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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Mi conversión comienza con la revelación de Cristo en mí. El señorío y el poder de Jesús me dan las fuerzas que no tengo, luces que me hacen distinto, que hacen que mi vida cambie.
Homilía o272007a, predicada en 20241008, con 9 min. y 31 seg. 
Transcripción:
En varios lugares del Nuevo Testamento se nos cuenta de la conversión de San Pablo. Por lo menos en tres lugares de los Hechos de los Apóstoles. En la primera carta de Timoteo, en el Capítulo Primero, y también en el pasaje que encontramos en la primera lectura de hoy de la Carta a los Gálatas. Cinco veces se nos habla de la conversión de Pablo, y en varias de esas recensiones, en varios de esos relatos es Pablo mismo el que está hablando. Por ejemplo, en este pasaje de la carta a los Gálatas. También en Hechos de los Apóstoles aparece una versión que da el mismo Pablo en su conversión. Y en primera Timoteo Capítulo Primero, también es él hablando, también es él contando de su conversión. Indudablemente, un acontecimiento que no solamente cambió, por supuesto, cambió la vida de él, sino que ha tenido un impacto inmenso en toda la historia del cristianismo.
Yo quiero destacar, sin embargo, un hecho que solamente aparece en el pasaje de hoy y que lo he comentado en otras oportunidades. Es una expresión audaz, profunda, espiritual, contemplativa, que dice Pablo. Dios reveló a su Hijo en mí. Lo decisivo de la conversión está en esos tres elementos. Revelación, esa es la acción. Cristo, eso es lo revelado. En mí, ese es el lugar. Y esos tres elementos que están en la conversión de Pablo nos interesan muchísimo, porque podemos decir, sin miedo a equivocarnos que si esos mismos elementos se dan en nuestra vida, también nosotros experimentaremos conversión, experimentaremos una respuesta renovada, renovada a la gracia divina.
Quiero empezar por el segundo de esos elementos. Dijimos Revelación de Cristo en mí. Quiero empezar por este Cristo. El protagonista de toda conversión es Cristo. Lo que no se le puede pedir al ser humano con sus solas fuerzas. Sí se le puede pedir, es más, se le puede y se le debe exigir al cristiano que ha conocido a Jesucristo, es decir, allí donde llega Cristo con señorío, con poder, allí donde llega Cristo, llegan también fuerzas que nosotros mismos no tenemos, fuerzas que nos hacen distintos. Luces que nos hacen distintos a ver la vida de una manera distinta. Eso trae Cristo. Cristo no viene nunca inútilmente a una vida. Entonces, con Cristo yo veo lo que antes no veía. Con Cristo yo puedo, lo que antes no podía. Con Cristo, como lo dice tantas veces la Escritura, somos criaturas nuevas.
¿Por qué estoy insistiendo en esto? Porque es vital para comprender lo que llamamos moral cristiana. La moral cristiana es la moral de aquella persona a la que le ha llegado el mensaje de Cristo, que ha acogido la Palabra de Cristo, que ha recibido el Espíritu Santo, enviado por Cristo, es del Padre. Esa es la moral cristiana. Entonces a veces se oye decir que a la gente le estamos pidiendo cosas imposibles. Y cuando oigas esa frase, estamos pidiendo cosas imposibles. Tú haz esta pregunta ¿Imposibles para quién? Porque si estamos hablando de una persona que no conoce, que no ha recibido, que no ha experimentado la gracia, el poder de Cristo es imposible. Es que Cristo mismo lo dice. Los apóstoles le preguntaron en Mateo Diecinueve. Pero entonces, ¿Quién puede salvarse? Y Cristo dijo: Para los hombres es imposible. Ahora bien, cuando el mismo Cristo llega a nosotros, el martirio es posible, la pureza es posible, la sinceridad es posible, el perdón es posible, la humildad es posible, la fidelidad es posible. La clave está en Cristo.
Ahora ese Cristo tiene que llegar a mi vida. Dijimos revelación de Cristo en mí. Revelación de Cristo, Cristo se lo ha revelado el Padre en mí. ¿Qué quiere decir en mí? Quiere decir que es un acontecimiento que marca mi vida. Es algo que me cambia. Muchos cristianos no tienen realmente una claridad sobre el impacto de Cristo. Qué tal esta pregunta. ¿Cuándo Cristo ha impactado tu vida? Ojo con el verbo. Ha impactado tu vida. ¿Cuándo Cristo te ha cambiado totalmente la perspectiva sobre tu vida o sobre algo en particular? ¿Cuándo Cristo te ha asombrado hasta el extremo? ¿Cuándo Cristo te ha hecho llorar con una contrición profundísima o con una alegría exuberante? Si nada de esto que te he dicho tiene resonancia en ti, si nada de esto te suena, me preocupas. Si nada de esto te suena, me preocupas. Porque si nada de esto te suena, yo tengo que temer que esa parte de Cristo en ti, como Pablo decía Cristo en mí. Temo que esa parte esté muy diluida, muy frágil, muy nublada, muy borrosa. Y resulta que vivimos en un mundo que requiere de opciones claras y valientes y muchas veces a contracorriente. ¿Podremos tener opciones claras cuando nuestra experiencia de fe es tan borrosa? ¿Podremos tener opciones claras? ¿Podremos dar un testimonio claro? ¿Podremos tener una moral definida, si nuestra experiencia de Cristo es tan diluida, tan light? Por eso se habla de revelación, es una gracia de Dios.
Doy esta imagen y con esto termino por hoy. Piensa, por ejemplo, en una sala de cine y piensa que ya está toda la gente sentada en su puesto. Si no hay una película que se proyecte, están perdiendo su tiempo y muy pronto se levantarán y protestarán y se largará cada uno a su casa. La proyección, la luz para eso están ahí. Tu corazón es como esa pantalla donde es necesario que se proyecte la verdad de Dios. Pero de nuevo, que la veas en ti, en tus coordenadas. Que la veas en ti, en tu realidad. Como Pedro en alguna oportunidad vio a Cristo venciendo al lago con una pesca milagrosa. Y lo vio en su barca. Tiene que ser en su barca, en la barca de Pedro, revelado en mí, dice Pablo. Es extraordinario, revelado en mí. Que Dios haga su obra en nosotros para que empecemos a llevar una vida auténticamente cristiana. ¿Es posible? Con las solas fuerzas humanas, no. Con Cristo reinando en nosotros, si.

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