Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Las palabras de consuelo de Cristo para aquella viuda de Naín son también un llamado a una fe y una confianza inmensas.

Homilía o241003a, predicada en 20140916, con 5 min. y 23 seg.

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Transcripción:

El capítulo séptimo de San Lucas nos trae una conmovedora historia. Una mujer viuda. Y en la época de Jesús. Eso significa no solamente que ha perdido el esposo, sino que ha perdido todo soporte e incluso casi su lugar en la sociedad. Una mujer viuda va a enterrar a su hijo muerto, su hijo único. El drama casi no puede ser mayor. La dimensión de soledad, de dolor, de desesperación. Sabemos, porque hemos escuchado el texto, cómo termina felizmente esta historia. Cristo se glorifica mostrando la misericordia de Dios Padre y mostrando que verdaderamente Él es la resurrección y la vida. La gente sólo puede exclamar Un gran profeta ha surgido entre nosotros. El texto es muy elocuente, pero yo quisiera destacar sólo una frase. Le dice Jesús a esta mujer: No llores. Cuando se encuentran aquel grupo que sale de la ciudad de Naín y luego Jesús, cuando se encuentran la primera frase que le dice Cristo es no llores. Cuando uno mira el resto del relato, uno entiende por qué Él le dijo: No llores. Literalmente, Cristo estaba deteniendo la caravana de la muerte y lo que iba a realizar movido de compasión, era vencer a la muerte. Ahí tiene sentido la frase no llores.

Pero detengamos la película, por decirlo de esa manera. Podemos imaginar el diluvio de lágrimas en que está anegada esta pobre mujer. Podemos imaginar la absoluta desolación de su corazón. Y un hombre, quizás un extraño para ella, le suelta esa frase: No llores. Es muy extraña. Es una frase que puede parecer incluso un insulto, que puede parecer una agresión a su dolor. No llores. Pero esa frase es, ante todo, una invitación a la confianza. Es una invitación a creer. No dejes. No dejes que el torrente de tu dolor te lleve más allá del puerto de la fe. Porque el dolor tiene eso que como una inundación pretende arrastrarnos. Pretende llevarnos mucho más allá de donde puede rescatarnos la fe.

Observemos que en otros milagros, Cristo tomó una actitud semejante. Por ejemplo, cuando a un hombre llamado Jairo se le muere su hijita. Pues hay una gran cantidad de gente que está haciendo duelo ruidosamente, están llorando, están lamentando lo que está sucediendo y en esas circunstancias lo primero que hace Cristo es echar fuera a todos los que se estaban lamentando. Observemos eso y aprendamos dos cosas. Primera, para que Cristo obre en tu vida es necesario que te salgas de la riada del alud, de la inundación del dolor. El que se deja llevar por el arroyo del dolor pasa de largo del puerto de la fe. Es necesario tomar autoridad, es necesario recuperar dominio y es necesario mirar a la cara al dolor y decirle: Sé cuánto puedes, pero no lo puedes todo en mí. Es ahí donde se abre la puerta para que Dios obre.

Y lo segundo es una invitación a la confianza No llores, dice Cristo. Se queda ahí y se dispone a obrar. No llores. También significa; Pon ahora tu confianza en mí. Detener el río del dolor. Levantar la mirada y apoyarse en Jesucristo y confiar en Él. Esta mujer logró dar ese paso en circunstancias muy difíciles y ya ves qué respuesta obtuvo. No vas a obtener menos respuesta tú si así le hablas a Cristo Jesús.

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