Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía o252001a, predicada en 20000926, con 13 min. y 31 seg.

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Transcripción:

Los libros sapienciales tienen relativamente poco espacio dentro de la liturgia de la Iglesia. Y por eso hay que aprovechar esta presencia fugaz, notando que no es fácil predicar sobre pasajes de los sapienciales. Porque fíjate cómo en estos pocos versículos, y a pesar de ser escogidos, hay como una multitud de temas De acuerdo con lo que hemos dicho como respuesta en el salmo, da la impresión de que el tema que agrupa o que se quiso que agrupara a todos estos versículos es la realización de la voluntad de Dios, el cumplir el querer de Dios, el acercarnos a esa voluntad para conocerla y practicarla. Y por eso, por eso se habla de la voluntad de Dios en el Rey y por eso se dice de practicar el derecho y la justicia. Las consecuencias que trae obedecer o no obedecer a Dios. En fin, mientras tanto, el Evangelio va en la misma línea, porque se escucha también aquello de la Palabra de Dios recibir la Palabra de Dios y ponerla por obra.

Entonces, si esa interpretación es correcta, el mensaje que quiere la Iglesia que recibamos hoy es ese seguir la voluntad de Dios escuchando su Palabra y practicándola. Escuchar la Palabra de Dios para recibir la voluntad de Dios. Nosotros hablamos mucho de la Palabra de Dios y de la voluntad de Dios. Es interesante en este día unir esas dos expresiones escuchar la voluntad de Dios en la Palabra de Dios. Esta sí que es una ciencia necesaria para la vida espiritual. Repito escuchar la voluntad de Dios en la Palabra de Dios. Me llama la atención sobre todo ese versículo que debe ser el segundo del capítulo veintiuno de Proverbios. Proverbios veintiuno dos: Al hombre le parece siempre recto su camino, pero es Dios quien pesa los corazones. Al hombre le parece siempre recto su camino. Es decir, mientras no estoy oyendo nada distinto de mi propia voz, mi veredicto sobre mí seguramente es: Hice lo que tenía que hacer. Voy bien. He cumplido lo que tenía que cumplir. Se necesita que llegue algo de afuera para que uno pueda caer en cuenta que ese camino que a uno le parecía recto no es recto. Por eso la idea es escuchar la voluntad de Dios en la Palabra de Dios.

Porque si yo no escucho una palabra distinta de mi palabra, entonces me cae encima Proverbios veintiuno dos: Al hombre le parece siempre recto su camino, pero es Dios quien pesa los corazones. Por eso ahora entiendo un poco mejor esa frase del profeta Isaías. En ése pondré mis ojos, dice Dios, en el que tiembla ante mis palabras. ¿Por qué? Porque Dios quiere que le tengamos miedo. No sino porque aquel que se estremece ante la Palabra de Dios, aquel que está, como dice el Salmo, con los ojos puestos en las manos de Dios, cual están los ojos de los esclavos en las manos de sus señores. El que está esperando, qué piensa Dios. Dios. Y el que no sabe si su vida puede ser aprobada ante Dios. El que tiene ese santo temor que no es puro miedo. Ese es el que puede recibir la voluntad de Dios. Recibir la voluntad de Dios es recibir una palabra distinta, la Palabra distinta de lo que yo me he venido diciendo, de lo que yo estoy acostumbrado a decirme. Al hombre le parece siempre recto su camino. Es Dios quien pesa los corazones.

Por eso, si una persona que creo que sea el caso de todos nosotros, quiere buscar la voluntad de Dios, tiene que buscar también una palabra diferente de su propia Palabra. Esta es la grandeza precisamente de la obediencia. La grandeza de la obediencia es esta, que se trata de una palabra distinta de mi palabra, distinta de mi discurso. Es una palabra que llega a interrumpir mis meditaciones, que llega a interrumpir mis planes, que llega a interrumpir mis cavilaciones. Es que si no me interrumpiera no me abriría un mundo nuevo. Hay que tenerle una gran fe a la obediencia, una fe profunda a la obediencia, no a la obediencia del acuerdo, que es bonita y que tiene su lugar. Hay que tenerle también fe a la obediencia que me interrumpe, esa que rompe el hilo de lo que yo pensaba. ¡Qué desgracia para una persona, que Dios nunca le interrumpa su discurso! Esa sí que sería una terrible desgracia si Dios nunca me interrumpe mi discurso. Entonces Proverbios veintiuno dos a mí me parece siempre recto el camino. ¿Pero qué dirá ese Dios de mi corazón? Como somos tan cobardes en este tiempo en el que vivimos, somos tan cobardes nosotros los súbditos, ovejas del rebaño de Dios. Como somos tan cobardes, no queremos que llegue un discurso distinto en nuestro discurso, ni que nadie interrumpa nuestros planes. Pero esa es una pérdida para nosotros.

Si Dios no le hubiera cambiado los planes a María, no sería la Madre de Dios. Y si Dios no le hubiera cambiado los planes a José, no sería el Padre de Jesús. Y si Dios no le hubiera cambiado los planes a Pedro, no sería el apóstol que es. Y si Dios no le hubiera cambiado los planes a Pablo, no sería el maestro de los gentiles. Yo leo la Biblia y saco una conclusión desgraciada hay que llamar y tener compasión, desgraciada hay que llamar a la persona a la que Dios no le cambie realmente los planes, a la que Dios nunca desconcierte, a la que Dios nunca confunda, a la que Dios nunca turbe, por lo menos. Porque aunque no había confusión de pecado en la Santísima Virgen, y aunque no podemos suponer que hubiera pecado, tampoco en José cuando entraba en aquellas dudas, sin embargo sí hubo turbación. Sí hubo desconcierto y necesidad de entrar en sí mismo y decir ¿pero esto qué es? ¿Esto qué significa? Si a uno nunca le sucede eso, si Dios nunca interrumpe el curso de mis cavilaciones y la secuencia de mis proyectos, si Dios nunca me interrumpe, quiere decir que de alguna manera a mí me seguirán pareciendo rectos mis caminos. ¿Pero qué pensará verdaderamente Dios? Claro, nosotros tenemos temor de decir delante de los superiores, que los superiores tienen derecho a interrumpir nuestros planes.

Pero piense, piense el superior, que él también está bajo obediencia y piense de quiénes tiene que responder. Tiene que responder de un pueblo lavado por la sangre del Cordero sin mancha. Por eso no hay que tener miedo de decirle al superior. Usted tiene el encargo, entre otras cosas, de interrumpir nuestros planes. Pero hay que decirle. Hágalo siempre de cara a Dios. Mire siempre hacia Dios. Porque usted tendrá que dar cuentas de muchas cosas de nuestras vidas. Pero bueno, eso lo dejamos entre el Superior y Dios. Lo que a nosotros nos corresponde es con un corazón mucho más generoso, estar dispuestos a oír una palabra distinta, porque si nunca llega una palabra distinta, lo único que puede estar seguro es que estoy haciendo mi voluntad. Nunca podré estar seguro de estar haciendo la voluntad de Dios. Es necesario que lo interrumpan a uno. Es necesario que le corten el camino, que lo pongan a pensar que lo desconcierten. Eso es necesario que suceda. ¿Y no le pasó eso también a Jesús? Finalmente hubo un punto en el que el mismo Jesús sintió que lo que Él quería como suyo iba por un lado y lo que él veía como del padre iba por otro lado. Y también él aprendió sufriendo a obedecer, dice la Carta a los Hebreos y por eso se ha convertido en causa de salvación. Y agrega esto para aquellos que obedecen.

Pidámosle a Dios nuestro Padre, que a nuestros superiores les dé sabiduría de lo alto y coraje, porque se han vuelto cobardes, se han vuelto cobardes. Los hemos vuelto cobardes todos nosotros y a veces por una malentendida democracia, a veces por cuidarnos, a veces por guardar las obras que tenemos, los apostolados, las amistades que tenemos. Hemos vuelto cobardes a nuestros superiores. No que tengan coraje, que tengan audacia, porque si no, serán inútiles para la obra de Dios. Pero una audacia unida a la sabiduría de Dios y unida por tanto, a esa misericordia de Dios. Sin embargo, no somos nosotros los que tenemos que juzgar si tienen o no tienen esa misericordia. Pregúntele al niño de cuatro o cinco años que le van a poner una inyección para quitarle la infección. Pregúntele ¿Su papá tiene misericordia de usted? ¡No! No tiene misericordia porque me va a chuzar. No tiene misericordia mi papá. Pero pasa el tiempo y ese niño dice: Mi papá sí tenía misericordia. Otra vez la carta a los hebreos. Ningún castigo nos gusta mientras lo estamos recibiendo. Claro, uno se descontrola. Uno dice ¿Pero por qué esto? ¿Pero por qué a mí? Siempre yo. ¿Por qué no se aprenderá otro nombre el provincial? En ese momento es difícil para uno. Pero luego uno descubre y dice Gloria a Dios que me cambiaron mis planes. Bendito sea Dios que me interrumpieron porque cuando me interrumpieron mi discurso, entonces me libré de Proverbios veintiuno dos: Al hombre le parece siempre recto su camino, pero es Dios quien pesa los corazones.

Oremos siempre por nuestros superiores, que tengan el corazón de Dios, que tengan la sabiduría de Dios, que tengan el Espíritu Santo y que tengan coraje, coraje para realmente llevar la nave, decía Catalina de Siena. La vida religiosa es como una nave. El superior necesita tener misericordia, sabiduría, pero también fuerza, porque hay que llevar la nave y llevarla es llevarla hasta que llegue a las playas de la eternidad. Que Dios les otorgue eso a ellos y a nosotros. Que nos dé no solo la humildad y la obediencia, sino la inteligencia para darse cuenta de que solo interrumpiéndome Dios puede transformar mi corazón.

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