí, pues la equivocada es la Iglesia, pero nosotros somos los que estamos bien.

Observemos que, con este lenguaje, se están tomando criterios de eficacia evangélica que tienen algo de razonable y podría dar muchos más ejemplos: Yo sí conecto con los jóvenes. La gente sí recibe mi mensaje. Yo soy más eficaz, yo conozco mejor los medios. Pero cualquier otro criterio que no sea el criterio de la comunión con la Iglesia y esto significa comunión de pensamiento y de corazón con los apóstoles y con sus sucesores, cualquier otro criterio significa que estamos trabajando en vano, así que ahí hay una luz muy grande.

La otra luz, sin embargo, aunque es una luz menor, no deja de tener su importancia. El hecho de que nosotros reconozcamos la autoridad que los apóstoles tienen como testigos del Resucitado y testigos de la verdad del Evangelio, no quiere decir que ya estamos considerando moralmente perfectos o espiritualmente acabados a nuestros propios pastores. El mismo Pablo, que humildemente le pide a Pedro su aprobación al mensaje que Pablo ha venido predicando, ese mismo apóstol, luego, como él dice, se enfrenta con Pedro y le hace ver su incoherencia.

Resulta que Pedro estaba jugando al diplomático, estaba jugando a quedar bien con todos. Y entonces, mientras no estaban los partidarios de esa tendencia un poco judaizante, que se suele relacionar con Santiago el menor en Jerusalén, mientras no estaban los judaizantes, Pedro tenía un comportamiento. Llegaron los de Jerusalén y Pedro cambia, y ya no entra en las casas de los gentiles, es decir, de los no judíos, y ya empieza la simulación. Una simulación que se vuelve contagiosa porque Pedro, de algún modo, es el gran pastor y entonces, su estrategia diplomática, pero basada en lo malo, no es que sea diplomática, sino que es basada en una falsedad, empieza a contagiar a los otros. Pablo, celoso del Evangelio, recrimina a Pedro delante de la comunidad.

Y esto nos muestra entonces que existe, ya lo hemos dicho, la autoridad apostólica, pero existe también la autoridad profética, hay como una tensión entre ambas cosas. Y el profeta, aunque doctrinalmente y de corazón se somete al testimonio de los apóstoles, pues no puede callar esa ebullición de la Palabra de Dios en sus entrañas, ni puede callar tampoco el fuego del Espíritu que le hace denunciar las incoherencias que se cometen en la Iglesia. Así que ahí está la otra dimensión. Y así encontramos a lo largo de la Iglesia cómo los grandes santos, y en eso, especialmente nuestras órdenes, son un testimonio maravilloso, han vivido ambas cosas, una absoluta fidelidad a los apóstoles y a sus sucesores, y particularmente al Papa, pero, por otro lado, un vigor profético que se convierte en denuncia de todas las complicidades y simulaciones que la Iglesia tiene, ya desde el siglo I.

Es muy interesante la comparación, por ejemplo, entre un español Pedro Valdés y San Francisco de Asís. Valdés es uno que lleva una vida, es una biografía apasionante, lleva una vida muy, muy parecida a la de Francisco. También Pedro, Pedro Valdés quiere esa fidelidad radical al Evangelio, también él quiere un Evangelio sin glosas. Pero hay una pequeña diferencia, y es que Francisco sabe que toda su obra, su obra maravillosa, que ya se veía florecer, tenía que estar bajo el cuidado del cayado de Pedro, Pedro el apóstol, Pedro el Papa. Mientras que el otro Pedro Valdés, que vivió un tiempo atrás de Francisco, no siente ningún deseo de someterse a autoridad alguna. Y entonces, Pedro Valdés, que hubiera podido ser un gran santo, pues solo Dios lo sabe, se convierte más bien en cabeza de un cuerpo muerto, cabeza de la herejía valdense, que la vamos a encontrar viva a fines del siglo XII y comienzos del XIII, yo creo que es un caso ilustrativo.

Muy al contrario, nuestros fundadores, un Francisco, un Domingo, pues han sido gente de Iglesia sin dejar de sentir ellos y de transmitir a los demás el vigor profético y el fuego del Espíritu que les quemaba. Sigamos esta celebración pidiendo al Señor que nos conceda las dos cosas, un amor exquisito, delicado y sincero a nuestros pastores y, a la vez, una fidelidad al espíritu profético que nos renueva al fuego que hasta cierto punto se convierte en denuncia y acicate para la Iglesia, porque la Iglesia tiene que seguir su camino, no puede estacionarse, es peregrina y solo habrá llegado cuando llegue al banquete del Reino.

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