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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo nos muestra de qué amor nacen los que nacen de nuevo, por el Evangelio, a la gracia de Dios.
Homilía o252003a, predicada en 20140923, con 4 min. y 5 seg. 
Transcripción:
Muchos de nosotros tenemos hermanos o hermanas. El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre qué significa esto de tener hermanos o hermanas desde un ángulo muy particular, porque resulta que se acerca a la madre de Jesús con algunos de sus parientes a quienes el Evangelio llama aquí, hermanos, y quieren ver a Jesús. Y él responde: Mi Madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen. A primera vista se trata de una especie de desaire a su propia familia. Pero si lo miramos mejor, Cristo está manifestando de qué amor ha nacido Él y de qué amor quiere que nosotros nazcamos. Porque lo que hace que mis hermanos en esta tierra sean hermanos míos, es que ellos nacieron de un mismo amor y ese amor es el amor de mis padres. Es decir, el amor entre papá y mamá fue el que les llevó a unirse y de ahí vengo yo y de ahí vienen mis hermanos. Entonces, lo que hace que mis hermanos sean mis hermanos es un tipo de amor, es una forma de amor. Lo que Cristo está contando es que además de ese amor, el amor natural que proviene de la natural atracción entre el hombre y la mujer, además de ese amor que podemos llamar el amor de la carne y la sangre, hay un amor distinto, hay un amor más alto. Y ese amor, ese amor más alto, es el que nos describe hermosamente el Evangelio de Juan en el capítulo primero, cuando dice que nosotros los creyentes no hemos nacido de deseo de varón, sino que hemos nacido de Dios, es decir, hemos nacido de un amor más grande. Ese mensaje, podemos tomarlo profundamente para nuestro corazón. Por supuesto, no es que Cristo esté rechazando a la Virgen María. No es que Cristo esté rechazando a sus parientes en esta tierra. Lo que está diciendo es que el verdadero vínculo, el verdadero principio y lazo de unión con Él, no es la carne y la sangre que estaría circunscrito únicamente a unos pocos. El verdadero lazo de unión, el verdadero principio de unión con Él, es el que viene de ese amor que es el amor de lo alto. Y ese amor llega a nosotros lo mismo que en la fecundación natural. Es necesario que haya una semilla y es necesario que se dé esa unión. Así también la semilla de la Palabra divina llega a nosotros y quiere unirse a nuestro ser y quiere dar su fecundidad y quiere dar su fuerza a lo que nosotros somos de modo tal que crezca en nosotros esa verdad divina, crezca en nosotros esa luz y se manifieste a través de lo que somos, a través de lo que pensamos, a través de lo que decimos y hacemos. Ese es el amor que Cristo quiere que suceda en nuestra vida. Y ese es el amor al que nosotros somos invitados a través de la predicación de la Iglesia. Y por eso la Iglesia es Madre, como lo recordaba recientemente el Papa Francisco, porque a través de la predicación de la Palabra, a través de la plegaria incesante, a través del ejemplo de sus mártires, la Iglesia nos está educando y nos está conduciendo por ese camino de fidelidad a la Palabra, para que en nosotros brille únicamente el amor natural, el amor de deseo, el amor de carne y de sangre, sino que brille el amor que no muere para que brille el amor de Dios.

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