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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Catequesis sobre el amor en cuanto don de Dios.
Homilía o243004a, predicada en 20120919, con 41 min. y 55 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, alegrémonos en este día en que el Espíritu de Dios nos congrega para escuchar la Palabra, para celebrar el amor de Dios nuestro Padre, para recibir alimento y fuerza para nuestro camino. Cómo se cumple, cómo es verdad que cada Eucaristía es una anticipación, es una prenda de la vida eterna. Acompáñenme y reflexionemos, especialmente en la primera lectura del día de hoy, tomada de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios.
Es un texto bastante conocido, el himno a la caridad, el himno al amor. Pero, aunque es conocido, quizás podemos seguir aprendiendo de él y, quizás, también podemos desaprender algunas cosas que hayan quedado mal. Hablemos primero de cuál es la supremacía que tiene el amor, porque de eso es de lo que trata la lectura. El amor es superior a todos los otros dones y es superior porque es el camino más alto, es superior porque es el que le da el valor a todo lo que tiene valor y es superior porque permanece para siempre. Esas, en síntesis, son las razones que nos da el apóstol San Pablo El amor es más alto, el amor no solo es más valioso, sino que es el que le da el valor a lo que tiene valor, y el amor permanece para siempre.
¿Por qué el amor es más alto? Por tres razones. Porque proviene de una fuente más alta, porque su fuente propia y próxima es el mismo Dios, por supuesto que todos los bienes finalmente hay que atribuirlos a Dios. Pero este, el don del amor, no es algo de Dios, es Dios mismo dándose. Y eso precisamente es lo que hemos aclamado, es lo que hemos suplicado en nuestras oraciones al Espíritu Santo. El amor es más alto, en primer lugar, porque tiene una fuente altísima, porque sale del corazón mismo de Dios, porque es Dios mismo dándose, por eso es más alto el amor. El amor es más alto también por la misma razón que una montaña más alta, nos permite ver más lejos.
Sucede que los otros dones sirven en cierto momento, por ejemplo, qué hermoso es el don de sanación, pero para una persona que está en perfecta salud, el don de sanación no le dice nada, el don de sanación solo alcanza a mirar a los que están enfermos. Qué importante es el don de profecía, el don que utiliza el Espíritu para orientar, para mostrar el parecer de Dios a la comunidad cristiana en el aquí y el ahora. Y, sin embargo, cuando esa comunidad ya ha emprendido su camino, cuando ya tiene claro su rumbo, cuando ya es una comunidad misionera, ahí ya no es tan necesario ese don de profecía. El don de lenguas es maravilloso, el don de lenguas hace crecer en la alabanza. Pero sucede que, en el momento en el que una persona me pide un consejo, si yo me pusiera a orar en lenguas, la persona quedaría desorientada, casi podría sentir que es una burla. O sea que los demás dones tienen un alcance limitado, en cambio, el don del amor, como estando en la montaña más alta, todo lo contempla, siempre interesa, siempre se necesita.
El don del amor es el don más alto de todos. Y también es el don más alto, como sucede cuando nosotros ascendemos, cuando subimos a las montañas. Y de eso sí que se conoce bastante aquí en La Paz, cuando subimos, encontramos que el aire es más limpio, el aire es más puro. El don del amor hay que considerarlo como el don más alto, porque es el don más puro de todos y es más puro, precisamente, porque lo único que busca es la extensión, la comunicación gratuita de la gloria divina. Y no puede haber nada más puro que eso que se une a la intención del Creador, del Redentor y Santificador. Así que el don del amor es el don Altísimo, por esas tres razones que hemos dicho, porque tiene un origen muy alto, porque lo ve todo y siempre es necesario, y porque es un don purísimo.
El don del amor es el don que le da valor a todos los otros dones, dijimos en segundo lugar, eso quiere decir que cualquier cosa, si no está marcada, si no está impregnada del don del amor, o no tiene valor o tiene un valor mucho menor. Y la razón quizás la podemos encontrar en aquella expresión metafórica que utiliza Catalina de Siena, dice ella que Dios creó el alma y que el material del alma, de lo que está hecha el alma es, precisamente, de amor. Eso quiere decir que todas nuestras acciones están señaladas por alguna clase de amor. Si esa clase de amor es este amor del que venimos hablando, como nos enseña el apóstol San Pablo, si tenemos esta clase de amor, bienaventurados nosotros. Pero si no tenemos este don del amor, ¿quiere decir qué? Quiere decir que tenemos otra clase de amor y ese otro tipo de amor no va a ser ni tan alto, ni tan fuerte, ni tan puro como el amor divino, muy probablemente es simplemente amor de conveniencia.
Y esto es lo que sucede lamentablemente en muchas relaciones de pareja, en muchos noviazgos, aunque se dicen y se repiten: Te amo, te amo y te amo, lo que deberían decir es: Me amo a través de ti. Y ella tendría que responder: Estamos iguales porque yo también me amo mucho a través de ti. Entonces, ¿por qué decimos que el amor es el único que le da valor a todos los otros dones? Porque si quitamos el don del amor divino, lo que queda es otro tipo de amor que normalmente va a ser amor de impureza, amor de sensualidad, amor de conveniencia, amor de compromiso, amor de pura costumbre, pura rutina o todavía más frecuente, amor egoísta. Entonces, necesitamos del amor divino para que lo que hacemos tenga valor.
Dijo nuestro Señor Jesucristo en el capítulo 15 del Evangelio de Juan: «Sin mí nada podéis hacer». Esa frase parece demasiado fuerte ¿cómo es que dice Cristo que sin él nada podemos hacer? Vemos que hay personas que son, por ejemplo, ateos o que son de otras religiones, y esas personas parece que pueden hacer muchas cosas. Es verdad, es verdad y existe un bien parcial en esas cosas. Pero, cuando miramos el cuadro completo, cuando miramos la figura completa y vemos a dónde terminan todas nuestras acciones y todas las consecuencias que tienen todas nuestras acciones, nos damos cuenta que solo aquello que va señalado por el amor de Dios, realmente permanece para siempre. Las demás cosas, aunque tengan un rastro de bondad, aunque tengan un rastro de utilidad, son como bucles que se extienden maravillosamente, pero que, en últimas, vuelven con egoísmo hacia aquel que los lanzó.
Entonces así, por ejemplo, uno puede recordar a los grandes generales en los ejércitos del Imperio Romano, que grandes batallas libraron, que grandes victorias tuvieron y qué tierras tan extensas ganaron para el imperio. Pero todo ese esfuerzo tenía un único objetivo, aumentar el prestigio, la influencia y la riqueza de los generales que habían conseguido esas victorias. Entonces, vemos que todo eso que parecía tan majestuoso en el fondo tenía una motivación egoísta y la multiplicación de esos egoísmos hizo, finalmente, inviable al imperio mismo. Por eso digo, al principio parece que uno sin Dios puede hacer muchas cosas, al principio parece que uno sin Cristo puede hacer muchas cosas, pero es una ilusión óptica. En realidad, sin Cristo, en realidad, sin este don del amor del que nos habla el apóstol, lo que hacemos es lanzar unos bucles gigantescos que finalmente se vuelven sobre nosotros, es decir, son grandes, grandísimos bucles de egoísmo que terminan en la misma persona que lo ha lanzado y que por eso terminan siendo estériles. No nos dejemos confundir, el egoísmo de mirada miope no es distinto del egoísmo de mirada larga, ambos son egoísmos y ambos terminan, finalmente, en la esterilidad.
Así que el amor es el don más alto. Además, el amor es el que le da el valor a todos los dones. Pero además, y esto es lo tercero que hemos dicho, el amor permanece para siempre. El apóstol Pablo no duda en comparar el don del amor con los otros dones, incluso con dones tan necesarios como, por ejemplo, la profecía que, repetimos, es ante todo esa sensibilidad, esa apertura al querer de Dios para el aquí y ahora de la comunidad cristiana. Qué puede ser más necesario que eso, y, sin embargo, Pablo dice: Cuando hayamos llegado al puerto, ya no necesitamos ni el timón, ni el capitán, ni el mismo barco. Qué grande es la fe, que grandes son los milagros, qué grande es la esperanza que puede servir de verdadero alimento y de fortaleza en las circunstancias difíciles.
Pero cuando hayamos llegado a la casa de papá Dios, ya no necesitaremos esperanza, cuando hayamos llegado a la mesa, al salón del banquete, cuando nos sentemos con los santos de todos los siglos, así lo permita Dios, cuando nos sentemos para ese banquete celestial, no necesitaremos fe allí, donde podemos contemplar cara a cara al que nos alimenta. El amor permanece para siempre, el amor le gana a todos los otros dones. Una vez que esta afirmación creo que queda bastante demostrada, ante todo por la palabra del Apóstol, y luego por las explicaciones que hemos dicho, tenemos que hacer dos aclaraciones muy importantes.
Primera, no todo amor merece el título de amor. El amor del que aquí se está hablando es el amor que manifestó Cristo en su entrega por los hermanos, es el amor que llevó a Cristo hasta la Cruz, es el amor que sostuvo a Cristo en la cruz y es el amor que Él pidió para nosotros con infinita caridad de hermano, y ese amor fue el que se derramó en Pentecostés, y ese es el amor que hace mártires, ese es el amor que hace misioneros, ese es el amor que lleva a la verdadera santidad. O sea que tengamos cuidado, porque hay algunos cantantes que utilizan este texto de San Pablo para hablar de las grandezas del amor en un contexto como más bien de pareja y, a veces, incluso de cierta sensualidad. Entonces, el amor es grande, el amor es impetuoso, el amor lo puede todo, el amor lo logra todo y como nosotros nos amamos, todo vale. Cuidado, cuidado, cuidado, cuidado, no todo amor es el que sirve para este texto de la primera carta a los Corintios, capítulo 13, precisamente ese amor de pareja tendrá valor si se acerca a esto.
Y eso ¿cómo se nota? Eso se nota en la capacidad de buscar el bien del otro, eso lo enseña Santo Tomás de Aquino clarísimamente, la perfección del amor ¿está en qué? Está en la capacidad y en la lucidez de buscar con diligencia y perseverancia el bien del otro. Entonces, si ese hombre dice que ama tantísimo, tantísimo, tantísimo a esa mujer, pues eso ha de notarse, eso ha de notarse y ha de notarse en el transcurso de la vida. Seguramente, esa mujer no va a permanecer en el mismo nivel de frescura, lozanía, belleza, que él la conoció. Seguramente, esa mujer puede tener también el momento de enfermedad, el momento de depresión. Seguramente, esa mujer necesita también crecer en su propia realización como persona, porque ella no es simplemente un apéndice del esposo, ella es una persona que merece también crecer como persona.
Entonces, en el transcurso de los años es donde se verá si ese hombre amaba a esa mujer, si busca el bien de ella, si está con ella, como dice la fórmula del matrimonio en la Iglesia Católica, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, para amarla y respetarla todos los días de la vida. ¿Se acuerda que eso le dijeron en el matrimonio, sí se acuerda o estaba muy nervioso? En el matrimonio le dijeron eso: En la salud, en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza. Pero la gente no oye, no oye lo que le están diciendo, lo que le están diciendo ¿sabe qué es, qué es lo que le dicen a la gente en el matrimonio? Lo que le dicen es esto: El amor que usted dice tenerle a esta dama se parece al amor este de primera Corintios 13, se parece al amor de Cristo en la Cruz, se parece al amor de Pentecostés. Responda sí o no. Y entonces, el hombre, si es sincero, tendrá que decir lo que corresponda sí o no, y ella tendrá que decir también lo que corresponda.
Entonces, la primera anotación es la palabra amor, no es una palabra mágica para que digamos: No, como hay amor, todo vale. Incluso hay gente que ha querido utilizar la palabra amor para justificar cualquier tipo de comportamiento sexual diciendo: No, pero si el amor es puro, entonces qué tanto importa que sea entre dos, entre tres, entre cinco, que sea entre hombre y mujer, entre mujeres, entre hombres, dos mujeres, tres hombres, dos perros, no importa. Todo tipo de aberraciones caben porque se toma la palabra amor para prostituirla, para profanarla, para nosotros, cristianos católicos, la palabra amor es una palabra sagrada, sagrada, una palabra sagrada. Y por eso, como todo lo que es sagrado, se trata con infinito respeto. No se puede estar diciendo la palabra amor a cada rato. La palabra amor es, prácticamente, uno de los nombres de Dios, porque Dios es amor, aparece en la Escritura.
Entonces, así como yo trato con respeto el nombre de Dios y no abuso del nombre de Dios, yo no puedo abusar de la palabra amor. Lamentablemente, eso está sucediendo en muchos lugares, no sé cómo esté la situación en La Paz, pero en muchos lugares entra uno a una tienda y de inmediato ya es el amor de la persona que lo atiende: No, mi amor. Sí, mi amor. Espérate. Claro, mi amor. ¿Cuál, mi amor? Yo no soy su amor. Pero así lo tratan a uno. No, para nosotros, cristianos católicos, administrar la palabra amor es como administrar un sacramento. SÍ hay derecho a utilizar la expresión mi amor, pero esa expresión tendría que utilizarse, exactamente, desde el ámbito de lo que es más sagrado, quizás los padres con los hijos, quizás los esposos entre sí, siempre con infinito respeto, no dejemos que la palabra amor sea más maltratada.
Segundo punto, segunda aclaración, resulta que hay un verbo que es fundamental dentro de este texto de San Pablo. Ese verbo está exactamente al comienzo de la lectura de hoy. Hermanos, dice el apóstol, «aspiren a los dones de Dios más excelentes, voy a mostrarles el camino mejor de todos». El verbo importantísimo aquí es el verbo aspiren, aspirar, como el que aspira a ganar algo, como el que aspira a lograr algo. Ese verbo no es un verbo frecuente en la Biblia y esta anotación, que el Espíritu Santo me ayude, yo creo que nos puede aclarar cosas. A ver si logro explicarme, mire, cuando una persona lee este texto puede tener la impresión de que Dios le estuviera diciendo lo siguiente: Esto es lo que usted tiene que hacer si usted es cristiano. Y aquí dice: El amor no es grosero, no es egoísta, no se irrita.
Entonces, uno empieza a hacer como esas listas de mercado donde va señalando lo que sí tiene y lo que no tiene. No es presumido, bueno, yo no soy presumido. No se envanece, también me sirve. No es grosero, bueno, a veces sí soy grosero. No se irrita, uy, yo si me irrito bastante, esa no la tengo. No guarda rencor, yo sí le tengo bastante rencor a mi suegra, pero se lo merece, se lo merece, se lo merece. No se alegra con la injusticia, mmm, no sé qué decir. Goza con la verdad, el amor disculpa sin límites. No, esa no la tengo. Confía sin límites, menos, se pone uno a confiar y se lo come el tigre. Espera sin límites. No, yo qué voy a esperar. Entonces, si uno mira este texto como una lista para ver qué tengo y qué no tengo, el resultado siempre va a ser desastroso y siempre va a ser deprimente.
¿Qué es lo que nos está diciendo en realidad el apóstol? Observemos que junto al verbo aspirar aparece un sustantivo que es don: aspiren a los dones. La palabra don, como ustedes saben, es la traducción de la palabra carisma, que en griego dice «chárisma». Un carisma es un regalo y lo que está diciendo San Pablo entonces es: Deseen los mejores regalos, deseen los mejores regalos. Habiendo algunos niños aquí en la asamblea y sabiendo que todos hemos sido niños, podemos entender fácilmente qué es lo que dice el apóstol, el aspiren a los dones o deseen los regalos, es exactamente lo que hacen los niños con los papás.
La mayor parte de los niños, hablemos de niños pequeños, hablemos de un niño de 4 o de 5 años. El niño de 4 o 5 años usualmente no tiene tarjeta de crédito, no tiene tarjeta débito, la suma de bolivianos de sus pequeños bolsillos es cero. El niño no tiene dinero, el niño no tiene con qué. No tiene ni dinero de papel, ni dinero plástico, ni dinero electrónico, ni ninguna clase de dinero. Entonces, ¿qué es lo que puede hacer el niño? El niño lo que hace es empinarse, levantar los brazos y decirle al papá: Ay papá, yo quiero, yo quiero, yo quiero. El papel de ese niño, lo que hace ese niño o niña ¿es qué? Lo que hace es desear los dones, desear los regalos y comunicarle ese deseo al que puede dárselo. El niño no se hace demasiadas preguntas sobre cuánto valen las cosas, algunos de sus deseos se les pueden cumplir, otros no se le pueden cumplir. Entonces, el niño va por primera vez al aeropuerto, ve cómo aterriza un elegante avión y entonces él le dice al papá: Ay papá, yo quiero un avión. Ese deseo va a estar muy difícil de cumplir. Entonces, el niño cambia de petición y dice, por ejemplo: Yo quiero un helado. Ese ya está más fácil de cumplir. Algunas peticiones se pueden cumplir, otras no se pueden cumplir.
O sea que lo que está diciendo aquí el apóstol es: El don del amor está muy, muy, muy, muy por encima de todo lo que usted puede alcanzar. Ésta es una técnica bíblica que utilizó también nuestro Señor Jesucristo, cuando van a hablar de las cosas que son dones de Dios, las presentan como absolutamente imposibles para ver si en esta cabezota nuestra entra la siguiente idea: Yo jamás de los jamases podré conseguir eso yo. Ejemplo, en los Evangelios Jesucristo les dice: «Es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja, a que un rico entre en el reino de los cielos». Cuando uno mira el ojo de la aguja y luego mira al camello y luego mira la aguja y vuelve a mirar al camello, ve que no hay ninguna posibilidad de que entre el camello por el ojo de la aguja. Y eso fue lo que entendieron los discípulos que, por consiguiente, dijeron: Y «¿entonces quién se va a poder salvar?» Y les dijo Jesús: «Pues nadie, nadie se va a poder salvar. Para el hombre es imposible, pero Dios todo lo puede, Dios todo lo puede».
Entonces, eso es lo mismo que está haciendo San Pablo aquí. A ver, que le digan a usted esto: El amor disculpa sin límites. ¿Quién de nosotros en su sano juicio va a decir yo cumplo esto, quién lo va a poder decir? Y el que lo diga, yo no le deseo sino bendiciones en esta tierra y la gloria del cielo, pero acuérdese que hay tragedias que pasan y acuérdese que yo vengo de un país, como tantos otros países, donde hay mucho dolor, donde ha habido mucho secuestro y mucho asesinato. Usted cree que yo le puedo decir a una familia que estuvo esperando durante 7 años el retorno del papá al cual secuestraron y por el cual han pagado 3 veces el rescate, y finalmente les entregan el cadáver mutilado del papá. Yo le voy a decir a esa persona: Disculpe sin límites. Esa persona va a sentir que eso es imposible y que eso es una burla.
Entonces, el texto de la primera carta a los Corintios, capítulo 13, ¿para qué es? Ese texto es para una cosa, para que uno entienda que el amor, amor, amor, el verdadero amor es un regalo. Ese amor no lo puedo producir yo, está más allá de mis fuerzas. Yo puedo es aspirar, que se parece tanto, suspirar. Lo que quiere Pablo es que los corintios suspiren y digan: Ay, ¿quién tuviera ese amor? Eso es lo que quiere Pablo, que ellos aspiren y suspiren. Y sabe ¿para qué? Para que ellos deseen y pidan. Y ¿sabe para qué? Para que, aspirando, deseen, deseando, pidan y pidiendo reciban, para que se reciba como un don. Entonces, el día en que un ser humano imperfecto, en que un ser humano tan limitado, un ser humano tan pecador como es este servidor de ustedes, el día en el que yo siento dentro de mí, que en mi corazón circula como una moneda preciosa, como un diamante luminoso, circula un poco de amor del cielo, porque eso me ha pasado. El día que uno siente eso, ese día uno dice: Esto es un regalo, esto no lo pude hacer yo, esto no viene de mí. Dios me ama y me ha dado una chispa de su amor.
Entonces, cuando San Pablo hace esta predicación sobre el amor, no es para que nosotros empecemos a verificar qué tengo y qué no tengo, ni para que nosotros digamos: A ver, me voy a esforzar otro poco, a ver si me reviento, a ver si me reviento, hago otro poco. A base de esfuerzo uno no puede. ¿Quién puede esperar sin límites, quién puede esperar sin límites? Yo no puedo, tú tampoco. Yo no puedo. No está en nosotros el esperar sin límites. Pero hay veces que uno siente que esta palabra se cumple en uno.
Una vez en la ciudad de Bogotá, a mí me robaron, iba yo conduciendo un automóvil, otro auto se detiene bruscamente delante, yo tengo que frenar, salen personas armadas para robarme mi vehículo. Yo iba con otra persona, veníamos de una oración, iba con una señora. De inmediato yo empiezo a temer lo que le puede pasar a ella, siendo una persona joven. Ella piensa en lo que me puede pasar a mí, siendo yo sacerdote. Nos quitan el vehículo, nos suben a otro carro. Yo siento un revolver aquí en mis costillas para que dé la información de la tarjeta de ahorros que yo manejaba. Esa pesadilla duró no sé cuánto tiempo, 10 minutos, 15 minutos, 20 minutos, uno pierde la noción del tiempo. Alabado sea el Señor, nada le hicieron a esta señora amiga, nada me hicieron a mí. Después de darnos vueltas por distintas partes de Bogotá, nos soltaron por allá en cualquier lado, sin hacernos daño físicamente, solo las injurias y el robo.
En el momento en el que nos vemos libres, le damos gracias a Dios. Y el segundo pensamiento, y esto yo lo digo y no me lo puedo creer, el segundo pensamiento fue pedirle a Dios que bendijera y que perdonara a las personas que nos acababan de amenazar, que nos acababan de insultar y de humillar. Cuando yo vi que de mi boca salían bendiciones para las personas que nos acababan de maltratar, yo dije este no es Nelson Medina, Nelson Medina no obra así. Ese es uno de los momentos en los que yo he sentido que una monedita del cielo circula en mi corazón, que una luz nueva, que un diamante, un diamante precioso está en mi alma. Ese no soy yo, ese no soy yo. Pero Dios, en ese momento, estaba amando a través de mí. Dios estaba orando a través de mí, en ese momento Primera Corintios 13 se estaba cumpliendo.
Hermanos, cuando Dios quiso que estas palabras quedaran en la Escritura, quiso que quedaran con la expresión exacta, eres un niño que puede aspirar, que puede desear. Pero cuando se trata de los verdaderos dones, hasta ahí llegas, aspirar y desear. Última pregunta: Y ¿por qué Dios quiere presentarnos estos deseos? A esa pregunta responde San Agustín en su catequesis sobre la oración de petición, es la famosa pregunta ¿Por qué Dios quiere que le pidamos si Él lo sabe todo y, por lo tanto, sabe lo que necesitamos? La respuesta de San Agustín está colmada de sapiencia. Dice San Agustín, es que Dios quiere que pidamos, no para conocer Él, lo que ya conoce, sino para que nos preparemos nosotros, para recibir lo que Él nos va a dar. Entonces, la oración de petición no es para darle a conocer cosas a Dios, Dios ya lo sabe todo. La oración de petición es la manera de ir preparando una cuna donde Dios pueda nacer en tu alma, la manera de preparar un espacio para el don que Dios te quiere dar. Hay un salmo muy hermoso que dice: «Abre tu boca y yo la saciaré». La oración de petición es una manera de decir, abre la boca para que yo te pueda saciar.
Por eso el Espíritu Santo quiso que quedara este texto de San Pablo. Por eso el Espíritu Santo quiso que nosotros quedáramos así: Wow, deslumbrados delante de la grandeza del amor ¿por qué? Porque conociendo esa grandeza, pero sabiendo que no la podemos alcanzar, la empezamos a pedir. Y a medida que la pedimos, nos preparamos y a medida que nos preparamos le vamos abriendo una cuna al Espíritu Santo, le vamos abriendo un espacio al Espíritu Santo. Lo cual responde otra pregunta muy importante ¿por qué si ya Cristo murió en la Cruz, por qué si ya sucedió Pentecostés, tanta gente no siente nada, por qué tanta gente no ha cambiado su vida después de la noticia fantástica del amor de Dios, por qué? Respuesta: Podemos comparar el don de Dios con un maravilloso, maravilloso, maravilloso bocado, delicioso, apetitoso y nutritivo. Pero ese bocado delicioso, apetitoso y nutritivo requiere de una cosa, abre tu boca. Y hay que abrirla lo suficiente.
Por ejemplo, cuando una persona está silbando, evidentemente hay un pequeño espacio, ¿no? Un pequeñito espacio por el cual sale una columna de aire que debidamente modulada es música. Pero entonces, hay gente que cuando llega a Dios con los tamaños de dones que trae Dios, llega Dios y dice: Mira, aquí te traigo estos dones gigantescos. Mira, te traigo conocimiento de la Escritura, te traigo a mi propio Hijo, te traigo la Eucaristía, los sacramentos, te traigo el don del Espíritu. Abre tu boca. Y uno dice: Yo, yo la abrí. Y Dios dice: Así no es. Entonces, ¿cómo? Claro, cuando una persona tiene bastante hambre, como puede ser el caso de algunos de ustedes, dada la hora. Cuando una persona tiene bastante hambre, sabe lo que es abrir la boca. Entonces, ¿para qué está este texto aquí? Para que uno tenga hambre, hambre, hambre de Dios.
¿Qué hay que desear para esta juventud? Mira, hay una juventud hermosa y fuerte que está ahí. Mire, observe usted, una juventud, me encanta la presencia de nuestros jóvenes. Tenemos jóvenes también aquí, mire, puede observarse. ¿Qué hay que decirle a los jóvenes con respecto al amor? Hay que mostrarles dónde está y en qué consiste el verdadero amor, para que ellos sepan que, si no se llenan primero de este amor, luego se van a contentar con cualquier mentira, con cualquier engaño, con cualquier suplantación. Entonces ¿para qué quiso el Espíritu Santo que quedara esto? Para que nos diera hambre, hambre del Espíritu Santo y para que clamáramos ese don del Espíritu Santo. Necesitamos pedir ese don del Espíritu, pedirlo con tanta fuerza y a medida que lo vamos pidiendo, se va ensanchando nuestra capacidad de recibir, así enseña San Agustín. A medida que vamos pidiendo se ensancha la capacidad de recibir.
Entonces, por eso tuvieron que pasar 50 días desde Pascua hasta Pentecostés, fueron 50 días de una operación quirúrgica, espiritual y celestial por la cual Dios, cada vez iba ensanchando más ese corazón, ensanchar el corazón de Pedro, el corazón de Mateo, el corazón de Natanael o Bartolomé, ensanchar el corazón de Simón, ensanchar el corazón. Y al otro día más oración y más ensanchar el corazón, y al otro día más oración, y un corazón ensanchado, y ese corazón ensanchado, ensanchado, ensanchado, enganchadísimo, llegó el día de Pentecostés y estaban, eran cerca de las 9 de la mañana y estaban ellos orando. Pero ese corazón ya tenía una casa para el Espíritu Santo. ¡Qué cosa tan linda! Una casa para el Espíritu, una casa para el Espíritu, que sirve también de propaganda, porque acuérdese que la Renovación Carismática necesita una nueva sede en La Paz, ¿no? Así que también sirve de propaganda.
Oiga, una casa para el Espíritu, preparar la casa. Y entonces, en ese momento ya estaba la casa preparada, no eran solamente ellos los que estaban esperando ese momento. Dios, Dios esperaba ese momento. Cuánto he esperado este momento, dice la canción, ¿no? Cuánto he esperado que estuvieras así, esa es la canción, esa canción es apropiada para lo que estamos describiendo. Cuánto he esperado este momento, cuánto he esperado que al fin me creas que tengo grandes, grandes dones para ti. Sí, sé. Que tengo grandes dones para ti. Abre tu boca y yo la saciaré. Si oramos, y eso es lo que vamos a hacer estos días, mis hermanos, si oramos, es sobre todo para pedirle a Dios que nos dé hambre de Él. Porque si tenemos hambre, pediremos y si pedimos, recibiremos y vendrá ese poder del amor de Dios a nosotros.
Hay una última manera de describir esta maravilla. Y esa última manera la tomamos del Evangelio. El texto del Evangelio es un texto triste, el texto del Evangelio es que están jugando unos niños y resulta que los unos quieren que los otros hagan el papel de tristeza y los otros no lo hacen. Y luego quieren que hagan el papel de la alegría y tampoco lo hacen. Es decir, es la historia de un desencuentro, de una falta de sintonía. Y esa es nuestra historia con Dios. Dios en cierto momento nos dice: Te quiero entristecido por el poder del pecado en tu vida y por el poder del pecado en el mundo. Y uno dice: No, no, no, yo que me voy a entristecer. Y luego dice Dios: Te quiero alegre, porque el amor de Dios es inmenso, te quiero muy alegre. Y uno dice: No, no, tampoco me voy a alegrar tanto, tampoco crea que voy a hacer el ridículo. Ahí tenemos un problema de sintonía con Dios. Amados hermanos, Dios nos quiere en sintonía con Él y estar llenos del Espíritu es percibir la melodía del Señor, es percibir cómo cantamos para su gloria, cómo Él nos va llevando, cómo Él nos va guiando, cómo se van realizando sus maravillas en nosotros. Pongámonos de pie, por favor.

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