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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pedir al Señor que seamos no sólo objetos de misericordia, sino sujetos capaces de dar misericordia a los hermanos.
Homilía o271001a, predicada en 20041004, con 14 min. y 16 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, nuestro Señor Jesucristo parece que tenía una predilección especial en buscar ejemplos que podían extrañar o incluso chocar a sus oyentes. En más de una oportunidad, pone como modelo precisamente a aquella persona que nosotros no nos esperaríamos. Por ejemplo, frente a la autoridad de los adultos llama a un niño, lo abraza, lo bendice y dice hay que hacerse como este niño. Frente a las pretensiones de los fariseos y demás hombres, pone como modelo a una mujer y una pecadora y le dice a Simón, el fariseo, que ella lo ha tratado mejor a Él. Y también Jesús busca un modelo extraño en el Evangelio de hoy.
Sabemos que había conflictos, tensiones de muchísimos años entre los judíos y los samaritanos. Y el ejemplo que pone Jesús hoy es el ejemplo de un samaritano. Aquí tiene que haber algo. Jesús está tratando de que nosotros descubramos a Dios donde pensaríamos que no está. Está obligándonos a mirar lo que nosotros desechamos. Está queriendo que nuestros ojos se fijen y se fijen con atención y con amor, allí donde pensamos que no hay nada que aprender y que simplemente se puede retirar la mirada. Esta es la primera enseñanza de hoy y la podemos aplicar a muchas cosas en nuestra vida. Por ejemplo, a las personas que nosotros despreciamos en nuestra propia sociedad ¿No hay nada que podamos aprender de ellos? o las personas que son menos apreciadas o respetadas en el mundo que conocemos. Se habla de divisiones entre el norte y el sur, primer mundo, segundo mundo, tercer mundo. ¿No tiene el mundo nada que aprender de eso que llamamos Tercer Mundo? ¿No tenemos nada que aprender de los marginados, los desechados, los desplazados? ¿De ellos no tenemos nada que aprender? ¿De los enfermos, de los ancianos? de ese que decimos mira, ya se le puede matar, que dé una señal y lo matamos. Esa es la eutanasia. ¿De ese no tenemos nada que aprender? También podemos aplicar esta lección que nos da Jesucristo y que nos da de tantas maneras, si miramos a nuestra propia vida. También dentro de nosotros, también en nuestra existencia hay cosas de nosotros mismos, que nosotros despreciamos y muchas veces a través de esas cosas que no nos gustan de nosotros, es como llegamos a reconocer el paso de Dios, como llegamos a reconocer el amor de Dios, como llegamos a reconocer la gracia de Dios.
Pablo estaba aburrido con una cierta dificultad o tentación o problema que tenía, un aguijón clavado en su carne lo llamaba a él. Y estaba cansado con ese aguijón y le suplicó a Dios que se lo quitara. Estaba fastidiado con esa tentación o con ese problema, con eso que él llamaba aguijón y quería que Dios le quitara eso. Pero la respuesta de Dios fue una declaración sobre la gracia. Te basta mi gracia. Como si le dijera mira, es que a través de eso, que es lo más miserable dentro de ti, eso que es lo más terrible dentro de ti, lo que te horroriza, lo que te escandaliza, lo que te fastidia, lo que te deprime, lo que te vence. A través de eso estoy mostrando quién soy yo para ti. Esta es como una ley general sobre la gracia. Parece que Dios se goza en conectarse con la historia de los humanos a través de lo más pequeño, de lo débil, de lo desechado. Ya se trate, en el caso de cada uno de nosotros, ya se trate en el caso de la sociedad.
Y el relato sigue, se trata de un samaritano. Y este samaritano hace lo que no hacen quienes predican mucho sobre Dios. Un sacerdote pasó por el mismo camino y no hizo nada. Un levita pasó por el mismo camino y no hizo nada. De pronto recordamos aquella canción de fuerte contenido social, esa que dice: Con vosotros está y no le conocéis. Su nombre es el Señor y pasa hambre y clama por la boca del hambriento. Muchos que lo ven pasan de largo, seguro por llegar temprano al templo. Es un modo un poco agrio de presentar las cosas. No deberíamos oponer la piedad que se dirige sustancialmente hacia Dios y la piedad que se dirige sustancialmente hacia el hermano. Es decir, no deberíamos oponer el ser una persona piadosa en el sentido de ser una persona de oración y el ser una persona que se apiada en el sentido de ser una persona de misericordia. Pero si la canción presenta esa especie de ironía. No atiende al hambriento porque va temprano al templo. Pues en cierto modo tiene derecho a hacerlo, porque Jesús como que inicia la ironía, nos habla de un sacerdote y luego nos habla de un levita, que es pues hablar de por lo menos de la misma tribu. Hablar por lo menos del mismo tipo de personas. Es decir, que como una segunda enseñanza, es claro que nuestro Señor quiere enfatizar el peligro que hay en aquella persona que tiene siempre una teoría. Y esto viene sobre todo para nosotros, los catequistas, misioneros, predicadores, sacerdotes. Nosotros tenemos mucho la teoría en nosotros. Y si vamos a ver cuál es el reproche más común, más profundo y en cierto modo más doloroso que el pueblo de Dios tiene contra sus pastores, se resume en el conocido refrán. El cura predica, pero no aplica. Jesús, no con un refrán, sino con esta parábola que queda grabada para siempre en la mente después de que uno la escucha. Jesús está evidentemente luchando contra eso. Está oponiéndose a eso. Mira, el tema no es la teoría, no es lo que tú comprendes allá en tu cabeza. El tema es vamos a ver cómo está lo que sale de tu corazón. Cómo está en las obras de tus manos. De modo que aquí hay una advertencia severa para nosotros, los que tenemos tanta teoría, los que tenemos tantas palabras, los que tenemos tantas enseñanzas. Y hermanos, no es otra cosa lo que nos predica el apóstol Santiago. Acuérdate cuando dice Santiago allá en su carta. Ustedes no quieran ser todos maestros, porque los maestros tendremos juicio más severo. Esto lo dice Santiago, que seguramente le escuchó a Jesús muy bien, el ejemplo del Evangelio de hoy y muchos otros ejemplos.
El llevar la Palabra de Dios es una bendición, es una alegría. A veces es motivo de honor, pero también supone un riesgo. Vamos a llamarlo de esa manera porque aumenta nuestra responsabilidad a la hora de presentar cuentas a nuestro Señor. El samaritano ¿qué hizo? el samaritano reconoció a ese hombre como prójimo. Porque esa fue la pregunta que dio origen a todo ¿Quién es mi prójimo? El que hace esa pregunta era otro teórico, un escriba, un estudioso. Él quería que se le dieran las coordenadas matemáticas, físicas, escriturísticas, filológicas, etimológicas, genéticas. Él quería que se le dieran la explicación sobre quién es el prójimo y resulta que el prójimo llega a mi vida sin explicación. No busques al prójimo a través de explicaciones, porque no las tiene. El prójimo no llega ante ti dentro de un esquema lógico, dentro de un esquema racional. El prójimo es precisamente lo que tú no programas, aquel que tú no programaste.
Ese día seguramente el sacerdote y el levita y el samaritano salieron de su casa con un programa, es decir, con un proyecto, con algo que querían hacer. Por algo estaban en ese camino. Lo más probable es que no estaban simplemente paseando, tenían un proyecto, pero el prójimo es aquel que me rompe mi proyecto. El prójimo es aquel que me interrumpe y me interrumpe mi proyecto porque irrumpe en mi vida. En la medida en que el prójimo rompe, es la misma raíz de irrumpir y de interrumpir, en la medida en que el prójimo rompe con esa lógica, con ese proyecto, con ese deseo que yo tenía, en esa medida se convierte en prójimo mío. De modo que, querido escriba, no le busques demasiadas razones a ese prójimo, porque el prójimo es el que rompe tus razones, es el que rompe tu esquema, es el que rompe lo que tú tenías programado.
El samaritano fundamentalmente se compadece. Este es otro aspecto hermoso para meditar y para agradecer. Por algo se ha llamado al mismo Cristo, judío. Se le ha llamado el buen samaritano. Ese es Jesucristo, el buen samaritano. Y lo es sobre todo por esa palabra, la palabra compasión. Esta es la palabra grande indudablemente de la Biblia, la palabra grande, la palabra que en cierto modo llena todo el Nuevo Testamento, la compasión. Por compasión ha venido Cristo a esta tierra. Por su compasión y misericordia somos redimidos, por compasión se abaja. En el caso de la parábola sucede ante nuestros ojos, se agacha, se abaja. Tener compasión es eso, es bajar con el otro, bajar a la situación, a la verdad, a la realidad, al dolor del otro. Eso fue lo que hizo el buen samaritano.
Nosotros necesitamos esa misericordia de dos maneras. La necesitamos porque nosotros estamos caídos y necesitamos redención y la necesitamos para poder darla a otros. Vienen a la mente las palabras del apóstol San Pablo cuando dice: Nosotros llegamos a consolar a los demás con el consuelo que hemos recibido de Dios. Dice en alguna de sus cartas a los Corintios. Si no hemos sido consolados por Dios, no podemos consolar a otros. Si no hemos sido destinatarios de compasión, no podemos ser fuentes de compasión. En la medida en que me reconozco como hombre tirado en el camino que ha recibido la visita del Dios compasivo. En esa medida transformado por esa compasión, también yo adquiero el don, la capacidad de abajarme, de agacharme junto al hermano. Necesito recibir misericordia porque necesito dar misericordia. Hermanos, son tantas y tan bellas las reflexiones que nos trae este Evangelio. Yo no quisiera agotarlas todas, ni tampoco podría. Solamente invito a cada uno a que reciba la visita del buen samaritano, a que reciba el aceite, tan bella esa imagen del aceite, la unción. El samaritano ungió al pobre hombre que estaba caído. Pues eso también necesitamos nosotros, necesitamos la unción del Espíritu. Pidamos entonces al Señor que nos dé la unción de su Espíritu para que seamos transformados, para que seamos no solamente objetos de misericordia, sino también sujetos capaces de dar misericordia a los hermanos. Que Dios se alegre en nosotros, que su Evangelio suceda en nosotros y a través de nosotros en el mundo entero. Amén.

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