Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Es propio de nuestra vida cristiana escuchar al prójimo para llevar sus necesidades en oración hacia Dios; y escuchar a Dios para llevar su evangelio con misericordia al prójimo.

Homilía o252007a, predicada en 20200922, con 7 min. y 52 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos. Uno de los verbos más bellos y más importantes de la Biblia es el verbo escuchar. Efectivamente, si la Biblia misma, si la Escritura es palabra, Palabra de Dios, pues ¿para qué está la Palabra?. Para que nosotros la recibamos, es decir, para que la escuchemos. Ese es nuestro punto de partida. El verbo escuchar aparece dos veces hoy. Aparece en el Evangelio porque Cristo dice: Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Pero el verbo escuchar aparece en un contexto diferente dentro de la colección de máximas, la colección de frases, que está en la primera lectura, que es del libro de los Proverbios, ahí aparece el escuchar al necesitado. El que no escucha al necesitado tampoco será oído cuando ruegue.

Las lecturas de hoy nos están invitando a utilizar nuestras dos orejas para recordar lo nemotécnicamente, escuchar a Dios y escuchar al prójimo y sobre todo al prójimo necesitado. Escuchar al que sufre y escuchar al Dios que alivia todo sufrimiento. Observemos que hay una relación entre estos dos modos de hablar del verbo escuchar, relación que está sugerida en la frase que acabo de decir. Escuchamos al Dios que nos libra del sufrimiento y escuchamos a nuestros hermanos que sufren, de manera que somos invitados por esta doble escucha a servir como de canal, como de puente.

Hay varios santos de los que se cuenta esto de servir de canal, de servir de puente. Hermosamente se dice de nuestro fundador, el fundador de mi comunidad, Santo Domingo de Guzmán, que él hablaba con Dios y hablaba de Dios. Hablaba con Dios en la oración y hablaba de Dios en la predicación. Bueno, eso es hablar. Pero ¿dónde está la escucha? Pues Domingo, el fundador de la Orden de Predicadores. Domingo, conoce y escucha las miserias del prójimo y las lleva a Dios en su oración, sobre todo en la oración de la noche, porque escucha al prójimo, hace de su oración una especie de altar donde presenta todos esos dolores, todos esos límites, porque no es solo el dolor de la enfermedad o de la pobreza, es sobre todo el dolor del alma que ni siquiera sabe gemir porque está silenciada en las cavernas del pecado. Domingo conoce ese dolor, escucha ese dolor, lo siente, lo hace suyo. Y luego lo suelta valientemente en la oración. Y digo valientemente porque su voz se volvía un grito. Se volvía un rugido que algunas veces fue escuchado por sus frailes. Señor, misericordia, qué será de los pecadores. Volviéndose embajador de todos los necesitados, muy particularmente los necesitados de la gracia, Domingo se vuelca en oración, especialmente en la oración nocturna, y grita con amor. ¡Qué será de los pecadores! Ahí te das cuenta cómo él hace el papel de puente que recibe el dolor, la angustia de tanta gente y la lleva a Dios.

Y luego, Domingo medita las Escrituras dentro de los nueve modos de orar de Santo Domingo, uno muy importante es aquel que se representa con un libro donde él está haciendo su meditación, donde él está recibiendo la enseñanza. Entonces hoy está Domingo escuchando, escuchando a Dios, y así como recibe esa palabra, luego con fuerza, con valentía, la lleva en la predicación, de tal modo que su oración es fruto de la escucha al prójimo, y su predicación es fruto de la escucha a Dios. Eso es bellísimo. Ese es el servicio que presta una persona que sabe de la doble escucha, hay que oír a Dios para saber qué le voy a decir al prójimo. Y hay que oír al prójimo para saber qué le voy a pedir a Dios. Una consecuencia de este modo tan bello de vivir de Domingo, repito, y de tantos otros santos. Una consecuencia muy bella es que es una invitación a la transparencia. De algún modo nosotros somos invitados a ser transparencia de Dios, es decir, que a través de nosotros la luz de Dios llegue con fuerza y claridad al prójimo, pero también a través de nosotros las necesidades, los dolores del prójimo se presenten con fuerza en el altar del cielo. O sea que somos invitados a ser transparentes.

En este sentido, me llama la atención otra Santa, Teresa de Jesús. Cuando ella habla de cómo es una persona que vive realmente en la gracia de Dios, utiliza, como todos sabemos, la imagen del castillo. Pero yo no sé de dónde sacó ella la idea de que este era un castillo transparente. Ella dice es un castillo como de cristal o de diamante. Y la razón que da es hermosísima. En la habitación central, en el centro de este castillo, habita el mismo Dios, vive Dios. Y este Dios, fuente de toda claridad a través del castillo que es transparente, puede irradiar toda la comarca, puede llenar de claridad el país. Por eso, lo que no se ha visto nunca lo menciona Santa Teresa, un castillo transparente. ¿A quién se le ocurre eso? Solo se le ocurre a ella. Un castillo transparente, es decir, es necesario que tengamos la fortaleza para preservar las obras divinas, pero al mismo tiempo tengamos la transparencia para que se vea quién es el que vive, quién es el que reina en nosotros.

Así que, hermanos, esa es la invitación de hoy oír al Señor, oír al prójimo y por favor, que quede en nuestro corazón esa advertencia tan severa que nos hizo el libro de los Proverbios. Cuidado con cerrar los oídos a la necesidad del prójimo, porque si se tapa el oído del prójimo, se termina tapando el oído de Dios. Y en una soledad que no tiene otro nombre sino prisión, empieza a perderse rápidamente todo lo que Dios nos ha concedido. Corazones orantes, corazones misericordiosos, vida llena de luz y de transparencia. Esa es la invitación del día de hoy.

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