Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Una catequesis de San Pablo sobre los carismas en la Iglesia: Regalos del Espíritu Santo, que equipan, defienden y embellecen a la Iglesia de Dios.

Homilía o243009a, predicada en 20200916, con 26 min. y 51 seg.

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Transcripción:

Hermanos, hemos comentado ya varias veces que la comunidad de Corinto fue una comunidad cristiana difícil, en cierto sentido, una especie de desafío permanente para Pablo. No solo les dedicó mucho tiempo, de una manera personal, física, directa, unos 2 años, sino que después, estando ya en otros lugares, seguía en contacto con esta comunidad, a través de amigos comunes y también a través de carta.

Pues bien, una de las situaciones que se presentó en la comunidad de Corinto es que tenían una especie de fascinación por el tema de los carismas. En la primera Carta a los Corintios hay 2 capítulos, casi podríamos decir 3, que están dedicados a este tema de los carismas, el capítulo número 12 y el capítulo número 14. Pero en medio de ellos está este capítulo más breve, el capítulo 13, que lo hemos leído completo el día de hoy en la primera lectura. Este capítulo trece habla sobre el amor como el carisma sublime, el carisma excelso. Yo creo que es un buen tiempo para recordar qué significa la palabra carisma y cómo se compara el amor con estos carismas, porque ese es el tema que nos propone San Pablo en el texto de hoy.

La palabra carisma está emparentada con la palabra «kháris», que significa gracia y un carisma, en griego «khárisma» quiere decir un regalo, es un regalo. De manera que los carismas son en primer lugar eso, regalos, ¿regalos de quién y para quién? Regalos de Dios para su pueblo, regalos espirituales, regalos que el Espíritu Santo concede a distintas personas según su propio querer y voluntad porque, efectivamente, como bien nos enseña la Escritura, el Espíritu Santo es Señor. Con lo cual estamos diciendo que los carismas no son algo que se pueda obtener por entrenamiento, que se pueda obtener por una especie de esfuerzo personal o una técnica. Realmente lo propio de los carismas, precisamente, es que Dios los da a quien quiere y cómo quiere.

¿Para qué sirven los carismas? El hecho de que sean regalos no quiere decir que sean solamente adorno, aunque esta función tampoco es pobre. La Iglesia se embellece con los carismas, la Iglesia se adorna, como novia para su esposo, con los carismas. O sea que los carismas y una Iglesia carismática es un regalo del Espíritu Santo que así embellece a la novia de Cristo, que es la Iglesia. Pero además de ser adorno que le da belleza a la Iglesia, los carismas son también otras dos cosas, que hemos comentado en otras oportunidades. Los carismas son herramientas para trabajar y los carismas son armas para defendernos.

Los carismas son herramientas en el sentido de que nos permiten actuar muy por encima de nuestras capacidades. Nos enseña Santo Tomás de Aquino que en este tipo de regalos de Dios el ser humano obra, no de un modo humano, sino ya propiamente divino. De estos carismas encontramos con abundancia en las vidas de los santos, por ejemplo, un regalo del Espíritu Santo fue lo que tuvo el Padre Pío, que le permitía leer conciencias y corazones por un permiso especial de Dios, eso quiere decir que muchas veces, la gente que iba a confesarse con el Padre Pío, por descuido, por mala preparación, por vergüenza, por orgullo, dejaba de decir cosas que era importante decir en la confesión y Dios le mostraba al Padre Pío este tipo de situaciones, de modo que la gente quedaba asombrada, por no decir espantada, de ver que el Padre Pío les hablaba de cosas que nadie más conocía.

Una experiencia semejante le concedió Dios a Catalina de Siena. Sabemos que una de las obras que realizó esta bendita mujer fue propiciar e impulsar el retorno del Papa a su sede propia, que es la ciudad de Roma, porque el Papa es ante todo el obispo de Roma. Pero durante cerca de 70 años los Papas estaban viviendo en una población de Francia, llamada Avignon. Este desorden de un obispo viviendo fuera de su diócesis y además en condiciones que no eran ni las mejores ni las más santas, implicaba una especie de degradación de la vida cristiana en todas partes. Ya sabemos, si la cabeza es mediocre y corrupta, pues ese pésimo ejemplo de inmediato tiene repercusiones en toda la Iglesia. Catalina, estamos hablando del siglo XIV muere de dolor, de ver la situación de la Iglesia y entonces, las cosas se dan de modo que ella puede hablar con el Papa.

El Papa, que estaba en ese momento, le pregunta a ella: ¿Qué crees que debo hacer? Esto en sí mismo es absolutamente notable, como muchas otras cosas de la vida de Catalina. Es el primer caso que conocemos de una mujer que le predicó al grupo de cardenales que tenía el Papa en aquella época, y no fue la única excepción, pero ese no es el tema de hoy. Catalina, cuando recibe la pregunta del Papa, ¿qué debo hacer? Le responde instantáneamente: Debes hacer lo que le prometiste a Dios con juramento el día que aceptaste ser Papa. Resulta que el Papa no le había hablado a nadie de ese juramento, y el juramento había sido que él quería, precisamente, retornar a su lugar de vivienda, su sede a la ciudad de Roma. Él no había hablado a nadie de ese juramento, pero Dios se lo reveló a Catalina.

Por estos ejemplos, te das cuenta de cómo los carismas nos permiten obrar por encima de nuestras capacidades. Ninguna fuerza humana, ninguna deducción humana, podía llegar a eso. Y lo mismo vale para muchos otros carismas, así, por ejemplo, los carismas de sanación que son tan apreciados en tantas partes, los carismas de milagros que realizan tantos santos, que han realizado tantos santos, los carismas de profecía que han realizado varios de estos santos. Pero repito, Dios no está obligado a dar un determinado paquete de carismas o un carisma determinado a ninguna persona, siempre son un regalo. Nos damos cuenta de que estos regalos sirven de herramientas.

Claramente, en el ejemplo que di de Catalina de Siena, cuando aquel Papa oye lo que esta mujer le está diciendo, pues, en primer lugar, no puede dudar de que el Espíritu Santo está en ella. Pero, en segundo lugar, queda tan impactado por la presencia y el señorío de Cristo, que de ahí precisamente saca fuerzas para su retorno a la ciudad de Roma, cosa que sucedió en el año 1378. Lamentablemente ese Papa que regresó a Roma, murió al poco tiempo. Entonces, eligieron otro Papa que también asumió sede en Roma, pero ahí se produjo un desastre porque algunos de los cardenales, sobre todo de lengua francesa, dijeron que la elección había sido inválida y eligieron un segundo Papa para que reinara en Avignon. Ese es el comienzo del terrible cisma de Occidente.

Los ojos de Catalina se llenaron de dolor y lágrimas viendo lo que estaba sucediendo. Y ella murió orando por la sanación de esa herida en el cuerpo de la Iglesia, sus oraciones no obtuvieron fruto en vida de ella, murió en 1380, pero no fueron oraciones perdidas, sus cartas, su testimonio, la fuerza de la santidad que Dios le dio permitió, que unos 40 años después se logrará sanar esa herida. Y por eso nosotros hoy felizmente tenemos un solo Papa por el que oramos todos los días, en nuestro caso nuestro querido Papa Francisco. Entonces, los carismas son herramientas, pero he dicho también que son armas, son armas, como se nota, por ejemplo, en lo que ha sucedido en vidas de santos que han tenido que enfrentarse, muy de lleno, a los poderes de las tinieblas.

Uno puede pensar, por ejemplo, en lo que sucedió a Luis Bertrán. Él es el patrono de nuestra provincia dominicana de Colombia, Luis Bertrán, gran santo dominico de origen valenciano, Valencia, España. Este gran santo predicaba abiertamente a todos, a los indígenas les hablaba claramente de que había que dejar la idolatría y por eso, algunos de entre esos indígenas le odiaban, sobre todo los que habían servido de caciques o de sacerdotes de los cultos indígenas odiaban a Luis Bertrán, pero él se ganó el cariño de muchos de los indígenas. Más fuerte, en cambio, era la oposición de algunos de los conquistadores españoles, acostumbrados a abusar de los indígenas, de muchas maneras. Eso incluía abuso sexual, pero sobre todo el abuso en la fuerza y en la explotación económica. Este santo Luis Bertrán, que no frenaba su lengua para denunciar la idolatría de los indígenas y para arrancarlos de la idolatría, este santo tampoco frenaba su boca y no tenía miedo de decir lo que tenía que decir a los conquistadores españoles.

Y hay un milagro absolutamente impresionante que sucedió a este santo y que muestra cómo los carismas son armas también. Estaba predicando el santo a un grupo de españoles y denunciando, precisamente, lo grave que era ante los ojos de Dios la explotación de los indígenas. Y resulta que estos lo tomaban más bien a broma y burla. En ese momento, y me imagino que para añadir una burla más al santo, tomaron algunas de estas que en Colombia llamamos arepas, como especies de tortillas hechas de maíz. Y entonces, el santo les dice: Pues entonces vean qué es lo que están comiendo. Y al morder sobre el maíz, que ya sabemos que tiene color blanco o amarillo, brotó un líquido rojo, en todo semejante a la sangre. Espantados de ver que las arepas, que estas arepas echaban sangre, quedaron absolutamente turbados y se dieron cuenta de la grandeza de santidad de Luis. Y se dieron cuenta también que tenían que cambiar de vida. De modo que lo que había sido burlas y lo que había sido ataque al santo, se convirtió en admiración hacia él y en un cambio de actitud de ellos.

Realmente hay que pedir estos carismas, porque en todas las comunidades, en los laicos, en los religiosos, en los sacerdotes, la mordida, el ataque feroz del demonio siempre está. Uno no tiene que obsesionarse con el demonio, pero hay que saber que eso existe. Y yo a veces me pongo a pensar que por mis pecados y por mi mediocridad, seguramente yo he frenado mucho de la obra que Dios quiere hacer en mí. Y seguramente, si uno estuviera mucho, pero mucho, pero muchísimo más lleno del Espíritu Santo, no sucederían muchos de los pecados que tenemos alrededor en nuestras propias comunidades religiosas, en comunidades laicales y en nuestras propias familias. Si de verdad estuviéramos más llenos de esta potencia del Espíritu Santo, tendríamos más ojos para ver dónde están las raíces de los problemas y para arrancar esas raíces. Por eso, hoy es un buen día para pedirle a Dios que nos conceda estos carismas.

Pero aquí viene la segunda parte, los carismas pueden producir vanidad y pueden producir rivalidad. Es una cosa absolutamente triste que lo que Dios nos da para que sea belleza de la Iglesia, herramienta de la Iglesia y defensa de la Iglesia, nuestra maldad, nuestro pecado, lo llegue a convertir en motivo de rivalidad, pero sí pasa, sí pasa. Y, de hecho, estaba pasando en la comunidad de Corinto, tenían ese tipo de rivalidad, sobre todo que ellos tenían un excesivo aprecio de aquellos carismas que les parecían como más sobrenaturales. Le tenían, por ejemplo, un exceso de aprecio al tema del don de lenguas. El don de lenguas para ellos era lo máximo, porque eso de que una persona pueda soltar, así como palabras en un lenguaje arcano y algunos decían: Esas son lenguas de ángeles, los ángeles están hablando a través de nosotros, están entre nosotros. Pero eso se volvió ya espectáculo y se volvió vanidad y se volvió rivalidad.

Por eso Pablo les tiene que hablar tan detenidamente en los capítulos ya mencionados, 12, 13 y 14, tiene que hablarle sobre esto de los carismas y es ahí donde entra, exactamente, la lectura de hoy. Por eso les dice el apóstol Pablo: «Ambicionen los carismas superiores». Ojo con la palabra que utilizan, a mí antes no me gustaba esa traducción, ambicionen, pero está muy bien pensada y en el fondo es una palabra que traduce bien lo que quería decir Pablo. Porque nosotros, seres humanos, muchas veces tenemos ambición, ambición de lograr una meta, ambición de dinero, ambición de poder. Muchas veces para referirnos al perfil de alguien decimos: Es un tipo ambicioso, tipo ambicioso, está buscando ganar tal o cual cosa. Lo que nos quiere decir Pablo es que, así como somos tan ambiciosos de las cosas de esta tierra, qué tal que fuéramos ambiciosos de los dones del cielo, qué tal que nosotros buscáramos la santidad con el ardor con que buscamos tener amigos o tener a alguien que nos quiera, o ganar dinero, o mejorar de sueldo o cosas así, qué tal que pusiéramos tanto interés en eso.

Por eso, la palabra ambicionar está bien dicha, ambicionen, pero les dice, los carismas superiores. En este pasaje no nos dice cuáles son los carismas superiores, hay que esperar al capítulo 14 de la primera Carta a los Corintios para saber que Pablo se está refiriendo, sobre todo, al don de profecía. Pero atención, el don de profecía, como lo entiende el apóstol San Pablo, es, ante todo, la mirada que se identifica con la mirada de Dios sobre la comunidad cristiana. Es decir, profeta, para San Pablo, es fundamentalmente aquel que lleva una vida de unión con Dios, hasta el punto de poder hablar con el lenguaje de Dios, mostrándole a la comunidad la voluntad del Señor, eso es lo que significa profeta para San Pablo. Y por eso les dice: «Aspiren a los carismas superiores». Es decir, los carismas no son para que usted se luzca individualmente, sino que el gran criterio es el bien común de la Iglesia, preocúpese del bien de la Iglesia, no se quede únicamente en que usted tiene gran sabiduría y mírenme todos, o miren los milagros que yo hice y esperen que la semana entrante vendrán más milagros. Ese tipo de espectáculo es realmente repugnante si lo pensamos bien. Lo que quiere el apóstol San Pablo es que nosotros nos concentremos en el bien de la Iglesia y a eso es a lo que él llama los carismas superiores.

Entonces, vamos a ponerle una escalera a esto, vamos a ponerle una escalera, esto póngale cuidado, porque esta es la parte más bonita. Por una parte, en la parte de puro abajo ponemos una realidad que se llama el pecado, el pecado, tristemente una realidad que yo creo que todos los que estamos aquí la conocemos, realidad de pecado. Pero luego viene la conversión y subimos al primer escalón. En ese primer escalón ya se reemplazan tantos vicios que uno tuvo, los reemplaza con un camino de virtud, primer escalón la virtud, pero la virtud, es virtud humana. Entonces, subimos segundo escalón. El segundo escalón son los carismas en general, carismas que incluyen, por supuesto, el don de lenguas, de interpretación, de milagros. Curiosamente, el apóstol San Pablo no le da demasiada importancia a los milagros que para muchas personas, en cambio, son como la gran señal de que Dios está aquí.

Entonces, póngale cuidado, vida en pecado. Primer escalón, virtudes. Segundo escalón, carismas en general. Luego, tercer escalón, espero estar contando bien. Primer escalón, virtudes. Segundo escalón, carismas en general. Tercer escalón, lo que él llama carismas superiores, dónde está fundamentalmente la profecía. Entonces, en esa escalera Pablo lo que quiere es que la gente suba, no se quede abajo, suba. Si está en el mundo del pecado, salga de ahí, busque la virtud. Si ya conoce la grandeza de las virtudes, salga de ahí, aspire a los carismas. Si ya conoce algunos carismas, los ha vivido, salga de ahí, suba más, busque los carismas superiores. Pero ahora viene todavía otro escalón y ese último escalón es el carisma de carismas. Ese último escalón es el regalazo con R mayúscula, negrita, reteñido, 24 puntos y se llama: El don del Amor y es el más importante de todos, pero es tan regalo como los otros carismas.

Pídele a Dios el regalo de amar, porque como bien enseña Santo Tomás de Aquino, que ya ustedes se han dado cuenta, pues es mi maestro en un montón de cosas y yo no niego mis maestros. Como bien enseña Santo Tomás de Aquino, la palabra amor la utilizamos de muchas maneras. A veces utilizamos la palabra amor para referirnos a un tipo de placer relacionado con el cuerpo. A veces utilizamos amor para referirnos a un afecto. A veces utilizamos la palabra amor para referirnos a la reciprocidad de la amistad. Pero aquí se trata del uso más alto, se llama el uso excelso de la palabra amor, es el amor como regalo, es participación en la manera como Dios ama.

Les confieso una cosa y con esto vamos terminando, a mí no me gusta mucho, bueno, no sé, tal vez esto suena antipático, perdón, pero ya empecé a decirlo. A mí no me gusta mucho cuando en algunas bodas, quieren que se lea esta lectura. Por supuesto que esta lectura, la lectura del amor, es una lectura bellísima, esto es hermosísimo. O sea, no es que me moleste, claro, la lectura en sí misma. Lo que me molesta es que cuando las personas piden esta lectura, a mí me queda demasiado la sensación que a veces no logro arrancármela del corazón, la sensación de que la gente está hablando de la manera como quieren ser amados. Y ese no es el tema de San Pablo. O sea, San Pablo no está haciendo aquí una lista de cómo a uno le gusta que lo amen. Por supuesto que yo quiero que me amen, como dice aquí San Pablo, pero lo que está diciendo San Pablo aquí no es eso, no es una lista de los requisitos que a mí me gustaría que tuviera una persona que me amara a mí, no es eso.

Y lamentablemente, yo creo que, en muchas bodas, cuando se lee esto se lee de una manera un poco fantasiosa como cuento de hadas o se lee como, más bien expresando yo quiero que me amen así con toda la grandeza de lo que dice Pablo acá el amor no lleva cuentas, el amor ama la verdad, el amor bueno, todas esas maravillas. Realmente el sentido de Pablo se sintetiza en esta frase: Mira lo que va a suceder contigo cuando te llegue a fondo el don del amor. Todo lo que describe Pablo de que el amor es así o así, o esto otro, todo eso que describe Pablo, todo eso es la descripción de lo que va a pasar contigo si llega ese don, si llega ese bendito don del Espíritu, si ese don llega a tu vida, si el Espíritu Santo reina en tu vida, tú vas a ser así, como se describió hoy, ese es el sentido. Entonces, ¿está mal que en una boda se lea esto? No, está perfecto. Lo único que yo pido es que, si se va a leer, entendamos que lo que la pareja estaría diciendo ante toda la comunidad es: Queremos recibir el don del Espíritu y queremos que ese don reine en nosotros para que, por encima de que nos gustamos, nos deseamos, nos queremos mucho, por encima de todo eso, por encima está el triunfo del don de dones que es el amor.

Por eso dice Pablo: «Ambicionad a los carismas superiores», ese es como un anhelo profundo que tiene el corazón. Pero luego, del amor dice todavía más, acuérdate que es el último escalón, dice: «Pero os voy a mostrar un camino todavía mejor». Os voy a mostrar, como quien dice, incluso más allá de lo que tú puedes desear, está lo que Dios te puede dar. Esa frase es bonita y es cierta, más allá de lo que tú puedes desear, está lo que Dios te puede dar. De hecho, es un pensamiento que expresa casi con esas palabras Pablo en el capítulo tercero de la Carta a los Efesios.

Bueno, resumen mis hermanos, hay una escalera salir del pecado, llegar a la virtud, de la virtud conocer los carismas, de los carismas aspirar a los carismas superiores y de los carismas superiores, ver, ver, morirse de ganas, morirse de ganas de lo que es el amor por esencia, de lo que es el Espíritu Santo amando en ti. Y eso sucede, eso llega a suceder, claro, claro que sucede. Lo vemos particularmente en los santos, lo vemos sobre todo en los mártires. Que una persona lo pierda todo y mientras todo lo está perdiendo, todo lo está entregando, a todos está amando, a todos perdona, ¿quién puede hacer eso? Solo Dios, solo su Espíritu, solo su amor. Estas maravillas sí suceden en esta tierra. Y pueden suceder también en nosotros. ¿Qué podemos hacer? Disponernos, orar, ser humildes, suplicar, Dios puede darnos, Dios quiere darnos de ese tamaño de amor.

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