Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Aún hay tiempo para que en este Año de la Misericordia entremos en el corazón de Cristo, nos dejemos tocar por su amor, seamos dóciles a su voz y le digamos que sí nos unimos a Él.

Homilía o243006a, predicada en 20160914, con 5 min. y 17 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del capítulo séptimo de San Lucas. ¿Qué podemos aprender de esta comparación tan extraña que hace Cristo? Es un lamento, lo que Cristo está presentando hoy es un lamento y, utilizando una palabra relativamente moderna, yo me atrevo a llamar a este lamento, falta de sintonía. Cristo se lamenta de cómo el ser humano ha perdido la capacidad de recibir los mensajes de conversión de amor que Dios le envía.

Un pasaje muy hermoso del profeta Oseas dice: «Con correas de amor quise atraerte». Es un mensaje que Oseas le dirige al pueblo de Israel, pero es un mensaje que cada uno de nosotros puede aplicar para sí mismo, de verdad Dios nos ha buscado, Dios nos ha llamado con lazos, con correas de amor. Y el dolor de Cristo, el lamento de Cristo en el pasaje de hoy es que nosotros hemos sido insensibles a ese dolor. Hemos sido insensibles a ese dolor de Cristo porque hemos sido insensibles a ese lenguaje de Dios. Cristo nos menciona dos caminos que son los dos caminos principales de su llamado. Por una parte, mostrándonos nuestros pecados, nos invita a arrepentirnos. Por otra parte, mostrándonos su bondad, nos invita a recibirlo a Él, a acogerlo, a amarlo, a unirnos a Él. Por una parte, nos muestra nuestras miserias, ese es un camino, se llama el del arrepentimiento. Por otra parte, nos muestra su misericordia. Y ese es otro camino, el camino del amor, de la dulzura, de la ternura.

El primer camino aparece bien representado en la persona de Juan el Bautista, que con su predicación, llamémosla drástica, lo que está destacando es la gravedad y la fealdad del pecado. Pero la gente no recibió ese mensaje, en vez de dejarse cuestionar por Juan, empezaron a cuestionar a Juan. En vez de dejarse interpelar por él, quisieron interpelarlo e interrogarlo a él. En vez de dejarse golpear por la palabra de Juan, finalmente lo golpearon y, de qué manera, hasta quitarle la vida porque fue decapitado. El lenguaje del arrepentimiento no lo queremos, no lo queremos oír. Dios nos está hablando de la gravedad del pecado y no lo queremos oír.

Pero luego, nos ha enviado a su propio Hijo, ese hijo es Jesucristo. Dios nos ha enviado en su Hijo toda la expresión de su bondad, de su dulzura, de su misericordia. Y, sin embargo, eso tampoco lo queremos recibir, porque en vez de dejarnos cuestionar por la sangre de Cristo, por el amor de Cristo, por los milagros de Cristo, lo que mucha gente hace es cuestionar a Cristo. En el tiempo de Cristo, ese cuestionamiento era: Bueno, y este ¿qué clase de profeta es que no hace nada de penitencia? Cuestionamiento absurdo porque como dice el mismo Cristo, Juan era uno de los máximos penitentes de toda la historia de la humanidad. Y a ese, en cambio, decían no, parece que está como endemoniado, porque puede hacer tanta penitencia, es decir, no terminamos de oírle el lenguaje a Dios, no le recibimos su mensaje.

Yo creo que esto, esto nos llama. Alguien me hacía caer en cuenta, el Papa Francisco ha abierto un año de misericordia, pero ese año termina. No es que se acabe la misericordia de Dios, por supuesto, pero yo creo que los seres humanos necesitamos también de símbolos. Y así como la apertura de la Puerta de la Misericordia significó tanto para nosotros, se abre la puerta de la misericordia, así también debemos preguntarnos ¿qué significa que se cierre el año de la Misericordia? No en el sentido de que se haya acabado esa bondad infinita de Dios, sino más bien en el sentido de preguntarnos ¿me he dejado cuestionar por el amor divino, me he dejado cuestionar por su ternura, he sido blandito, blando, para que Dios escriba palabras nuevas en la cera de mi corazón, he sido dócil a su voz? Queda todavía tiempo, está abierta todavía la puerta de la misericordia, es el tiempo de entrar al corazón de Jesucristo, es el tiempo de decirle sí a Dios.

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