Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dejar que sea el orden de Dios el que prime en nuestra vida.

Homilía o253002a, predicada en 19980923, con 6 min. y 34 seg.

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Transcripción:

Miremos, amados hermanos, cómo es de grande y de eficaz la bendición de Jesucristo, cómo aquello que parece imposible, arduo, se vuelve de repente sencillo, cómo, de la misma manera que sale el sol y se derrite el granizo, así también vemos que sale Jesús y desaparece, se deshace todo el frío del alma, desaparece todo obstáculo del corazón y queda el camino expedito para el amor de Dios. Cuando es Jesús el que envía, cuando es Jesús el que confiere el poder y la autoridad, los demonios huyen, las enfermedades retroceden, el pecado se destruye y florece la gracia y la alegría. ¡Qué poder tan grande el de Jesucristo! Una palabra de Él realmente es suficiente para traer salud y para traer vida a nuestra vida.

Y por eso, uno puede preguntarse, cuando las cosas a veces parecen imposibles, imposibles, uno tiene que preguntarse si será eso lo que Dios realmente quiere o si, tal vez, no es. Vale la pena preguntarse eso, ejemplo, uno quisiera que muchas personas se convirtieran. A veces uno quiere, por ejemplo, que una determinada persona en la familia de uno se convierta y entonces uno como que pone toda su atención y todos sus propósitos y toda su fuerza en que esa persona se convierta y en que esa persona se convierta. Y uno siente como que se esfuerza y se esfuerza y nada logra. Cuando uno mira este Evangelio, capítulo noveno del Evangelio según San Lucas, uno se pregunta: Bueno, ¿y será que es realmente esa, la persona que tiene que convertirse en este momento?

Evidentemente, Dios quiere llegar a todo el mundo, Dios quiere llegar a todas las personas, pero uno tiene que preguntarse por el orden en el que Dios quiere que sucedan las cosas. Porque a veces el orden que Dios tiene pensado no es el orden que tiene pensado uno. Entonces, uno está pensando en que primero se tiene que convertir Fulanito y ese de, ayudame a la conversión de Sutanita y ellos dos me van a ayudar a la conversión, y de pronto ese no es el plan de Dios, de pronto el plan de Dios es distinto. Y entonces, uno está haciendo fuerza y tratando de convencer y tratando de persuadir y tratando de lograr, tal vez no era por ahí. Por eso es admirable, la obra de Jesucristo es admirable.

Y como para probarles a los discípulos sin sombra de duda, que teniendo a Cristo lo tenían todo, como queriendo probarles eso, les mandó en la más estricta mendigancia, no bastón, ni alforja, no pan, no dinero, como quien dice, teniéndome a mí lo tendrán todo, no necesitan nada más. Mostrando que un ejército pequeño, cuando es bendecido por Dios, logra grandes victorias, por consiguiente, si no vemos que suceden las conversiones, si la vida de las personas no está cambiando, de pronto es que no es esa la persona que tiene que convertirse en ese momento. Entonces, uno tiene que tener esa inteligencia que dice Jesús aquí: «En cuanto a los que no reciban, saliendo, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos». Saliendo sacudid el polvo, hay que saber salir de la ciudad que no se convierte. Hay que saber salir de la persona a la que ya se le predicó y no se convirtió. Hay que saber salir, salir.

El evangelizador tiene que ser ágil, el evangelizador no se puede quedar en la ciudad pecadora rogándoles a ver si de una manera o de otra se van a convertir o no se van a convertir. Entonces, voy a traerles otro que les haga milagros o voy a traerles otro. No, sacudir el polvo, hay que saber sacudir el polvo, hay que saber dejar. Ah, pero se van a condenar. No sabemos, no sabemos si se van a condenar, no sabemos. Probablemente el predicador que los va a convencer va a ser otro, probablemente la palabra que les va a llegar va a ser otra. ¿Quién ha dicho que tienes que ser tú? ¿Quién ha dicho? Y uno muchas veces, sin darse cuenta, uno está pecando de soberbia, eso nos pasa a todos, pero especialmente a los sacerdotes, porque uno quisiera tanto que, a estas personitas, que este muchacho, que este matrimonio, que esta niña se convirtiera y uno está, sin darse cuenta, tal vez, está imponiéndole el orden de uno a Dios.

No, hay que saber seguir el orden de Dios, porque las cosas de Dios suceden con una gran paz y con una gran sencillez, como esa explosión de júbilo con la que acaba el Evangelio de Lucas: «Saliendo, pues, recorrieron los pueblos anunciando la Buena Noticia y curando por todas partes». Esa tiene que ser la imagen nuestra. Y hay que anunciarle a las personas, pero también hay que saber, también hay que saber detenerse. Y también hay que saber decir, tal vez no es por aquí, tal vez es por otro lado y a veces las personas que más quisiera, no son las personas que Dios estaba pensando. Entonces, hay que tener esa agilidad y dejar que sea el orden de Dios el que prime en la vida de uno.

Señor, danos de tu Espíritu, danos la docilidad a tu Palabra, danos, danos Señor, poder ser moldeados por ti, que seas Tú el que nos des la forma y que seamos verdaderamente evangelizadores. Amén.

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