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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Una catequesis de San Pablo sobre la Eucaristía: (1) La Eucaristía nos une Cristo y a su sacrificio; (2) No pueden romperse las presencias de Cristo: en el Cielo, en los pobres, en la Escritura, en la Eucaristía; (3) Aunque la máxima presencia del Señor en esta tierra es la Eucaristía, le supera infinitamente la visión beatífica.
Homilía o241007a, predicada en 20200914, con 26 min. y 59 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos. Hemos comentado varias veces que Pablo estuvo dos años completos en la ciudad de Corinto y que ese fue el origen de esa comunidad cristiana. Personalmente, por la gran admiración que le tengo a San Pablo, siento algo muy especial de pensar lo que Dios le concedió a los Corintios, tener dos años así de cerca a un hombre tan sabio y tan santo, un verdadero manantial del Espíritu Santo. En el pasaje de hoy de la primera lectura aparece uno de los elementos de lo que significa una comunidad cristiana. En el catecismo seguramente hemos aprendido que hay tres sacramentos que se llaman sacramentos de la iniciación cristiana. El primero, por supuesto, es el Bautismo, el segundo es la Confirmación y el tercero es la Eucaristía. Estos sacramentos se llaman de iniciación cristiana porque son los que nos constituyen, los que nos construyen propiamente como hombres y mujeres del Evangelio, como hombres y mujeres de Jesucristo.
Estos tres sacramentos aparecen en el libro de los Hechos de los apóstoles. Efectivamente, en el discurso de Pentecostés. La gente, después de oír la exhortación de San Pedro, le pregunta ¿Qué tenemos que hacer? Y la respuesta de Pedro es que cada uno se convierta y que se haga bautizar. También en la conversión de San Pablo aparece claramente el bautismo. Este hombre tuvo una experiencia espiritual tan fuerte, tanto que después él pudo decir que había visto al Señor. Quedó ciego y después de tres días de ayuno, de oración, recibió el bautismo de manos de un discípulo llamado Ananías. Ahí se ve la importancia del bautismo.
Pero luego el mismo libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla de la importancia de la confirmación. Por ejemplo, un hombre llamado el diácono Felipe. Pues Felipe, que fue escogido para ser diácono, estuvo predicando con gran elocuencia y con tremenda eficacia en Samaría. Pero esa predicación de él, tenía que ser completada, por así decirlo. Tenía que recibir un sello de confirmación y ese es el sello que da el Espíritu Santo por el ministerio de los apóstoles. Pedro y Juan van a Samaría a imponer las manos y a pedir el don del Espíritu Santo sobre aquellos que ya estaban bautizados por Felipe. Sabemos por la misma Biblia que el diácono Felipe bautizaba. También los diáconos, hoy en la iglesia tienen la autorización de bautizar. Pero Felipe no hizo ese gesto de la imposición de manos sobre aquellos hombres, sino que mandó llamar a Pedro y a Juan. A los sucesores de los apóstoles también les corresponde esto. Y por eso el sacramento de la Confirmación es propio del obispo.
Hay otro pasaje en los Hechos de los Apóstoles que muestra cómo el sacramento del bautismo recibe un sello particular con la confirmación. Efectivamente, Pablo se encuentra a un grupo de cristianos en la ciudad de Éfeso y después de tener algún intercambio con ellos, les pregunta ¿Recibisteis el Espíritu Santo al abrazar la fe? Se ve que esa experiencia del Espíritu es parte constitutiva de lo que significa ser cristiano. Según Pablo, la respuesta que dan estos cristianos de Éfeso es bastante descorazonadora. Dicen ellos, ni siquiera habíamos oído hablar de un Espíritu Santo. Y entonces Pablo les hace una catequesis y posteriormente impone sus manos sobre ellos, utilizando un gesto semejante al que habían usado los apóstoles Juan y Pedro en Samaría. Y entonces ellos quedan confirmados en la fe.
Dicho sea de paso, hay que destacar que la confirmación la hace el Espíritu. Creo que hay un malentendido en mucha de la catequesis de confirmación, porque hoy por hoy yo lo he oído y así me tocó, incluso en mi propia época. Yo recibí el sacramento de la Confirmación a los quince años de edad y en las catequesis que nos dieron en aquella época. Y eso se sigue repitiendo hasta este tiempo. Eso lo sé bien. Nos decían ahora ustedes van a confirmar la fe que de niños fue proclamada por sus padres y padrinos. El sujeto del verbo confirmar en ese modo de hacer la catequesis es el mismo muchacho, el mismo joven. Ahora yo voy a confirmar la fe. Pero en la Biblia no aparece así. En la Biblia, el que confirma la obra divina y deja un sello en el alma es el Espíritu Santo. No es que yo voy a confirmar mi fe, sino que el Espíritu Santo confirma, sella la fe que me viene desde el bautismo. Ahí tenemos los dos primeros sacramentos de la Iniciación.
Pero luego está la Eucaristía, que también aparece claramente en Hechos de los Apóstoles y en otros lugares del Nuevo Testamento. Así, por ejemplo, después del pasaje de Pentecostés, se nos dice cómo era la vida de la comunidad cristiana y se nos indica que ellos, los primeros cristianos, eran asiduos en la predicación de los apóstoles, en las oraciones, en la caridad mutua y también, así se nos explica, en la fracción del pan. Esa fracción del pan es indudablemente nombre que se le da a la Eucaristía, porque es propio de este sacramento precisamente partir el pan, como también aparece en el pasaje de Emaús, es decir, en el Capítulo Veinticuatro de San Lucas. Y no se nos olvide que Lucas es el mismo autor de los Hechos de los Apóstoles. Entonces, ¿qué significa ser cristiano? ¿Cómo llega uno a ser un cristiano propiamente constituido? La respuesta sacramental que nos da la Biblia es a través del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Estos tres sacramentos se llaman por eso Sacramentos de la Iniciación.
Volvamos al principio. Como Pablo estuvo dos años en Corinto enseñando, pues, toda esta catequesis que yo estoy resumiendo aquí sobre el Bautismo, sobre la Confirmación, sobre la Eucaristía, indudablemente la realizó él. Pero como también hemos explicado en otras homilías, la comunidad de Corinto no fue una comunidad fácil. De hecho, incluso después de la muerte de San Pablo, la comunidad de Corinto siguió siendo una comunidad difícil y problemática. Se conservan escritos del Siglo Primero de otro santo, uno de los sucesores en la sede de Pedro, es decir, un Papa. Ese Papa se llamaba Clemente. Se le conoce como San Clemente Romano y San Clemente Romano, que fue el tercer sucesor de Pedro. ¿A ver cómo es la secuencia? Vino Pedro, después el segundo Papa se llamó Lino, el tercero se llamó Cleto o Anacleto y el cuarto es Clemente. Pues este Papa Clemente escribió una larga carta a los Corintios y sigue enseñándoles la fe y sigue corrigiendo cosas como las que aparecieron en la primera lectura de hoy. Indudablemente, una comunidad muy complicada, muy difícil. Pero como también decíamos en otra oportunidad, esta dificultad, este desafío para el apóstol Pablo, finalmente redunda en beneficio nuestro, porque cuanto más problemáticos fueron ellos, mayor fue el caudal de enseñanzas que Pablo tuvo que darles. Ya no solo personalmente, sino también por carta. Y así, hoy encontramos en la primera lectura una catequesis hermosísima sobre lo que es la Eucaristía en la vida de una comunidad. Esa enseñanza de San Pablo, que es necesaria para la comunidad de Corinto, no es menos necesaria para nosotros.
Vamos a sintetizar lo que Pablo dice sobre la Eucaristía en tres puntos. O sea, vamos a destacar tres puntos de lo que él presenta. Lo primero que nos dice es que la Eucaristía es memorial. Yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido. La Eucaristía no es un invento de Pablo. La Eucaristía no es un invento de los apóstoles, es algo que viene del Señor. A mí me gusta decir que la Eucaristía es un invento del amor de Cristo. Es el invento de un Dios infinitamente creativo para tocar a cada uno de nosotros, invento bendito con el que Jesús quiere asegurar que cada persona pueda tener una experiencia, podríamos decir, igual a la de aquellos que convivieron con Él. Es un invento de Cristo que trasciende, que supera los siglos, las culturas, los idiomas, las razas. Cristo resucitado, que atravesó puertas para aparecerse a sus discípulos, atraviesa los siglos, atraviesa las barreras étnicas, lingüísticas o de otro género y se hace presente, hermosamente presente en el altar, porque quiere tocar a cada uno de nosotros.
La frase que me fascina es de San León Magno. Lo que era visible en la carne de Cristo ha pasado a los sacramentos y por eso los sacramentos, como acaba de recordarlo el cardenal Sarah, no pueden seguir siendo solamente virtuales. Hacemos y hacemos con amor estas celebraciones y ustedes participan con amor de estas celebraciones. Pero esto es incompleto y lo hemos sabido desde el día número uno. Esto es apenas un reemplazo y de hecho es un pálido reemplazo. ¿Por qué? Porque falta que te toque la carne de Cristo. Para eso está la Eucaristía, para que seas tocado, bendecido. Es que el ser humano no es solamente pensamiento, idea. Las ideas no tienen problema para navegar por Internet. Las ideas vuelan por internet. Yo te puedo decir una idea aquí tú la puedes recibir al otro lado del mundo, o puedes escuchar mi idea diez años después y decir tenía o no tenía razón. Pero la Eucaristía no es una idea. La Eucaristía es fruto de la Encarnación. Lo que era visible en Cristo ha pasado a los sacramentos. Por eso mi alma de sacerdote sufre por lo que estamos viviendo, sobre todo cuando veo que ya en algunos sitios se hace posible. ¡Gloria a Dios! Se hace posible que la gente participe de los sacramentos. Mientras en otros sitios se nos sigue prohibiendo. Eso es duro. Es duro para mí y me imagino que es terriblemente duro para ustedes. Si el caso de ustedes es que no pueden asistir, como está pasando por ejemplo en Bogotá, aunque ya a base de presión y de oración y de lo que sea, poco a poco, entonces ya vienen los pilotos y no sé qué más cosas. El día de ayer tuve que salir de este convento. A mí se me parte el alma, ¿cómo me voy a quedar callado? A mí se me parte el alma de ver los almacenes, los Restaurantes abiertos, la gente en las calles y las iglesias cerradas. ¿Qué quieren ustedes? Yo no me puedo quedar callado. Eso no es justo. Y es necesario que nos unamos más y más en oración. Y es necesario que se alcen nuestras voces con respeto, pero que se alcen porque esto es real, esto está pasando.
La Eucaristía no es para entenderla hasta donde se pueda entender, es para que nos toque, para que nos afecte como solo puede afectar el misterio de la Encarnación. Te lo voy a decir de esta manera. Las mismas razones por las que era necesaria la encarnación son las mismas razones por las que es necesaria la Eucaristía real, sacramental, completa. Si no fuera necesaria la Eucaristía real y completa, tampoco necesitábamos que Dios se hiciera hombre. Así de sencillo. Entonces Pablo nos está recordando aquí que la Eucaristía es indispensable para la vida cristiana y que la Eucaristía viene del Señor. No viene de ningún teólogo, de ningún apóstol, de ningún obispo, de ningún Papa. Viene de Cristo. Somos obedientes con dolor o como sea somos obedientes y seremos obedientes. Pero nuestro llanto tiene que oírse y nuestra voz tiene que escucharse. Y yo les pido a ustedes, en los lugares donde todavía se está prohibiendo la Eucaristía, hagan resonar los teléfonos de sus parroquias, háganlo resonar a ver si los teléfonos de las parroquias resuenan y entonces resuenan los teléfonos de nuestras Diócesis y Arquidiócesis. Que resuenen los teléfonos, que resuenen hasta que haya voces que devuelvan a los católicos el derecho y la necesidad que tienen. El derecho de suplir la necesidad sacramental que tienen. Entonces, primero, la Eucaristía es memorial.
Segundo, ¿qué más nos enseña Pablo aquí? Nos enseña que la Eucaristía tiene un compromiso comunitario. La Eucaristía refleja y a la vez transforma a la comunidad. No puede celebrarse la Eucaristía como si nada pasara en la comunidad. Este es un tema muy bello y muy profundo. En la comunidad de Corinto había divisiones que hoy llamaríamos de clase social. Había divisiones económicas y había divisiones, porque unos tenían por maestro a fulano y se consideraban discípulos de él, y otros tenían por maestro a zutano y se consideraban discípulos de él. Esos fulanos y zutano son, por ejemplo, Apolos, o Cefas o Pablo. Pablo les hace ver. Pablo les hace ver con claridad que nosotros no podemos celebrar el sacramento de la unidad y al mismo tiempo sostenernos en la división.
Esto se parece mucho a un pasaje del Evangelio en el que Cristo dice: Si cuando vas a presentar la ofrenda en tu altar, recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, ve y reconcíliate primero con tu hermano. Es decir, la Eucaristía es ante todo encuentro con Cristo, pero es también encuentro con aquellos que se alimentan de Cristo. Yo no puedo adorar a Jesucristo en la presencia eucarística, cosa que está muy bien, y despreciar a Cristo en la presencia de mi hermano, yo no puedo hacer eso. Yo necesito aceptar, necesito acoger a Cristo en todas sus presencias. Sería lo mismo que si yo dijera amo a Cristo en la Eucaristía. Detesto a Cristo en la Biblia. ¿Qué clase de blasfemia sería esa? Yo no puedo decir que amo a Cristo en la Eucaristía y lo detesto en la Biblia. Yo no puedo decir me encanta el Cristo que está en la Biblia, pero detesto al Cristo que está en la iglesia. Yo no puedo decir eso. Lamentablemente, hay gente que lo dice. Cristo, sí. Iglesia, no. ¿Qué es eso? Yo no puedo decir Amo al Cristo que está en el cielo, pero no me importa el Cristo que está en los pobres. No se puede. Todas las presencias de Cristo son importantes. Por supuesto que hay una que precisamente es la Eucaristía, en la cual es tan perfecta la identificación que el Señor ha querido tener, que nosotros podemos adorar la Eucaristía. Nosotros no adoramos la Biblia, la recibimos con infinita veneración, oramos con ella, pero nosotros no adoramos el libro de la Biblia. Nosotros no adoramos a ninguna persona humana. Está bien que se tenga y debe tenerse el respeto y la veneración hacia el obispo, por supuesto, hacia el Papa, hacia los sacerdotes. Pero nosotros no adoramos a los sacerdotes, ni al obispo, ni al Papa. Nosotros hemos de servir a Cristo en la persona de los pobres. Pero nosotros no adoramos a los pobres. De la única realidad de la que decimos yo adoro a Cristo aquí, es de la Eucaristía. En ese sentido se dice que la Eucaristía, y es verdad, es la presencia más perfecta que tenemos de Cristo en esta tierra. Entonces, la segunda enseñanza ¿cuál es? La segunda enseñanza es que la presencia de Cristo está en la Eucaristía como está en el cielo, como está en la Biblia, como está en los pobres, como está en la Iglesia. Y nosotros no podemos romper las presencias de Cristo. Yo no puedo decir que amo a Cristo mientras estoy maltratando a Cristo en otra persona.
La tercera enseñanza y última muy breve, es que Cristo. Nos da la Eucaristía, pero nos promete un banquete mejor. Si hemos dicho que en la Eucaristía está real y verdaderamente presente Cristo y podemos adorarlo, ¿qué puede ser más perfecto? Pues puede ser más perfecta una presencia que no tenga ya ningún velo, ningún obstáculo, ningún límite. Porque la Eucaristía tiene límites. Efectivamente, como dice hermosa y poéticamente Santo Tomás de Aquino. En la humanidad de Cristo se ocultaba su divinidad, pero en la Eucaristía se oculta también la humanidad. O sea, ya es bastante poder reconocer a Dios en Jesús de Nazaret. Pero aquí se trata de reconocer a Jesús en aquello que ante nuestros ojos parece solo pan. Por eso dice también Santo Tomás en ti, hablándole a la Eucaristía, en ti se engaña la vista, el tacto, todos los sentidos se engañan. Solo hay uno que queda abierto el oído. El oído que dice esto es mi cuerpo, el oído donde se proclama esto es mi cuerpo. Por eso, aunque la Eucaristía es presencia perfectísima de Cristo, debemos decir que la Eucaristía es rebasada infinitamente por la presencia del cielo, por la llegada del cielo, donde todo lo que ahora era ocultamiento se convierte en plena visión, en plena claridad. Por eso dice San Pablo Proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva. Efectivamente, ya se trate del retorno pleno de Cristo a mi vida, cuando yo muera, del retorno pleno de Cristo a tu vida, cuando tú mueras, o del retorno pleno de Cristo a toda la humanidad en su segunda venida, ese será el comienzo de su reino definitivo, su Reino celestial. Hermosas enseñanzas de Pablo sobre la Eucaristía.
Las repito y resumo. La primera, la Eucaristía nos vincula, nos conecta directamente al Señor. No es invento de nadie y por eso es necesidad y es derecho de nosotros los católicos. Segundo, no podemos romper las presencias de Cristo. El mismo Cristo que está en el cielo, que está en la Biblia, que está en la Iglesia, que está en el pobre, está en la Eucaristía, pero solo en la Eucaristía podemos adorarlo por lo perfecta que es su presencia ahí. Y tercero, aunque sobre esta tierra la Eucaristía es la presencia más perfecta, queda rebasada infinitamente por la visión propia de la gloria del cielo.

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