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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Por encima de las diferencias de cultura, religión o raza, el dolor nos une con los demás y Cristo nos enseña a abrir caminos para buscar el mayor bien para la vida de todos.
Homilía o241004a, predicada en 20160912, con 4 min. y 56 seg. 
Transcripción:
El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo séptimo de San Lucas. Una de las características de este evangelista es que subraya lo que podríamos llamar la humanidad de Cristo. De hecho, así es conocido San Lucas como evangelista de la humanidad de Cristo. Por supuesto, cada uno de los cuatro evangelios nos ayuda a confirmarnos en la Santa Fe en la que hemos crecido y vivimos. Es decir, que nuestro Señor Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre en la unidad de una sola persona, que es la Persona del Verbo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Los Evangelios nos confirman ciertamente esa realidad. Pero en Lucas hay un énfasis particular. La verdad es que cada evangelista tiene su propio énfasis. El de Lucas es el énfasis en lo que podríamos llamar el corazón de Cristo. Los sentimientos de Cristo. Podemos decir que Lucas nos ayuda a entrar en el misterio de este Dios humanado, que nos humaniza y que nos enseña a ser humanos. Eso es lo que Lucas viene a traer a nuestra vida, y se nota muy bien en el pasaje de hoy. Cristo regresa a Cafarnaún, que vino a ser como su centro de operaciones durante mucho tiempo, y un centurión romano le pide una obra de misericordia. Recordemos qué significaba esa expresión Centurión quiere decir el que es jefe de cien soldados. Quizás hoy lo podríamos comparar con un teniente, con un capitán, con algo así dentro del ejército. Este es un centurión. Es jefe de soldados, pero jefe de soldados romanos. Y el Imperio Romano es el imperio invasor. Es el imperio que está aplastando la dignidad. Es el imperio que está aprovechándose, que está expoliando a los judíos. Es decir, es el enemigo y uno de los enemigos, de hecho, jefe dentro de los enemigos, porque es un centurión. Le pide a Cristo ayúdame, ayúdame. Hay un criado en casa que está sufriendo mucho. Ayúdame. Es el enemigo. El enemigo pidiendo ayuda. ¿Qué haces? La mayor parte de nosotros creo que tomaríamos una reacción más bien agresiva. Porque si comparamos el poderío romano con las circunstancias de los judíos, entendemos que los judíos no tenían muchas oportunidades de atacar a los romanos. O sea que ver al enemigo sufriendo venía a ser algo así como una especie de venganza deseada o esperada por algunos sectores del judaísmo. Qué bueno que mi enemigo sufra. Qué bueno que le vaya mal. Qué bueno que le salgan mal las cosas. Así suele pensar uno, con el peso de su pecado y con el peso de su humanidad pecadora. Pero la reacción de Cristo es distinta y esto tiene que conmover nuestro corazón. Hay un refrán un poco salvaje que se escucha particularmente en España. Al enemigo ni agua. Es decir, que se muera, que se acabe, que se debilite, que se rompa. Es mi enemigo. Ese no es Cristo. Así no es Cristo. Donde hay sufrimiento, donde hay dolor, donde hay una pérdida, ahí hay un puente. Y por ese puente quiere pasar Jesucristo. Es decir, más allá del hecho de que ese romano hable griego o hable latín, que eran las dos lenguas más utilizadas por los romanos. Más allá de la diferencia lingüística, más allá de la diferencia cultural, más allá de la diferencia de que tú eres el explotador y yo la he explotado, hay algo que nos une. Tú sufres y yo sufro. Los dos conocemos lo que es el sufrimiento. ¡Qué maravilla! Como Cristo nos enseña a transitar por esa senda, como Cristo nos enseña a romper las barreras que nos separan de las personas, porque son de otro credo, porque son de otra raza, porque son de otra religión. Pues más allá de todo eso hay dolor en esta persona. Yo voy para allá. Hay mucho más que meditar en este Evangelio, pero hoy quedemos solamente con eso. El poder de la misericordia para abrir caminos, para romper barreras, para ir más allá y buscar cuál es el mejor bien que puedo construir en la vida de mi nuevo hermano.

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