Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pidamos al Señor que la obra de la evangelización se fortalezca y que al dar a conocer el Nombre de Cristo su amor amor llegue a ser fecundo.

Homilía o252005a, predicada en 20180925, con 5 min. y 44 seg.

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Transcripción:

Si nos preguntamos de dónde vienen las relaciones de parentesco, encontramos que siempre están relacionadas con una forma de amor y con una forma de deseo. Yo, por ejemplo, tengo tres hermanos. ¿De dónde salen esas personas que yo llamo mis hermanos? Pues provienen del mismo amor que hizo posible mi propia vida. El amor de mi papá y mi mamá. Porque ellos se amaron, porque ellos se gustaron y desearon, porque ellos se unieron. Por eso existimos nosotros, los hijos. De manera que el amor y el deseo producen unión. La unión produce fecundidad y la fecundidad produce parentesco.

Esto tiene que ver con el Evangelio de hoy, tomado del Capítulo Octavo de San Lucas, porque ahí se habla de parentesco o mejor, de dos tipos de parentesco. Un parentesco es el que la Biblia llama de la carne y la sangre. Tu madre y tus hermanos vienen a buscarte. Es el parentesco de la sangre. Ese parentesco tiene que ver con el amor y está muy bien. Pero es que Jesús tiene otro amor que ha traído, otro amor del que Él es portador, otro amor del que Él es embajador, otro amor que tiene la máxima expresión en Él mismo. Conviene recordar aquí lo que nos dice el Capítulo Primero del Evangelio según San Juan, refiriéndose a las personas que han creído en Cristo, dice: Éstos no han nacido del deseo de la carne, no han nacido del deseo de varón, han nacido de Dios. Es decir, que si la carne, el deseo carnal, tiene su propia fecundidad, pues el amor de Dios también tiene su propia fecundidad. Y lo que está enseñándonos Cristo precisamente con este Evangelio. Es que ese otro amor, esa otra forma de amor, existe, y que esa otra forma de amor tiene su propia forma de fecundidad, lo cual podemos aplicar a nuestra vida y a la vida de la Iglesia de tres maneras.

Primero, el verdadero amor siempre implica donación. Cuando la carne se cierra sobre sí misma, se esteriliza. Entonces, el amor carnal, cuando se cierra sobre sí mismo, en cierto sentido se traiciona. Vemos que eso está sucediendo en nuestro tiempo. A medida que el amor carnal se idolatra y el placer de la carne se idolatra, pues también la esterilidad se multiplica, lo cual es una frase contradictoria en sí misma. Estamos encontrando que aquellos países donde una vida de placer se ha convertido como en una especie de ideal generalizado, pues son también los países en los que la esterilidad masiva hace que caiga la tasa de natalidad con consecuencias desastrosas.

En segundo lugar, nos damos cuenta de que la fecundidad que Cristo ha traído es propia de un amor nuevo, ese amor nuevo que es el amor de la gracia, el amor del Espíritu Santo. Es el único que nos da esa fecundidad, o sea que nadie la va a entender y nadie la va a recibir a menos que conozca el amor de Cristo. Y por eso San Pablo decía que él engendraba hijos. Así, por ejemplo, de uno de sus discípulos dice yo lo engendré. Y no se refiere a la carne, se refiere a la evangelización. Es decir, la evangelización, el dar a conocer el nombre de Cristo es lo que hace posible que ese amor llegue a ser fecundo. La evangelización es el principio de fecundidad de la Iglesia. Y una Iglesia que no evangeliza, una iglesia que no anuncia el nombre de Cristo es una iglesia condenada a la esterilidad y a algo que podríamos llamar una especie de suicidio.

En tercer lugar, si la forma más sublime de fecundidad es este amor nuevo que trae Cristo, quiere decir que también las personas que por un llamado especial se consagran totalmente al servicio de Dios, como debemos ser los sacerdotes, como deben ser las religiosas y otras personas que tienen voto de castidad, bien entendido, ese voto de castidad es una apuesta por una máxima fecundidad. No es una apuesta simplemente por ser soltero, es una apuesta por ser fecundo de una manera nueva, la manera que Cristo nos ha enseñado. Demos gracias a Dios por este amor nuevo y pidamos al Señor que robustezca la obra de la evangelización para que ese amor llegue a muchas más personas y también ellos conozcan esos dones que Dios y solamente Dios, puede conceder.

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