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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La verdadera fe no se ejerce cuando entiendo todo sino tal vez cuando entiendo muy poco o cuando no entiendo nada.
Homilía o263004a, predicada en 20181003, con 7 min. y 8 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del capítulo noveno del libro de Job. Lo que hace especialmente difícil, pero también especialmente interesante este libro, es que nos presenta un drama. Job es una persona inocente, pero una persona que está sufriendo demasiado. Se puede decir que su pregunta es ¿por qué hay sufrimiento en el inocente? O como dice el título de un conocido libro en Colombia ¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena? Es una pregunta que desafía no solo nuestra inteligencia, sino también nuestra paciencia.
A lo largo del libro, Job se da cuenta perfectamente que la única persona a la que le podría pedir una explicación es Dios. Pero en la lectura de hoy aparece con claridad la tremenda disparidad que hay entre la criatura, en este caso Job, y su Creador, el Dios Altísimo. Dios es demasiado sabio, Dios es demasiado fuerte, Dios es demasiado sutil, no hay proporción entre el hombre y Dios. No parece, entonces que haya posibilidad de un verdadero diálogo.
¿Cómo es posible entrar en esa discusión con Dios si es tan grande la desproporción entre el hombre y Dios? Por eso el libro de Job se vuelve dramático, por eso es dramático, porque supone esa tremenda distancia, esa impresionante distancia, digamos que la gravedad de la pregunta y la profundidad del dolor obligan a preguntar, obligan a buscar la respuesta. Pero luego, la distancia parece eliminar toda posible esperanza y entonces Job queda, al mismo tiempo, queriendo saber y entendiendo que no puede saber. Su drama se concentra sobre su propio corazón. Y finalmente, no haya una respuesta, ni siquiera preguntando, tampoco callando la pregunta que brota de su ser.
¿Qué nos enseña esto? Podemos sacar de aquí unos tres puntos. Primero, por favor, tomemos en serio el dolor y tomemos en serio lo que vive tanta gente que simplemente no puede entender lo que le está sucediendo. Pensemos en la persona que se ve abocada a una muerte prematura. Yo he tenido cerca el caso de personas que tienen sus hijos pequeños, con temor y con lágrimas en los ojos le piden a Dios: Déjame ver crecer mis hijos, porque tienen una enfermedad incurable y algunas de esas personas mueren. Entonces es importante y es una de las enseñanzas del libro de Job que nosotros no nos contentemos con respuestas sencillas, elementales, con fotocopias de respuestas.
Precisamente una de las características de este libro es que tiene numerosos discursos y la mayor parte de los discursos no son de Job, son de los amigos de Job. Y los amigos de Job le dan las respuestas usuales que, incluso se parecen mucho a cosas que podemos seguir oyendo en nuestro tiempo. Le dan respuestas a Job como para tranquilizarlo, como para decir: Mira, si te va mal, debe ser algún pecado que cometiste. Si te va mal, quiere decir que no eras tan bueno. Dan y dan vueltas los amigos de Job, pero no logran ni darle una respuesta ni darle un alivio. Entonces, lo primero que debemos concluir nosotros es que el dolor es algo serio, muy serio, y que la persona que sufre muchas veces no necesita respuestas fáciles.
Me acuerdo el caso de un amigo que sufrió un accidente y quedó paralítico, este hombre queda impedido de mover sus piernas. Y con la mejor buena voluntad muchas personas se acercan con la intención de consolarlo, pero él mismo decía: Esas palabras de consuelo a veces me dejan peor. ¿A qué se refiere? Se refiere al caso de esas palabras como: Bueno, ¡ánimo, ánimo! Pero ¿cómo me voy a animar, me voy a animar de qué? A veces tratamos a la persona que tiene una depresión severa y le damos unos consejos que no ayudan. Entonces, lo primero es entendamos la profundidad del dolor y cómo muchas veces lo único sensato es lo que hizo en una ocasión el profeta Ezequiel, guardar profundo silencio y hacer presencia, orar, callar y estar cerca, es muchas veces lo mejor que se puede hacer.
Lo segundo, démonos cuenta de que esta desproporción entre nosotros y el Dios Altísimo también significa que hay muchas cosas que no vamos a entender, que no siempre el alivio está en entender, hay cosas que no vamos a entender. Sé que eso suena mal, pero alguien tiene que decirlo y no soy el primero. Hay cosas que no vamos a entender. La vida no consiste simplemente en responder a mi lógica, el mundo no tiene siempre que responder mis preguntas, y aprender a convivir con una cierta ignorancia también es humildad y también es sabiduría. Hay una sabiduría que consiste en aceptar aquellas ignorancias irremediables.
Y, en tercer lugar, observemos que ese Dios, aunque sea tan imposible de entender, sigue siendo el Dios que piensa en nuestro bien. Y eso significa que la verdadera fe no se ejerce cuando yo entiendo todo, sino tal vez cuando entiendo muy poco o cuando no entiendo nada.

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