Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La vida cristiana no se define por las recompensas que recibas de Dios sino en responderle con amor incondicional como Él te ama. ¡Que sea Él tu alimento, tu meta, tu recompensa!

Homilía o261005a, predicada en 20181001, con 5 min. y 29 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del libro de Job en el capítulo primero. Este libro, que pertenece al grupo de los llamados sapienciales en la Biblia, tiene grandes cosas que enseñarnos y nos va a acompañar durante unos días. La frase que más impacta de la lectura de hoy es aquella exclamación tan llena de paciencia en Job y que es la razón por la que él es considerado como un gran ejemplo de paciencia. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor. La ecuanimidad con la que Job acepta Dios me da las cosas. Dios me quita las cosas. Esa ecuanimidad impacta, esa ecuanimidad está indicando una persona que, más que quedarse en lo que recibe de Dios. Quiere quedarse con Dios mismo.

Me hace recordar una hermosa historia, un hermoso recuerdo de Santo Tomás de Aquino, bien avanzado en su hermosa labor como maestro, como teólogo. Tomás seguía siendo ante todo un hombre de oración. Y en alguna ocasión, haciendo profunda oración ante un crucifijo, el crucifijo le habló. Y sabemos de esta voz, no porque lo diga el mismo Tomás, sino porque un hermano suyo, dominico que estaba ahí, escuchó el diálogo entre el Cristo y Tomás. ¿Y qué le dijo Cristo? ¿Qué quieres como recompensa de todos tus trabajos? Se refería a Cristo a la manera tan generosa, tan dedicada y perseverante de Tomás, que no ahorraba esfuerzos tratando de exponer con la máxima claridad, con la máxima perfección, la doctrina de la fe. Y la respuesta de Tomás es asombrosa y es un verdadero ejemplo. Non nisi te domine. Nada quiero solamente a ti. Esto es lo propio de la vida cristiana.

La vida cristiana no se define por las recompensas que uno pueda recibir, como si uno fuera un asalariado, como si uno fuera un mercenario. No es lo que yo pueda recibir de Dios. Es al Dios al que yo recibo las cosas que Dios me da. A veces son de mi gusto y a veces no. Las personas que Dios me acerca, a veces me caen muy bien y a veces no. Pero Él, Él es mi alimento, Él es mi meta. Él es mi recompensa. Nada quiero, sino que te quiero a ti, Señor. Y el que busca como pago esa dulce amistad y esa perfecta unión con Dios, jamás quedará defraudado, porque en el momento de la abundancia agradece a Dios y en el momento de la escasez espera en Dios. En el momento de la salud, bendice a Dios en el momento de la enfermedad, se une a la Pasión de Cristo, Hijo de Dios, es decir, nada lo puede separar del Señor.

San Pablo dice: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Porque el amor de Cristo ha sido incondicional. Es evidente que la respuesta propia a un amor incondicional es otro amor incondicional. El amor incondicional de Dios es: Me amó a pesar de mi pecado. El amor incondicional mío es: Yo amo al Señor en lo que me gusta y en lo que no me gusta. Yo alabo a Dios en lo que me agrada y en lo que no me agrada. Yo espero en Dios cuando todo fluye muy bien o cuando las cosas salen mal. Por eso es muy peligroso idolatrar la felicidad. Es muy peligroso tomar el camino de mientras yo me sienta bien, mientras esto me haga feliz. Yo por lo menos busqué ser feliz. Ese es un camino muy peligroso, porque la persona que está buscando solamente su felicidad se entiende felicidad en esta tierra.

La persona que se concentra en su felicidad, en esta tierra, es como si le estuviera diciendo a Dios: Te serviré mientras las cosas vayan a mi favor. Voy a estar contigo mientras me guste. Eso no es amor. Esa no es manera de responder al amor incondicional de Dios. Y por eso hemos de pedir al Señor que crezca en nosotros el verdadero amor del cual nos habla Job, del cual nos habla Santo Tomás, del cual nos hablan todos los verdaderos testigos del Evangelio.

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